lunes, 26 de octubre de 2020

Significado e historia de la Medalla de San Benito /Conocimiento y Fe

 


Historia  

No cabe duda que la medalla de San Benito es una de las más apreciadas por los fieles. A ella se le atribuyen poder y remedio, ya sea contra ciertas enfermedades de hombre y animales, ya contra los males que pueden afectar al espíritu, como las tentaciones del poder del mal. Es frecuente también colocarla en los cimientos de nuevos edificios como garantía de seguridad y bienestar de sus habitantes.

El origen de esta medalla se fundamenta en una verdad y experiencia del todo espiritual que aparece en la vida de san Benito tal como nos la describe el papa san Gregorio en el Libro II de los Diálogos. El Padre de los monjes usó con frecuencia del signo de la cruz como signo de salvación, de verdad, y purificación de los sentidos. San Benito quebró el vaso que contenía veneno con la sola señal de la cruz hecha sobre él. Cuando los monjes fueron perturbados por el maligno, el santo mandó que hicieran la señal de la cruz sobre sus corazones. Una cruz era la firma de los monjes en la carta de su profesión cuando no sabían escribir. Todo ello no hace más que invitar a sus discípulos a considerar la santa cruz como señal bienhechora que simboliza la pasión salvadora del Señor, por la que se venció el poder del mal y de la muerte.

La medalla tal como hoy la conocemos, se puede remontar al siglo XII o XIV o quizá a una época anterior y tiene su historia. En el siglo XVII, en Nattenberg -Baviera-, en un proceso contra unas mujeres acusadas de brujería, ellas reconocieron que nunca habían podido influir malignamente contra el monasterio benedictino de Metten porque estaba protegido por una cruz. Hechas, con curiosidad, investigaciones sobre esa cruz, se encontró que en las tapias del monasterio se hallaban pintadas varias cruces con unas siglas misteriosas que no supieron descifrar. Continuando la investigación entre los códices de la antigua biblioteca del monasterio, se encontró la clave de las misteriosas siglas en un libro miniado del siglo XIV. En efecto, entre las figuras aparecía una de san Benito alzando en su mano derecha una cruz que contenía parte del texto que se encontraba sólo en sus letras iniciales en las astas cruzadas de las cruces pintadas en las tapias del monasterio de Metten, y en la izquierda portaba una banderola con la continuación del texto que completaba todas las siglas hasta aquel momento misteriosas.

Mucho más tarde, ya en el siglo XX, se encontró otro dibujo en un manuscrito del monasterio de Wolfenbüttel representando a un monje que se defiende del mal, simbolizado en una mujer con una copa llena de todas las seducciones del mundo. El monje levanta contra ella una cruz que contienía la parte final del texto consabido. Es posible que la existencia de tal creencia religiosa no sea fruto del siglo XIV sino muy anterior.

Benedicto XIV, en marzo de 1742, aprobó el uso de la medalla que había sido tachada anteriormente, por algunos, de superstición. Dom Gueranger, liturgista y fundador de la Congregación Benedictina de Solesmes, comentó que el hecho de aparecer la figura de san Benito con la santa Cruz, confirma la fuerza que su signo obtuvo en sus manos. La devoción de los fieles y las muchas gracias obtenidas por ella es la mejor muestra de su auténtico valor cristiano.

Explicación del anverso

En las antiguas medallas aparece, rodeando la figura del santo, este texto latino en frase entera: Eius in óbitu nostro preséntia muniámur. "Que a la hora de nuestra muerte, nos proteja tu presencia". En las medallas actuales, frecuentemente desaparece la frase que es sustituida por esta: Crux Sancti Patris Benedicti, o todavía, más simplemente, por la inscripción: Sanctus Benedictus.

Explicación del reverso

•En cada uno de los cuatro lados de la cruz: C. S. P. B. Crux Sancti Patris Benedicti. Cruz del Santo Padre Benito

•En el palo vertical de la cruz: C. S. S. M. L. Crux Sácra Sit Mihi Lux. Que la Santa Cruz sea mi luz

•En el palo horizontal de la cruz: N. D. S. M. D. Non Dráco Sit Mihi Dux. Que el demonio no sea mi jefe

•Empezando por la parte superior, en el sentido del reloj: V. R. S. Vade Retro Satána. Aléjate Satanás - N. S. M. V. Non Suáde Mihi Vána. No me aconsejes cosas vanas - S. M. Q. L. Sunt Mála Quae Libas. Es malo lo que me ofreces - I. V. B. ípse Venéna Bíbas. Bebe tú mismo tu veneno

En la parte superior, encima de la cruz suele aparecer unas veces la palabra PAX y en las más antiguas IESUS

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Notas:

https://www.facebook.com/oracionesporvocacionessacerdotales/posts/1722115214479029/


lunes, 19 de octubre de 2020

Extractos | La virtud como Ordo Amoris | San Agustín de Hipona

 


Masonería Cristiana

Fortaleza [Alegoría]
Fortitudo 
Grabador flamenco Crispin de Passe el Viejo
1590-1637

En latín el término genérico fortitudo se emplea para designar la "fuerza", tanto física como moral; por ello no es de extrañarnos que, como alegoría, la Fortaleza se acompañe de elementos simbólicos relacionados con el poder y la fuerza, como son el León, la Espada o la Maza (y ya muy posteriormente incluso se la representa con una lanza), y la Columna, normalmente quebrada, demostración palpable de su enorme "fuerza".


La virtud agustiniana se definió en La Ciudad de Dios en términos de ordo amorisamar lo que debe ser amado [La ciudad de Dios: XV, 22]. Por ese motivo, las virtudes teologales -fe, esperanza y caridad- eran consideradas superiores a las cuatro virtudes morales tomadas de Platón -fortaleza, justicia, prudencia, templanza. No en vano las primeras ordenan la vida hacia Dios, mientras que las segundas ordenan la vida del alma y de la sociedad. No sólo eso, sino que, en virtud de su jerarquía natural, también las virtudes morales debían estar ordenadas hacia Dios. Las virtudes eran concebidas por San Agustín como variados afectos o manifestaciones del amor, y el mandamiento del amor a Dios y al prójimo las reunía a todas:

aquí está la ética, puesto que una vida buena y honesta no se forma de otro modo que mediante el amar, como deben amarse, las cosas que deben amarse, a saber, Dios y nuestro prójimo [Epístolas: 137, 5, 17].

A San Agustín de Hipona le interesa conocer a Dios como fuente de felicidad eterna, y conocer al alma no sólo porque Dios se revele en el interior del hombresino también porque la unión con Dios se produce por medio del amor. Y el amor es el lugar donde se encuentra el alma: «Los cuerpos están contenidos en los lugares; mas para el alma, el propio afecto es su lugar» [Enarraciones sobre los salmos: 6, 9].

Por eso, la investigación acerca del alma humana como espíritu se tradujo en una exposición del amor verdadero, y la Filosofía de Agustín se convirtió en una investigación acerca del amor. Una investigación acerca del amor cuyo concepto nuclear es el de orden del amor en la medida en que el eudemonismo trascendente agustiniano define la virtud precisamente así: «Una definición breve y verdadera de virtud es el orden del amor» [La ciudad de Dios: XV, 22].

San Agustín fue pionero en hacer evolucionar el concepto ético de virtud, desde la clásica «disposición del alma conforme a la naturaleza y a la razón» [Ochenta y tres cuestiones diversas: q. 31] —ordo est rationis— hasta la consideración de la misma como «manifestación del amor» [Las costumbres de la Iglesia y las de los maniqueos: I, 15, 25] —ordo est amoris. De ese modo se consumó la consagración de la investigación ética del amor y de los afectos del hombre, quedando el concepto intelectualista de razón relegado a un segundo plano en cuestiones morales. La razón del corazón humano no es otra que el amor. Conviene aclarar entonces, dada la centralidad del concepto, qué entiende el Doctor de la gracia por amor.

El amor es considerado por San Agustín la dimensión más fundamental del espíritu humano.

El amor es para San Agustín la fuerza de la voluntad en el hombre. Su importancia radical estriba en constituir el verdadero corazón del alma. Así como todas las facultades y actividades del espíritu son movidas por la voluntad, el amor que mueve a la voluntad es lo que da sentido y unidad a todas las operaciones humanas.


Fuente
Philosophica:
 Enciclopedia filosófica

lunes, 12 de octubre de 2020

De la Piedra, Cristo y los Masones / Eduardo Callaey

 

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Tiempo atrás un Querido Hermano me llamó la atención sobre un pasaje de san Pablo en su Epístola a los cristianos de Éfeso. Eso me llevó a reflexionar acerca de la sacralidad de los templos y de las tradiciones antiguas y modernas, pero principalmente en el valor simbólico que se le otorga a la piedra en nuestra cultura occidental.

Más allá de la importante tradición constructora de las antiguas culturas del Mediterráneo Oriental, cuyas obras son muestra evidente de un profundo conocimiento técnico y de la dimensión sagrada del arte de erigir templos, lo cierto es que la masonería, tal como la conocemos, es fruto del espacio cultural cristiano. Es decir, se desarrolla en una geografía extendida en aquello que Raimon Panikkar denominaba especie cultural cristiana. Por lo tanto, estas antiguas tradiciones de las corporaciones de constructores de la antigüedad, se verán subsumidas y enriquecidas en un nuevo significado, propio del judeocristianismo.

En la iconografía cristiana, Dios es un Cosmocrator. Cristo asume el rol de constructor del mundo. Las figuras de Dios Padre y de Dios Hijo pueden observarse en infinidad de frescos en los que sostienen un compás en su mano. Es un compás con el que trazan la creación del mundo. Esta tradición dará lugar al nombre de Gran Arquitecto del Universo. Remitimos al lector a la imagen del poderoso cuadro de William Blake como muestra de la persistencia de esta imagen dentro del ideario religioso y poético de occidente.

Pero más allá de este vínculo entre la Divinidad y la construcción, el cristianismo ha dado a la piedra un significado profundo desde sus mismas raíces. Cristo, hablándole a san Pedro, le dice que sobre esa piedra –el propio Pedro- se edificará Su Iglesia. A partir de esta afirmación se construirá todo un contexto alegórico, una estructura figural y una simbología destinada a otorgar a la piedra una dimensión ontológica. Es decir, la piedra deja de ser sólo el material con el que se construye sino que toma la dimensión del propio constructor. Hay aquí una diferencia sustancial con el mundo pagano, que descubrimos en el mismo momento en que el hombre es comparado, alegóricamente, con la piedra.

Piedra es el propio Cristo, tal como nos lo indica san Pablo en su Epístola a los cristianos de Éfeso, cuando les dice que “Ya no son extranjeros ni forasteros, sino que son ciudadanos del pueblo de Dios y miembros de la familia de Dios. Están edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, y el mismo Cristo Jesús es la piedra angular. Por él todo el edificio queda ensamblado, y se va levantando hasta formar un templo consagrado al Señor. Por él también ustedes se van integrando en la construcción, para ser morada de Dios por el Espíritu”.

El cristiano se convierte en piedra potencial del Templo Consagrado. Pero potencial en tanto que -como luego encontraremos reafirmado en los Padres de la Iglesia y en la concepción figural del monasticismo benedictino- no cualquier piedra puede insertarse en el sagrado muro sino una que haya sido previamente cuadrada. De allí, a la dimensión simbólica de la piedra en bruto que debe cuadrarse, señalada con meridiana claridad por san Beda en el siglo VIII, hay sólo un paso.

Esta cualificación de la piedra cuadrada (llamada cúbica por los masones) como símbolo del cristiano apto para la integración del Templo Consagrado, la encontramos fuertemente difundida en los siglos VIII y IX. Pero lejos de culminar su ruta como modelo de transformación, la piedra convertida en símbolo del hombre que trabaja sobre sí mismo, alcanza una expresión superior en Honorio de Autum (1080 - 1125), que exigirá a todo hombre que construye una iglesia, que sea un Hominus Cuadratus, un hombre en escuadra, alguien que haya conseguido hacer de su piedra en bruto una capaz de encontrar su sitio en la construcción del Templo. El artista no sólo debía entrenarse en su técnica y su habilidad, sino también en la praxis de una moral cuyos ejemplos debía buscar en las sagradas escrituras. Al leer la obra de Teófilo acerca de las técnicas del arte, titulada Diversarum Artium Schedula  -considerada muy importante por su significación técnica- nos encontramos con el concepto de que un hombre que construye un Templo no puede menos que reconocer la premisa de la construcción de un templo interior en el que reine la virtud, misión a la que está convocado a partir del aprendizaje en el uso de las herramientas. Esta simbología será recogida y desarrollada a niveles extraordinarios por la propia tradición de los masones primitivos, los constructores de catedrales.

Mientras que en el mundo pagano la construcción de los templos quedará para la mano de obra de los esclavos, en el mundo cristiano cada eslabón de la larga cadena, desde la cantera hasta los capiteles más delicados, quedará en manos de hombres que son conscientes de la obra que realizan y que, además, seguramente no la verán terminada. Podríamos citar innumerables ejemplos de pueblos enteros arrastrando los carretones que llevan a las grandes piedras desde la cantera a la obra. Ya no importa si se trata del tosco cantero que arranca una astilla de roca a la montaña, o si de los peones aprendices que trasladan aquellas moles inmensas al local de la logia, o si de los artistas que llegan a esculpir las nervaduras de las hojas de acanto en los perfiles de las columnas de piedra. Lo que verdaderamente importa es que son hombres libres, que han abrazado, por vocación o tradición familiar, una profesión que los mantiene en contacto con lo sagrado, hasta convertirlos en parte misma del Templo.

La masonería moderna es –debiera ser- heredera de este espíritu, que se banaliza cuando queda reducida a una institución que socializa, que centra su acción únicamente en su indudable capacidad de diálogo y confraternidad entre los pueblos o se limita a la beneficencia y la filantropía. Todo esto forma parte de la masonería moderna: Sociabilidad, confraternidad, defensa de los derechos humanos, lucha por la libertad de los pueblos e igualdad de las personas. Pero todo ello si primero anteponemos el ADN de aquella semilla plantada hace ya siglos, en la que germinó un método de transformación interior que vuelve al animal humano un hombre espiritual capaz de comprender y trasmutar su propia naturaleza. 

NOTAS:

Trabajos de Eduardo Callaey https://www.eduardocallaey.com/

Ensayo - Artículos  Eduardo Callaey,   1 de Diciembre de 2018



Masonería Cristiana
Eduardo R. Callaey













lunes, 5 de octubre de 2020

María, estrella del mar / San Amadeo de Lausanne





https://www.theworkofgod.org/images/maria-theotokos.jpg



Por designio de la Providencia divina ella fue llamada María(1), estrella del mar, para declarar con su nombre lo que muestra claramente la realidad. (…)
Revestida de belleza y también de fuerza, está coronada, pudiendo calmar con un gesto los movimientos formidables del mar. Los que navegan en el mar del mundo presente y la invocan con plena confianza, los arranca del viento de la tempestad y del furor de los huracanes. Los conduce con ella, triunfantes, a la orilla de la bienaventurada patria. Mis queridos, no podríamos decir cuantas veces muchos chocarían con las rocas más abruptas, con el riesgo de hundirse, y otros golpearían contra los peores escollos sin poder volver, (…) si no fuera por la presencia de la estrella del mar, María siempre virgen. Ella se pone con su potente ayuda frente al timón roto y la barca destrozada y privada de toda ayuda humana, para dirigirlos con su celeste guía al puerto de la paz interior. Llena de alegría por los nuevos triunfos, la reciente liberación de condenados y el renovado incremento de pueblos, ella celebra en el Señor. (…)
María resplandece y se distingue por su doble caridad. Está ardientemente fijada en Dios, adhiere y forma un único espíritu con él. Por otro lado, atrae y consuela tiernamente el corazón de los elegidos y les comparte los dones excelentes venidos de la generosidad de su Hijo.


Notas: 

Homilía mariana VII (SC 72. Huit homélies mariales, Cerf, Paris, 1960), trad. sc©evangelizo.org

(1)Evangelio según San Mateo 1,1-16.18-23.

Genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham:
Abraham fue padre de Isaac; Isaac, padre de Jacob; Jacob, padre de Judá y de sus hermanos.
Judá fue padre de Fares y de Zará, y la madre de estos fue Tamar. Fares fue padre de Esrón;
Esrón, padre de Arám; Arám, padre de Aminadab; Aminadab, padre de Naasón; Naasón, padre de Salmón.
Salmón fue padre de Booz, y la madre de este fue Rahab. Booz fue padre de Obed, y la madre de este fue Rut. Obed fue padre de Jesé;
Jesé, padre del rey David. David fue padre de Salomón, y la madre de este fue la que había sido mujer de Urías.
Salomón fue padre de Roboám; Roboám, padre de Abías; Abías, padre de Asá;
Asá, padre de Josafat; Josafat, padre de Jorám; Jorám, padre de Ozías.
Ozías fue padre de Joatám; Joatám, padre de Acaz; Acaz, padre de Ezequías;
Ezequías, padre de Manasés. Manasés fue padre de Amón; Amón, padre de Josías;
Josías, padre de Jeconías y de sus hermanos, durante el destierro en Babilonia.
Después del destierro en Babilonia: Jeconías fue padre de Salatiel; Salatiel, padre de Zorobabel;
Zorobabel, padre de Abiud; Abiud, padre de Eliacím; Eliacím, padre de Azor.
Azor fue padre de Sadoc; Sadoc, padre de Aquím; Aquím, padre de Eliud;
Eliud, padre de Eleazar; Eleazar, padre de Matán; Matán, padre de Jacob.
Jacob fue padre de José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, que es llamado Cristo.
Este fue el origen de Jesucristo: María, su madre, estaba comprometida con José y, cuando todavía no habían vivido juntos, concibió un hijo por obra del Espíritu Santo.
José, su esposo, que era un hombre justo y no quería denunciarla públicamente, resolvió abandonarla en secreto.
Mientras pensaba en esto, el Angel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: "José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que ha sido engendrado en ella proviene del Espíritu Santo.
Ella dará a luz un hijo, a quien pondrás el nombre de Jesús, porque él salvará a su Pueblo de todos sus pecados".
Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que el Señor había anunciado por el Profeta:
La Virgen concebirá y dará a luz un hijo a quien pondrán el nombre de Emanuel, que traducido significa: "Dios con nosotros".

Extraído de la Biblia: Libro del Pueblo de Dios.




HAGIOPEDIA: San AMADEO DE LAUSANA. (1110-1159).


San AMADEO DE LAUSANA. (1110-1159) Nació en el castillo de Chatte del Delfinado. Cuando tenía ocho años, su padre, el beato Amadeo de Clermont, señor de Hauterive, tomó el hábito religioso en la abadía cisterciense de Bonnevaux. El santo fue al mismo convento a proseguir su educación, pero al poco tiempo pasó, con su padre, a Cluny. Después sirvió en la Corte del emperador Enrique V.

En 1125, se hizo monje en Claraval cuando era abad san Bernardo, que en 1139, le envió como abad a Hautecombe en Saboya. El monasterio había adoptado la reforma apenas cuatro años antes y sus finanzas se hallaban en un estado lamentable. Amadeo animó a la comunidad a soportar gozosamente esas dificultades adicionales, y con una administración cuidadosa, logró sacar al monasterio del mal paso.

En 1144, se vio obligado a aceptar, por orden del Papa Lucio II, la sede de Lausana, donde se encontró pronto envuelto en luchas con los nobles y fracasó en su intento de persuadir al emperador Conrado para que acudiese en ayuda del Papa contra Pierleone. Cuando Amadeo III, duque de Saboya, partió a la segunda Cruzada, Amadeo fue nombrado corregente con Humberto, el hijo del duque. Cuatro años antes de su muerte, Federico Barbarroja le hizo canciller de Borgoña. Como obispo enseñó a los jóvenes con su ingenio, formó un clero puro y piadoso y ensalzó a María en sus sermones. Nicolás, el secretario de san Bernardo, habla en términos muy elogiosos de la virtud de este activo prelado. Su antiquísimo culto fue aprobado en 1903 por el papa Pío XI.



lunes, 28 de septiembre de 2020

CAMINOS DEL CRISTIANISMO El Místico y el Iniciado / Pascal Gambirasio d’Asseux

 


https://fcrosti.com/video/il-monte-tabor/
 


Pascal Gambirasio d’Asseux


CAMINOS

DEL

CRISTIANISMO

El Místico y el Iniciado

Traducción:


RAMÓN MARTÍ BLANCO


LA VÍA INICIÁTICA A LA LUZ DE LOS SACRAMENTOS  


2.- Dos derivas modernas

No volveremos a tratar aquí, pues ya lo hemos hecho anteriormente, sobre la falsificación, la confiscación y, por decirlo todo, la desnaturalización de esta vía de interioridad por parte de individuos y corrientes múltiples, pero comulgando todos ellos (¡si acaso puede utilizarse ese término aquí!) en una perversión funesta de ésta.

Contemplaremos pues dos actitudes, dos tendencias aparecidas desde hace ya largo tiempo en Occidente, pero que parecen acentuarse conforme se debilitan la fe y los suficientes conocimientos catequéticos en la mayoría de cristianos.

Podríamos calificar estas dos actitudes de la manera siguiente: la primera como el retorno a la Antigüedad; la segunda, como el viaje a Oriente. Añadiremos que estos dos movimientos integran, llegado el caso, un gusto por el chamanismo (o magia) que existe o ha podido existir en una u otra de estas civilizaciones.

Examinemos la cuestión.

En reacción, se podría decir, a esta marginalización o a esta condena generalizada, sistemática y sin matices de la vía iniciática auténtica por parte de las Autoridades religiosas -en particular católicas-, algunos de nuestros contemporáneos, desde hace más de un siglo y medio, se han comprometido en dos acciones:
- La primera, agregándose a formas antiguas de iniciación reputadas por haber                  subsistido o  asumiendo su recreación moderna.
- La segunda, reuniéndose a tradiciones extrañas al Cristianismo, tanto                              espiritualmente como geográficamente y culturalmente.

En lo que concierne a estas iniciaciones antiguas, es sin embargo evidente que han perdido, en tanto que tales y desde hace largo tiempo, toda filiación ininterrumpida y por tanto tan necesaria a su legitimidad como a su eficiencia espiritual.

En resumidas cuentas, aunque pudieran demostrar la realidad de tales filiaciones, no por ello harían menos caduca la supervivencia de estas formas antiguas respecto a la Nueva Alianza y sus sacramentos como ya hemos evocado anteriormente.

En efecto, todo lo que ha merecido ser conservado al respecto lo está, pero en lo sucesivo cumplido y ordenado, componiendo estos aspectos de la vía iniciática a partir de ese momento cristiana que acabamos de enumerar hace un instante. No vemos ni entendemos que estas iniciaciones se inscriban y se iluminen en lo sucesivo en referencia al Evangelio y los sacramentos.

De tal suerte que, aunque esas filiaciones fuera del Cristianismo hubieran sido conservadas hasta hoy, agregarse a ellas significaría para todo cristiano una vuelta atrás, una regresión espiritual, no solamente temporal lo que ya de por sí sería constitutivo de un anacronismo retardatorio (suficientemente mortífero dentro del marco espiritual para que nadie se libre al mismo) sino, mucho más grave, de una verdadera herida ontológica al persistir así en permanecer fuera de Cristo, exiliados voluntariamente a sus sacramentos y a la Salvación a la que los cristianos están ordenados.
 
Al riesgo de repetirnos, tocaremos aquí un punto esencial que conviene clarificar muy bien para nuestros contemporáneos, relacionado con un pretendido “retorno a las fuentes” de las antiguas espiritualidades, de estos cultos a los Misterios de la Antigüedad, que no traen ningún cumplimiento, ninguna revelación, ninguna gracia que pudieran faltar al Cristianismo.

En realidad, esta acción se realiza, no por un retorno a las fuentes sino, como hemos dicho, por una vuelta atrás. La extravagante elección de permanecer en la prefiguración y no en la revelación culminada: la Encarnación de la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, plenamente hombre y plenamente Dios.

Si se perciben, en efecto, similitudes entre el Cristianismo y ciertos elementos de las tradiciones antiguas (el culto a Mitra constituye el ejemplo más significativo) en sus formas no alteradas por eventuales desviaciones sobrevenidas a lo largo de las generaciones, ello no significa de ninguna de las maneras que hayan conservado, o que conservaran en su aleatoria supervivencia, poderes operatorios de los que el cristianismo estaría desprovisto, lo que es rigurosamente incompatible con la teología sacramental.

De igual modo, el Cristianismo no ha tomado “prestado” nada de estas espiritualidades anteriormente existentes sino que, en realidad, las ha cumplido revelando su naturaleza propedéutica: la de la prefiguración del Misterio divino absoluto, universal y único que terminaría realizándose una vez llegado el momento.

Esta realidad pone en evidencia la divina pedagogía (si se nos permite esta formulación) preparando a la humanidad para la plenitud de la revelación cumplida por la Encarnación de Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, ofreciéndole a la par,  en el curso de los siglos, diversos medios de gracias adaptadas pero que no encontrarían su perfecto cumplimiento y su plena eficacidad espiritual -en sentido teológico del término- que en los sacramentos instituidos por el Señor.

Hay pues un “salto ontológico” si podemos utilizar aquí este término: paso del rito (humano) teúrgico (entendido de acuerdo al significado etimológico que hemos recordado) y que, en el marco cristiano se analizaría en un sacramental, al Acto de Dios mismo, instituido y operado por él. Volveremos sobre ello.

En este análisis, solo hacemos que retomar las enseñanzas de san Agustín evocando “la tradición universal y unánime” que, en la Plenitud de los Tiempos, se revela como Cristianismo (ver nota 122).

Por lo que concierne a iniciaciones transmitidas en el seno de tradiciones específicas, que en ciertos ámbitos resuenan actualmente (tales como por ejemplo el Hinduismo, el Budismo, el Taoísmo o el Islam), muchos se refieren a ellas, incluso, dicen pertenecer a las mismas, sin que la mayor parte no hayan sido nunca recibidos previamente, en el seno del corpus doctrinal general: lo que en lenguaje común llamaríamos su exoterismo.

A nuestro juicio, solo existe una excepción, la cual no implica ninguna conversión previa, y esta es el Judaísmo: el estudio cristiano de la Cábala o Torá oral recibida por Moisés en el Monte Sinaí, conjuntamente con la Torá escrita (las Tablas de la Ley).
 
En primer lugar, porque la Buena Nueva es el cumplimiento de la revelación de Dios a los hombres de acuerdo a un desvelamiento progresivo, una continuidad o, más exactamente, una pedagogía divina como la hemos nombrado, desde Abraham, luego por Moisés hasta llegar a esta Plenitud de los Tiempos en que se realiza la Encarnación del Verbo divino, Jesucristo; puesto que Israel deviene (o hubiera debido devenir por entero) Ecclesia.

En segundo lugar, porque las palabras de Cristo 21 que hemos citado fundamentan e iluminan esta canonicidad de la Cábala en el seno de la revelación cristiana, incluyéndola como parte integrante de estos Misterios.

Por lo que respecta a las dos actitudes que acabamos de describir, se trata, en realidad, de esa misma atracción por los esoterismos “exóticos22 que, por naturaleza, permanecerán siempre exteriores para aquellos que deciden afiliarse y, así pues, resultando no aptos para permitir una real realización espiritual.

Si, en casos excepcionales, pudiera llegar a suceder que una tal conversión a espiritualidades extranjeras perennes -según su propia historia- fuera posible y, de alguna manera, legítima, es preciso que dicha conversión sea verificada y conducida por las autoridades competentes particulares de estas tradiciones espirituales y que el propio interesado integre, primero, el cuerpo doctrinal general antes de pretender poder acceder a su interioridad metafísica, es decir, a lo que se ha convenido en denominar su esoterismo. Por lo demás, nada de más lógico desde un estricto punto de vista del buen tino y de una sana acción espiritual.

Dicho esto, añadiremos inmediatamente que ello realmente vale, únicamente entre otras espiritualidades que no sean el Cristianismo y para la conversión entre una y otra espiritualidad. En efecto, y sin que esto surja de ningún tipo de “integrismo” religioso ni de un desconocimiento o desprecio respecto a estas espiritualidades, la conversión de un cristiano no es de ningún punto concebible incluso si ésta se opera de buena fe. Este era el caso para decirlo.

¿Por qué esta diferencia?

Porque, como ya hemos tenido ocasión de señalar al igual que otros más grandes que nosotros anteriormente también, la Buena Nueva y los sacramentos instituidos por Cristo, luego, por Dios mismo, constituyen la última y perfecta revelación de Dios dirigida a todos los hombres, lo que explica y justifica este mandamiento de Cristo:
         “Marchad, pues, y adoctrinad a todas las gentes bautizándolos en el nombre del            Padre,  del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándolos a guardar todo aquello que             yo os encargué. Y  he aquí que yo estoy con vosotros por todos los días hasta la            consumación del  tiempo.23

Cuando la Providencia nos hace nacer en el seno de esta revelación y que nos reviste de Cristo a través de sus sacramentos, ¿cómo esperar encontrar algo “mejor” fuera de ella?
 
Es así que lo entiende la respuesta de Pedro, en nombre de todos los apóstoles (y hoy,  en nombre de todos los bautizados), a Jesús que le pregunta:
         “Entonces dijo Jesús a los doce: ¿Acaso también vosotros queréis iros?                         Contestóle Simón Pedro: Señor ¿a quién iremos? Tú tienes dichos de vida                     eterna; y nosotros hemos  creído, y hemos conocido que tú eres el Santo de                   Dios.”24

Así pues, no es por una prohibición formal como la del Islam que pide a sus fieles bajo pena de muerte (lo que nunca ha sido revocado por ninguna autoridad del mundo musulmán) no renunciar al Islam ni convertirse a cualquier otra forma de espiritualidad, que el compromiso con el Cristianismo debe ser, en su evidencia de fe, irrevocable sino porque dicho compromiso encarna (en el pleno sentido del término) la revelación divina en su plenitud a la vez recapitulativa y trascendente a las otras espiritualidades que la han precedido en la Historia de los hombres.

Porque en ninguna parte, Dios se revela más íntimamente al hombre, ni se le ofrece una renovación ontológica de tales características por la gracia de los sacramentos; en ninguna otra parte Dios manifiesta, de la manera más absoluta, su ser divino que es amor.

He aquí precisamente este Misterio esencial (en todos los sentidos del término) que no está presente en el corazón de las tradiciones extrañas al Cristianismo y al Judaísmo: la naturaleza de Dios es Amor.

Ahora bien, este amor sólo puede venir de un Dios-Persona (Uno y Trinitario en su última revelación), incluso si no somos capaces de concebir la verdadera naturaleza de la Persona de Dios, para siempre inaccesible a “otro” que no sea Él, y no de un  Principio indiferenciado, de cualquier nombre que quiera designarse.

De igual modo es a este Dios-Persona -que, por añadidura, ha creado a su imagen y semejanza- que el amor del hombre puede dirigirse en retorno, y no a un Principio indiferenciado como acabamos de evocar.

Es por lo que, no hay que confundir ni asimilar este amor divino con la compasión profesada en el Budismo, en particular, compasión que no surge en absoluto de un tal amor sino de la conciencia de unidad de las criaturas terrestres y de sus sufrimientos comunes -cuales sean las modalidades- ligadas a este estado encarnado.

Pero, en el Budismo, cada ser creado, cada hombre en primer lugar, es dejado a su propio juicio y a sus propias fuerzas para entregarse o no, incluso si se encuentra acompañado por las plegarias de aquellos que han cumplido el camino antes que él.

En esta perspectiva, a diferencia de la revelación cristiana, estos sufrimientos no son asumidos y recapitulados en Dios encarnado, Jesucristo, que los conoce realmente en su humanidad y los lleva en su divinidad. Dichos sufrimientos no son transfigurados por este amor divino ni iluminados por la virtud teologal de la esperanza.

Volvamos a los sacramentos.
 
No hay que olvidar nunca que estos sacramentos no son de creación humana, sino un acto de Dios, realizado únicamente por Él y aplicados a cada uno en el seno y a través de generaciones por mediación de hombres consagrados 25.

Por otra parte, los hay otros que se unen a las tradiciones chamanistas (amerindias, africanas, de las que son salidas el vudú, siberianas o extremo-orientales) lo que no solamente se inscribe en el cuadro general que hemos trazado sino que se agrava con un descenso de nivel espiritual puesto que, en efecto, se trata aquí de formas primeras (primitivas se gustaba decir antaño, pero que a nuestro juicio y a la vista de la historia de la humanidad, preferimos calificarlas más exactamente de degradadas) en las que la magia y el plano “intermedio”, el de los “espíritus” tienen un papel mayor. No es preciso decir que es en este sector que acabamos de acotar donde las sectas de toda naturaleza captan desviados a porfía.

Sea como sea o, dicho de otro modo, cualquiera que sea la tendencia seguida, resulta insensato, (en su sentido más radical: ser privado del sentido -primordial en este orden de cosas- de la orientación, de la orientación de espíritu, es decir, sin ninguna posibilidad de alcanzar “el feliz término de su búsqueda” para aquel que se pierde) es insensato, decíamos, desheredarse así de su bautismo.

Las consecuencias de esta desviación (en todos los sentidos del término) se hacen sentir, por otra parte, con independencia que los interesados conserven o no una participación por motivos diversos -a menudos sociales y de fachada-, en estos mismos sacramentos. Muy al contrario, es tanto más grave porque tal forma de ver la cosa, se presenta en hombres divididos en sí mismos y contra sí mismos por mucho que algunos pretendan una compatibilidad que sólo existe en su imaginación.

Esta actitud, hablando en propiedad, constituye la definición de superstición en su sentido más literal: lo que se persiste en querer tener por pertinente e inmutable pero que ya no justifica su estado, confundiendo así la forma (mutable) y el fondo (la Verdad o Principio eterno e inmutable).

Es a esta manera de ver la cuestión a la que se acogen aquellos llamados comúnmente como tradicionalistas: los que se aferran a la forma sin comprender siempre la necesidad de que sea así, ni captar el fondo sin el cual la forma no es nada. Los hombres de tradición, por su parte, saben hacer la distinción entre lo que puede -y debe- cambiar (por qué, de qué manera y cuándo) y lo que es intangible.

La tradición, que es viviente y fuente de vida, es la médula y la sangre, el principio de vida de los trazados rectores, vectoriales, principiales como en un blasón; la forma que ella reviste es su expresión en color: importante, fundamental si se quiere; pero susceptible de adaptación.

Atención: adaptación no significa conmoción intempestiva ni manipulación caprichosa o ligada a algún tipo de ignorancia o posicionamiento ideológico cualquiera, o sea y, en consecuencia, decadencia de las luces espirituales en las almas empequeñecidas o el deseo insensato de inscribirse en “el aire de los tiempos que corren”, que no es más que un efecto de la moda tan superficial como inconstante.

Es por lo que estas adaptaciones, cuando aparecen como necesarias, deben ser conducidas con prudencia y sabiduría por hombres cualificados y de alta espiritualidad: los clérigos en el pleno sentido de la palabra que aúnan conocimiento y amor. Los clérigos que son igualmente “claros” y “de relámpagos” (parecidos a los Boanerges del Evangelio) 26: translúcidos a la luz del Señor.

Por retomar las referencias heráldicas, una cruz, por ejemplo, según sea de tal color (de gules, de sable…) y de tal forma (rectilínea, patada, angrelada…) tomará un significado particular, pero la cruz en su principio de vida no cambia ni de sentido ni de potencia espiritual. Y si hay que velar muy exactamente por tal que su forma y su color manifiesten lo más íntimo del corazón de su portador, no hay que dudar tampoco en modificar los contornos o los fuegos si este mismo portador viene a presentar (de manera significativa y evidentemente perenne) un nuevo estado de su ser.

La vinculación a formas iniciáticas antiguas reconstruidas (por lo demás, con el margen de error que implica un conocimiento imperfecto de lo que exactamente fueron en sus enseñanzas y en sus rituales, agravado además por una mentalidad cultural y psicológica actual, muy alejada de la de sus primeros adeptos), esta vinculación, pues, es motivada por la eficacidad que algunos le atribuyen y se asemeja, al menos en sus motivaciones, a la acción de aquellos que se agregan a iniciaciones ligadas a tradiciones espirituales presentes hoy en el mundo no cristiano sin, no obstante, adherir primero o incluso nunca, el corpus general en el que ellas operan.

Tiene que ver también en la atracción por este tipo de acción -resulta de fácil percepción-, un elemento culturalmente exótico, como anteriormente hemos señalado, consiste en una búsqueda de “experiencias” fuera de senderos considerados como demasiado trillados en la que algunos de nuestros contemporáneos se enmarañan, sin plantearse por otro lado la cuestión, de saber por qué -justamente- estos senderos les parecen tan trillados.

Y que -paradójicamente- no se les pasa por la imaginación ni, aunque sea por un solo instante -a estos “buscadores de experiencias”- que son precisamente ellos los que no se han recorrido ni descubierto a sí mismos, en todos los sentidos de la palabra…

En otros términos, si estas antiguas formas iniciáticas o estas formas tradicionales extranjeras son tan atractivas a sus ojos, es precisamente porque conservan para ellos este carácter deliciosamente extraño o antiguo: exótico como nosotros decimos.

Ahora bien, es justamente cuando una tradición espiritual permanece así extraña (exógena) a aquel que se compromete en la misma, es porque ella denota, por su radical exterioridad a su ser, su incapacidad para llevarlo a buen puerto.

Repitámoslo, ya que esta verdad es de importancia: sea cual sea el sentimiento que anime al cristiano cuando se comprometa en una de estas vías, como cristiano marcado por el carácter imborrable del bautismo, no hace más que recubrirlo con una chapa de olvido y cortocircuitar (si se nos permite el término) las gracias.

En cualquier caso, nunca obtendrá mayores ni más poderosas gracias santificantes que le abran el Reino de los Cielos, que las directamente dadas por el Señor si ha permanecido “a su lado” como Pedro y sus compañeros, de los que hemos citado las edificantes palabras al respecto unos pocos párrafos antes; y peor aún si se priva del sacramento mayor respecto al que todos los otros están ordenados: la eucaristía.

Podemos tener incluso la certeza, aunque el interesado no tome nunca consciencia de ello, que su acción le instalará en su ser disonancias espirituales entre su sello cristiano y los ritos de su nueva vía.

En el fondo, la razón que impulsa a estos hombres a seguir vías extrañas, sean estas cuales sean, continúa siendo idéntica: permanecer fuera de Cristo el cual llama por tanto a todos los hombres de todas las tradiciones y de todas las vías espirituales a encontrarse con Él, plenamente: “Venid, y lo veréis” 27, a conocerle, a seguirlo porque es Aquél que ofrece la clave única y definitiva de las que esas diversas vías constituyen sus premisas.

En su más exacta realidad, y cualquiera que sea la conciencia que puedan tener aquellos que sucumben a la atracción, este apego a formas antiguas convertidas en supersticiones en el sentido que hemos definido, incluso a tradiciones exógenas, ¿no será acaso el simple rechazo a “venir y ver”; a seguir al Maestro de Vida? En otros términos, al rechazo de ser cristiano. Al rechazo a la Palabra de Dios y al diálogo con Él, así pues y, en definitiva, a la plegaria y los sacramentos cristianos.

Haciendo esto, estos hombres olvidan o rechazan la respuesta dada por Pedro a Jesús que pedía a los doce:
        “¿Acaso también vosotros queréis iros? Contestóle Simón Pedro: “Señor, ¿a                   quién iremos? Tú tienes dichos de vida eterna; y nosotros hemos creído, y                     hemos conocido que tú eres el Santo de Dios.”28

Pedro, en nombre de todos, hizo la única respuesta posible para el cumplimiento en la fe y la contemplación en plenitud de la Verdad.

Este rechazo a Cristo se identifica con la renegación de Pedro cuando el arresto y condena de Jesús, pero sin la excusa del miedo que podía entrañar entonces al apóstol sobre el que todavía no se había posado el Espíritu Santo de Pentecostés para fortalecerlo en la fe: sí, estos hombres reniegan de Cristo, o al menos se apartan de él, de cualquiera manera que lo presenten -o quieran justificar ante sus propios ojos- la problemática de su acción.

Esta amonestación de Pablo les concierne de manera evidente:
        “Pero entonces, como no conocíais a Dios, servíais a los que por naturaleza no              eran  dioses; pero ahora, después de conocer a Dios, o más bien, ser conocidos            por Dios, ¿cómo os volvéis de nuevo a los impotentes y pobres elementos, a los              que, como si nada hubiera pasado, queréis otra vez servir?”.29

Sin embargo, nada está definitivamente perdido puesto que, a imitación de Pedro, justamente, estos mismos hombres pueden siempre arrepentirse de su negación y darse de nuevo y por completo al Señor.

Esto solo depende de su lucidez, de su voluntad y de su amor.

 La cuestión esencial es pues la siguiente:
     ¿Por qué algunos de nuestros contemporáneos se apartan de su religión de                    nacimiento, el  Cristianismo, y conceden un mayor crédito a espiritualidades                 e iniciaciones que les son  extrañas, en el espacio o en el tiempo?

¿Qué no han entendido o qué es aquello que no les ha permitido captarlo?

Ya que es también ahí donde puede residir una de las claves de este desfavor y la responsabilidad por parte de aquellos que tienen a su cargo el llevar los Misterios cristianos, aún y sabiendo, sin embargo, que no les está permitido decir todo a todos en el estado actual de la humanidad y su grado de limitación intelectual, cultural y, sobre todo, espiritual.

Las autoridades espirituales deben pues discernir entre los distintos fieles y adaptar su enseñanza. Pero adaptar, no quiere decir negar, olvidar o caricaturizar este camino de interioridad como podemos ver demasiado a menudo hoy entre ciertos eclesiásticos o en el seno de medios católicos “tradicionalistas” (insistiremos por nuestra parte en este término, bien diferente del de católicos de tradición).

¿Discernir, qué, precisamente?

Pues aquellos que presentan una cualificación o capacidad iniciática, dicho de otro modo, un carisma -por retomar las palabras de san Pablo 30- apropiado a seguir un camino de interioridad de tales características que induce en particular un conocimiento metafísico. Y estos que presentan dicha cualificación, tiene el deber espiritual de responder a su vocación, de igual modo que nadie tiene el derecho de ponerles trabas ni disuadirlos, a fin que sus minas y sus talentos fructifiquen según la palabra del Evangelio 31.

Este es el lugar para recordar, al respecto, la frase de “la sirvienta de Dios” que la Iglesia ha hecho Venerable, Elisabeth Leseur (1866-1914): “un alma que se eleva, eleva al mundo entero”.

Los Ortodoxos tienen sobre este asunto, una aproximación bastante diferente ya que toda la espiritualidad de la Ortodoxia está impregnada del misticismo en el sentido profundo y teologal del término; vía mística, que, en el seno de la Religión cristiana, es hermana de la vía iniciática. Volveremos sobre este punto de importancia capital.

Grandes figuras cristianas como san Serafín de Sarov (Rusia, 1754-1833) serían ilustración de cuanto decimos.

Pero se podría decir igual en el marco católico de tradición 32, evocando de nuevo, y por citar tan solo a ellos, a santa Hildegarda de Bingen, santa Teresa de Ávila, san juan de la Cruz o bien al Maestro Ekhart, dominico y primero de los místicos renanos y a los escritos espirituales que nos han dejado, verdadera pedagogía del camino de contemplación que no es otro que el de la realización espiritual auténtica, sea esta conducida en modo iniciático o místico, según el lenguaje corriente.

En efecto, ¿qué tendrían de menos estas santas y santos, cuando conocemos los estados espirituales con que fueron gratificados en vida, en comparación con lo que detentarían los iniciados, sobre todo aquellos -los más numerosos- cuyo recorrido surge (en el  mejor de los casos) más del mero ámbito intelectual que de una realización espiritual efectiva?

En corolario, la perfecta realización iniciática ¿podrían conducir a un cristiano viviendo plenamente los sacramentos a otra resurrección de la carne, a otra Vida eterna, a otro Reino de los Cielos que no sean los prometidos por Cristo, Él, que precisamente es, esta Vida y este Reino?


NOTAS

21 Mt V, 17-18.
22 Del latín exoticus, a su vez del griego antiguo exôtikós, ἐξωτικός: extraño, adjetivo salido de éxô, ἔξω: al exterior.
23 Mt XXVIII, 19-20.
24 Jn VI, 67-69.
25 La teología precisa que los sacramentos operan en cada ser por su propio poder: ex opere operatio, y no por la virtud o la santidad del oficiante porque están instituidos y aplicados directamente por Jesucristo mismo que actúa, en el tiempo y el espacio de las generaciones humanas a través de este mismo oficiante (sacerdote, obispo) configurado a Él a dichos efectos y que actúa pues in Personna Christi.
Sucede diferentemente con los sacramentales: son signos sensibles y sagrados que, aunque presentando una analogía con los sacramentos, no lo son del todo al no ser portadores de una realidad espiritual. Ejemplos de sacramentales: las bendiciones (el agua bendita, las medallas, los escapularios). Estos sacramentales producen sus efectos de gracia en la medida de la fe del oficiante y de aquel que los recibe cuando se trata de un ser humano. Es lo que la teología designa bajo la formulación: ex opere operantis. En el Cristianismo, los ritos iniciáticos como por ejemplo el adobamiento caballeresco, son sacramentales que responden de este modo a esta doble necesidad, al igual que los ritos y bendiciones de las espiritualidades no cristianas.
Sin embargo, estos sacramentales cristianos comportan igualmente un carácter imborrable en el ser que los ha recibido, incluso si este reniega de ellos o descuida abrirse a las gracias que de ellos se desprenden. Volveremos más adelante sobre este punto.
En el seno de las espiritualidades extrañas al Cristianismo, lo que vendría a corresponder a los sacramentales serían sus ritos, rituales y ejercicios espirituales: actos teúrgicos en sentido etimológico (incluso si las tradiciones orientales y extremo-orientales solo profesan la creencia en un Cielo impersonal) en apoyo de los cuales estas mismas tradiciones invocan la ayuda de sus grandes figuras, tales como Buda, por ejemplo, pero no la de Dios revelado que por otra parte ellas no conocen, a diferencia de la plegaria del cristiano que se dirige directamente al Señor para obtener la efusión de sus gracias santificantes.
26 Sobrenombre que se traduce por “hijos del trueno”, dado por el Señor a Santiago y a su hermano Juan, ambos hijos de Zebedeo (Mc III, 17). Como la tormenta es el ruido del rayo, de los relámpagos, este nombre puede también entenderse como “hijos de la luz, de los relámpagos”.
27 Jn I, 35-39.
28 Jn VI, 67-69.
29 Gál IV, 8-9.
30 I Cor XII, 4-7.
31 Lc XIX, 12-27; Mt XXV, 14-15.
32 En contrapartida y salvo puntuales excepciones, el conjunto del mundo Reformado es por naturaleza extraño o refractario a este encaminamiento espiritual tal como lo acabamos de describir.

Acerca del Autor

Pascal Gambirasio d'Asseux

Pascal Gambirasio d'Asseux nació en París en 1951. Abogado, se ha dedicado también a la espiritualidad cristiana. Escritor, conferenciante (invitado de France Culture y de Radio Chrétienne Francophone), ha publicado varios libros -que ahora son referencias reconocidas- sobre la dimensión espiritual de la caballería y la heráldica o la ciencia del escudo de armas, sobre la naturaleza cristiana de la realeza francesa y del rey de Francia, así como sobre el camino cristiano de la iniciación como camino de interioridad y de encuentro con Dios: iniciático, de hecho, lejos de las interpretaciones desviadas que han distorsionado su significado desde al menos el siglo XIX, significa al mismo tiempo origen, inicio e interiorización del proceso espiritual para que, como enseña San Anastasio Sinaí, "Dios haga del hombre su hogar". De este modo, quiere contribuir al (re)descubrimiento de esta dimensión dentro del Misterio cristiano, olvidada o incluso rechazada por unos porque está desfigurada por otros.






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