lunes, 24 de febrero de 2020

El Hombre de Luz | La construcción del cuerpo de gloria | Las claves cristianas | Pascal Gambirasio d’Asseux



Pascal Gambirasio d’Asseux

El Hombre de Luz

La construcción del Cuerpo de gloria

Las claves cristianas


Masonería Cristiana


ÉDITIONS TÉLÈTES, París, 2015

Segunda edición aumentada y revisada
Traducción:

RAMÓN MARTÍ BLANCO




“Nosotros te seguimos, por Ti hacia Ti”
San Bernardo, Sermón II, Ascensione.

“Nadie que echa su mano al arado y mira hacia atrás, está en disposición para el reino de Dios.”
Lucas IX, 62.



Al Rey y la Reina de las Lis, Fielmente, de todo corazón.


Poniendo ante Dios el espejo de su alma, este se iluminará como el puro cristal refleja al sol, cuando poco a poco alcance lo último deseable, y se encuentre desprendida de toda otra contemplación”.

Hesiquio el Sinaíta


Sin querer tratar de igualar a los maestros del trobarclus (trovadores1, troveros y minnesänger) que invitan a encontrar el sentido oculto (la dimensión espiritual e iniciática) de sus versos, nos parece legítimo inaugurar nuestras palabras bajo el patronazgo de su arte, jugando con consonancias y paronimias. Este arte, llamado también lengua de los pájaros porque evoca la lengua angélica o incluso la cábala fonética, se hace así realidad: para aquel que ve sin oír, el verbo (de oro) duerme, resultándole letra muerta; pero se ilumina para aquel otro que lo “vive”, al haber sabido encontrar la clave y romper el sello.


En este verde cerrado
En el jardín de la rosa y el escaramujo
Donde reina, inmarchitable la Dama del Bello Amor,
Cuando todo es silencio a la sombra vespertina,
Brota el canto de un ruiseñor trovador.

Es rey de la armonía que da acceso a los Grandes Misterios
De la estrella interna de diecisiete rayos de oro.
Es el pájaro de la noche que canta la Luz
Proclamando que para siempre la Vida triunfa sobre la muerte.

Sus arpegios místicos, consolando la rosa,
Suenan a madreselva y nochizo sonreír,
Luego sobre fontana de lis sus notas claras reposan.

La Dama lo oye, el Amor también guarda el canto.
Vienen entonces al jardín corazones henchidos, rectos deseos,
Guiados como verdaderos amantes: interiormente.



P     R    O     L     O     G     O


“Nosotros te seguimos, por Ti hacia Ti”

San Bernardo, Sermón II, Ascensione.

Nadie que echa su mano al arado y mira hacia atrás, está en disposición para el reino de Dios.”
Lucas IX, 62.


Desde los mismos orígenes, los hombres de las sociedades tradicionales han percibido de manera intuitiva la raíz espiritual de la Creación, la de su propio ser y, por vía de consecuencia, la de su vida, del sentido de este modo dado a la misma y del llevado por su vida; del verdadero y único sentido de toda vida humana.

Integraban esta realidad y así pues esta dimensión de manera espontánea -primitiva según algunos, mientras que mejor sería decir primordial, en todos los sentidos del término- y como el ejercicio de una capacidad natural de su entendimiento.

En resumen, para ellos no se trataba solamente del sentido y la naturaleza de la vida personal que eran así entendidos, sino igualmente el de la comunidad humana por completo y, por supuesto, en primer lugar, del más inmediato entorno: clanes, tribus, ciudades, pueblos y reinos…


En Occidente y más adelante en Oriente, ha quedado manifestado que la mirada del “hombre moderno”, de acuerdo a la expresión que le está dedicada, ha permutado 180 grados y modificado su campo de visión o su capacidad visual.

Lo que entonces era una inclinación natural del alma al entendimiento de los misterios, o cuando menos, a la consciencia de su existencia y a las exigencias espirituales que ellos implican, se ha ido poco a poco perdiendo en un gran número (¿la mayoría?) de nuestros contemporáneos, perdiéndose finalmente en poco tiempo. Esto no es sorprendente, al resultar la caída mucho más fácil y rápida que la adquisición del equilibrio o la construcción de una obra.

Ahora bien, ¿qué cosa es una vida espiritualmente orientada o una civilización digna de este nombre, sino equilibrio: armonía y justicia (que simultáneamente es justeza) y un edificio: un templo del Espíritu, como bien enseña san Pablo?

Efectivamente, forma parte de la naturaleza de los hombres de la Caída y de los corazones de piedra a los que se refiere el Evangelio el emplear un furor singular, tan perverso como suicida por otra parte, en olvidar a Dios. Y en propagar este olvido de manera sistemática y perfectamente organizada.

Es así que “el espíritu moderno” o “modernista”, bajo un gran número de razones y bajo un abanico de formas y actitudes variadas, en ocasiones aparentemente opuestas, se dedica sin contemplaciones a erradicar la presencia de Dios del alma humana hasta la consciencia de ella misma y, conducirla de este modo a olvidar -incluso a renegar- de la nobleza de sus orígenes, lo que, precisamente, fundamenta y constituye la realeza esencial del hombre.

Esta realeza paradisíaca le permitía la visión directa de Dios (la visión beatífica del lenguaje teológico), expresión y manifestación (sobre) natural de su filiación divina y le daba el poder del Nombre: bajo orden del Padre, en tanto que cooperador del Verbo, Segunda Persona de la Santísima Trinidad, nombrando a los animales que le eran presentados, “ordenándolos” Adán de acuerdo a los deseos del Creador, situándose por ello mismo en el justo lugar que le era asignado por Aquel: el de un pontífice, ligando y religando las cosas y los seres a su divino Principio.

El estado primero, auténtico del hombre es concebido de manera a situarlo en el centro de su ser y, partiendo de allí, al centro de la Creación, así pues, de atravesar cual eje vertical unitivo, recapitulador y santificante los mundos y los reinos, los espacios y los tiempos. El es entonces ese verdadero Rosa+Cruz de la tradición cristiana y hermética sobre el que tanto se ha glosado, llegándose hasta la caricatura ocultista o el escarnio agresivo.

En paradigma supereminente inconmensurable, ciertamente, pero bien aplicado a mostrarnos la realidad del Camino y de su cumplimiento, el mismo Cristo resucitado, bajo la apariencia de un jardinero, se ha presentado a las santas mujeres que corrían hacia el sepulcro; hacia esa tumba que, justamente, ellas encontraron vacía. Pero no lo reconocieron, ya que ellas no estaban todavía en disposición de hacerlo, con sus ojos de carne, luego dotados de insuficiente fe, a “ver” este cuerpo de carne glorificada, en la plenitud prometida a todos los bautizados, en el Día (el octavo día) de la Resurrección.

He aquí lo que nos promete y nos ofrece Cristo. Nos lleva en Él a fin que lo llevemos en nosotros, en los más íntimo de nuestro corazón y de nuestro espíritu, a fin que seamos devueltos a nuestro estado de hijos en y por el Hijo.

Hacernos christophoros, portadores de Cristo, que es la Luz y el Verbo del Padre, este es realmente el destino humano, de nuestro destino, del único destino digno de un alma viva exhalada de la misma boca de Dios, emanada de Él.

Entonces, el hombre de luz es reencontrado como el hijo pródigo que se lanza hacia su padre, que se arroja a su encuentro. “Vosotros todos que habéis sido bautizados, ¡vosotros que habéis revestido a Cristo!” canta la liturgia de san Juan Crisóstomo. Y Jesús, ¿acaso no es esta Luz de la que nos habla en particular el Prólogo del Evangelio según san Juan, así como la entrevista con Nicodemo del mismo san Juan?

Las iconografías, los iluminadores, los heraldos de armas y los maestros vidrieros, hombres de la Tradición, todo ellos eran iniciados (algunos lo son todavía hoy) y ponían su Arte al servicio de esta teofanía de la luz: presentando simbólicamente el Cielo a las almas abiertas a sus obras.

Los tiempos cambian, sí; y en ocasiones este cambio se aparenta a una caída vertiginosa y mortal para el alma humana. Estamos viviendo un momento tal que así. Pero una verdad continúa siéndolo hoy como ayer, porque ella es verdad y, en tanto que tal, es intemporal.

Puede que sean los hombres los que ya no se encuentren con capacidad de percibirla y sentirla como tal. Pero dicha verdad no deja por ello de ser lo que es. Ella no puede “adaptarse”, dicho de otro modo, ceder su lugar por medio de un acomodamiento que siempre será una desnaturalización en el mejor de los casos.

El Maligno es demasiado astuto y demasiado hábil para afirmar, de entrada, que la ley y la moral, la orientación espiritual de las almas sean de por sí absurdas, o ridículas. Pero insinúa en estos espíritus (“fuertes”) a los que sabe turbar que la ley, la moral o la orientación espiritual, ya no están adaptadas a la “evolución de la sociedad”, que hay que saber ser un “ser de su tiempo”… La moda está en “debates de ideas” de este género en los que la opinión, muy a menudo manipulada, sustituye a la sapiencia y la inclinación subjetiva, en ocasiones malsana, a la conciencia de lo Verdadero.

Por supuesto, no se trata de negar que la Verdad, en este mundo, es compartida por muchos, los cuales, a menudo, no siempre están unidos y, a menudo también, desgraciadamente, se enfrentan, precisamente crispándose en “su parte” de Verdad la cual absolutizan y tratan de imponer a todos.

Ahora bien, estas particiones no son “pizcas” de Verdad, pedazos esparcidos de una Verdad entonces fracturada y parcial, sino, como lo enseña san Agustín, matices de una misma y única Verdad, la cual es la Palabra misma de Dios. Así mismo, estos matices deben descubrir sus consonancias, no solamente a través, sino gracias a sus diferencias  y componer entonces una armonía.

Esta palabra es proferida, no como una orden que “caería” desde arriba sin admitir réplica, sino que es dicha para ser escuchada por el ser, considerada en tanto tal, “puesta a su reflexión” como precisan las Escrituras y así pues en disposición de responder; en el deseo por parte de Dios que se responda a la misma, sin temor de precisarlo. Diálogo (inaudito habida cuenta de la inconmensurabilidad existente entre los dos “interlocutores”) que el Padre ha iniciado y perennizado entre Él y el hombre que, en Cristo, llama en lo sucesivo su hijo bien amado.

No, Dios no soliloquia. Dialoga con sus criaturas, con todas sus criaturas, pero, evidentemente, en un modo privilegiado con el hombre al cual ha querido a su Imagen y Semejanza.

Este ser es llamado a la vida por su Palabra, hacia y por su Palabra; es así creado hacia Dios, para establecer esta conversación, de corazón a corazón deberíamos decir, este intercambio tejido de lo inefable y de la simplicidad que conocen los santos, y que funda y alimenta toda una vida.

Cada hombre es así el asunto principal de este diálogo con Dios. Hay en esta denominación, toda la elección y toda la cualificación con la que el Señor la ha revestido y que fundamenta su dignidad y sus deberes.

Podemos ver como se trata aquí de un estado privilegiado y glorificador, en el que se originan y se legitiman, en Francia por excelencia, la apelación y el estado, en el plano que son los suyos, de la figura del Rey, Lugarteniente de Dios; radicalmente en oposición, respecto de aquello que difunde desde hace ya largo tiempo, una corriente de “pensamiento” deletérea y nauseabunda, que se ensaña en desnaturalizar el sentido y la realidad de esta cualidad del sujeto para convertirlo en un sinónimo de sujeción. Lo que no está falto de aliño, cuando podemos ver como ciertas administraciones califican a las personas de “sujetos sometidos”, sin que ello exalte lo más mínimo a esta misma buena gente.

Cuando los hombres son impelidos por el impulso de la plegaria, de la obra litúrgica o del simple grito que brota de seno de sus sufrimientos, a menudo el único posible en los dolores físicos o morales, pero que se impone igualmente al corazón del Padre, Él sabe cómo escucharlo y responder siempre, incluso aún y cuando el ser implicado no sea capaz de alcanzar esta respuesta y concluya rápida e injustamente que el Cielo permanece vacío, mudo o indiferente.

Es preciso comprender que la respuesta, toda respuesta divina es un misterio, en el sentido pleno del término; que dicha respuesta no podría ser de otra manera, a semejanza de un sacramento, porque viene de Dios. De igual modo, tampoco se la recibe como un “retorno”, sino que se la percibe por aquello que la tradición oriental denomina “el ojo del corazón”. Ya que se trata claramente de un secreto de nuestro ser lo que es entonces desvelado, puesto a la luz y puesto en práctica. La respuesta es simultáneamente una llamada a proseguir el cuestionamiento, la “en-cuesta”, a proseguir en el camino, la voz: luego y como consecuencia, a cumplir su vocación.

El nombre del Arcángel san Miguel (Mikäel, en hebreo: “¿Quién como Dios?”), revela y concentra esta pregunta-respuesta que se remite entonces a sí misma en un juego de reflejos y espejos. Juego sagrado e iniciático, puesto que es la clave del ser. “¡He aquí! El Amo es nuestro espejo: abre tus ojos y velos en Él: y aprende la manera de tu rostro”2.

La búsqueda espiritual es esencial y, nosotros diríamos, connatural en el hombre en su estado “normal”. He aquí porqué, en nuestra época de oscuridad de espíritu y, si acaso fuera posible, de la desnaturalización de la Imagen y Semejanza, la reafirmación de esta Verdad, así como de los caminos que conducen a la participación viviente de la misma debe ser recordada, evocada en la medida que la palabra pueda (o deba) traducir la aventura interior del alma, y ello sin relajación ni debilidad o desaliento.

En primer lugar, afirmando y explicitando -dando testimonio- de dicha búsqueda espiritual porque realmente hay “alguna cosa” a hacer, un trabajo a efectuar para desmarcarla de manera sensible de la asistencia religiosa, insistiendo justamente en este término de asistencia: un visitador difiere de un visitante. Si el primero permanece pasivo y exterior -aunque aceptado y adherente- “a lo que pasa”, el segundo es un actor, un real “oficiante”. Ahora bien, tampoco hemos de sorprendernos ¿acaso la Santa Misa no hace cantar a los fieles: “tu has hecho de nosotros reyes y sacerdotes”? A cada cual según su orden y, este es el sitio para decirlo, ministros ordenados y fieles, su presencia activa (en espíritu y en verdad, sobre todo) es, con toda evidencia, solicitada.

A continuación, la naturaleza de la empresa, precisamente una búsqueda interior e interiorizante obedeciendo a reglas, pruebas y armonías a la vez universales e íntimas de cada ser. Un periplo “arriesgado”…

Luego, el modo operatorio de esta aventura espiritual u Operatio Magna, la Gran Obra de toda una vida, de la asunción o glorificación del ser: la adquisición del cuerpo glorioso por parte de aquellos que son justificados por Jesucristo.

Por último, el objetivo, el cumplimiento. El tesoro escondido descubierto únicamente a aquel que está cualificado, depurado y discerniente. Como se descubre su blasón, las armas de luz que dibujan los trazos celestes del caballero que las lleva, en todos los sentidos de la palabra. El “lugar” y el “tiempo” en que el hombre de la caída vuelve a ser hombre de luz, el perfecto iniciado, el santo, tan unido al Sol de Justicia, tan translúcido a su Gloria, que ya no proyecta ninguna sombra…


Notas:

1 En la lengua de Oc, en occitano, trobador (trobairitz para las mujeres trovadoras) significa aquel que encuentra y compone (de trobar, encontrar): encuentra -en su sentido de inspiración creadora- sus versos y simultáneamente sella su sentido para todo aquel que no posea la llave (clau en occitano), sentido pues que queda encerrado, secreto, oculto. El pase de este nombre a la lengua de Oil ha dado trovero (trovera en femenino). Compositor, poeta, el trovador o el trovero interpreta él mismo sus obras o las hace interpretar por ministriles o juglares. La edad de oro de trovadores y troveros se sitúa entre los siglos XI  al XIII. Se los encuentra igualmente en España (Catalunya, Aragón), en Italia (Lombardía, Toscana, Génova) así como en Portugal e Inglaterra. En los países germánicos se hablará de minnesänger(aquellos que cantan el minne, es decir el amor -el amor cortés o fin’amor en occitano). De idénticas raíces tradicionales como el arte de los trovadores, el de los minnesänger conoce sin embargo formas que le son propias.

2Odas de Salomón, Oda 13.




Acerca del Autor

Pascal Gambirasio d'Asseux

Pascal Gambirasio d'Asseux nació en París en 1951. Abogado, se ha dedicado también a la espiritualidad cristiana. Escritor, conferenciante (invitado de France Culture y de Radio Chrétienne Francophone), ha publicado varios libros -que ahora son referencias reconocidas- sobre la dimensión espiritual de la caballería y la heráldica o la ciencia del escudo de armas, sobre la naturaleza cristiana de la realeza francesa y del rey de Francia, así como sobre el camino cristiano de la iniciación como camino de interioridad y de encuentro con Dios: iniciático, de hecho, lejos de las interpretaciones desviadas que han distorsionado su significado desde al menos el siglo XIX, significa al mismo tiempo origen, inicio e interiorización del proceso espiritual para que, como enseña San Anastasio Sinaí, "Dios haga del hombre su hogar". De este modo, quiere contribuir al (re)descubrimiento de esta dimensión dentro del Misterio cristiano, olvidada o incluso rechazada por unos porque está desfigurada por otros.



Masonería Cristiana





lunes, 17 de febrero de 2020

CAMINOS DEL CRISTIANISMO | El Místico y el Iniciado I Pascal Gambirasio d’Asseux




Masonería Cristiana
 El pan eucarístico, icono ruso del siglo xv



Pascal Gambirasio d’Asseux


CAMINOS

DEL

CRISTIANISMO

El Místico y el Iniciado

Traducción:


RAMÓN MARTÍ BLANCO


LA VÍA INICIÁTICA A LA LUZ DE LOS SACRAMENTOS 10



“Si hay muchas moradas en el cielo, hay muchas maneras de llegar allí”11




Lo que aquí abordamos, tiene que ver únicamente con el cristianismoLa revelación cristiana y los dones de gracia que ella conlleva, le son propios y señalan su especificidad en el seno de las tradiciones espirituales de la humanidad

No pretendemos en modo alguno aplicar nuestras palabras a otras formas de espiritualidad surgidas de naturaleza diferente y que se inscriben en la historia de los diferentes pueblos antes que no llegara la Plenitud de los Tiempos 12.

Por otra parte, anticipándonos a las críticas que pudieran dirigirnos algunos “iniciados”, acostumbrados a la confortabilidad de las ideas recibidas y profesadas desde hace poco más de tres siglos, queremos señalar, si acaso fuera preciso, que no pretendemos en absoluto minimizar o desconsiderar la vía iniciática en tanto tal, sino por el contrario restituirla y resituarla en su verdadera naturaleza y finalidad en el seno del Cristianismo, que le da una “nueva” dimensión en sentido evangélico.

I


I - EL CAMINO DE LA INTERIORIDAD: EL ESÔTERIKÓS


Es preciso subrayar que, de lo que aquí vamos a tratar, no tiene nada que ver con ese soterismo de bazar propio de Occidente, en que se codean las más viejas herejías con os sincretismos más explosivos. Donde la inclinación por los fenómenos físicos, los famosos “poderes”, confundidos con el ámbito espiritual auténtico, vive en concubinato con la atracción por los múltiples chamanismos visitados de nuevo como si de verdad última se tratara.

En el curso de los siglos, con una intensificación notable a partir del siglo XVIII, estas aberraciones han dado nacimiento a corrientes que llevan por nombre el ocultismo, el espiritismo, el teosofísmo, el rosacrucianismo, el neodruidismo, el neotemplarismo, por citar únicamente los principales que han contribuido a partes iguales a desnaturalizar la iniciación de Oficio que conocemos bajo el nombre de Francmasonería (el Compañerazgo, reservado a los auténticos profesionales, parece que ha quedado al margen) a las que pueden añadirse hoy, las peligrosas elucubraciones de sectas de todo
género.

Este tipo de “esoterismo” (que, en el mejor de los casos, no es más que una imitación fantasiosa y, en el peor, la sombra de su perversión) es, con toda razón, combatido y condenado por la Iglesia, tanto ahora como desde siempre.

No, la verdad es absolutamente otra, incluso si ella ha quedado desgraciadamente olvidada por una parte de nuestros contemporáneos y rechazada por la otra, a causa de la asimilación que hacen con las desnaturalizaciones que acabamos de citar.

En primer lugar, es preciso tomar el esôterikos (ἐσωτερικός) plenamente en su sentido griego y primero que califica aquello que es “del interior”, como el hueso de la fruta o “la médula sustanciosa” en el corazón del hueso 13.

El esoterismo, lo esotérico, designa así lo que sólo puede ser vivido desde la interioridad: un conocimiento (espiritual) en lo más íntimo, una comprensión interiorizada al encontrarse ella misma en el corazón de lo que es objeto de conocimiento: este castillo interior descrito por santa Teresa de Ávila como en la caballería; y, así pues, también la vía que conduce a él, aunque se aplica más
específicamente este calificativo a la vía iniciática.

Esta unión entre el alma ferviente y su Creador, que la Iglesia califica de esponsales en la medida que el amor es su motor esencial (el amor de Dios por el hombre y el amor del hombre por Dios), esta unión pues, tanto la del místico como la del iniciado, no puede ser otra cosa que esoterismo. Dicho de otro modo, en el corazón del secreto del ser, su secreto ontológico, sólo puede ser realmente “comprendido” que por aquellos que viven el mismo camino y el mismo estado espiritual.

El místico entra, de acuerdo a su propia modalidad, en este Misterio de interioridad de igual modo que el iniciado, según la modalidad iniciática y ambos se inscriben así en las vías del esôterikós.

Son dos vocaciones, dos caminos de plenitud: los únicos verdaderos que Dios ofrece y revela a los bautizados.

¿Qué es entonces -en el seno del Cristianismo- lo que se ha convenido en denominar el exoterismo?

¿Se distingue este, en su esencia, del esoterismo de manera idéntica a la observada en el seno de otras tradiciones espirituales?

La lingüística y, más exactamente la semántica, vienen a aclarar su sentido espiritual, contribuyendo con ello a la respuesta a esta pregunta.

Exoterismo, exotérico (del latín exotericus, tomado del griego exôterikós, ἐξωτερικός, a su vez salido de eksôteros, ἐξώτερος: “más exterior”, luego, de alguna manera, profano) califica lo que (sea ser o elemento) comporta en sí una radical extrañeza con aquello a lo que se quiere referir o compararlo. Es por otra parte de la misma raíz a partir de la cual se ha construido la palabra exótico (extraño) que encontraremos un poco mas adelante

Una evidencia se impone en relación a la teología cristiana: realmente no puede uno situarse “al exterior”, quedar extraño a la Buena Nueva, a JesucristoVerbo divino desde el momento en que se han recibido los sacramentos cristianos, que ha quedado marcado uno con el carácter y los beneficios de las gracias santificantes que, no obstante, quedan todavía por hacer fructificar en uno mismo.

Sin embargo, se puede volver atrás mentalmente y espiritualmente si, justamente, no se cultivan los frutos de estos sacramentos: si uno se olvida de los ejercicios espirituales que desarrollan las gracias santificantes citadas; si uno vuelve deliberadamente la espalda a Cristo o si se le ofrece tan solo una fe tibia y algunos momentos dispersos en una vida totalmente ocupada por los ruidos y los asuntos del mundo.

En realidad, este tipo de exoterismo no constituye en modo alguno un aspecto de la fe cristiana ni de las vías del cristianismo, sino un claro exilio voluntario, una exteriorización a la que algunos se condenan por una ausencia de deseo en profundizar las verdades más metafísicas o por una incomprensión de las mismas; por una negligencia en mantener un diálogo permanente con el Señor; finalmente, en los casos más extremos, por una negación, por un rechazo de la fe (el ateísmo).

En cualquiera de los supuestos, no resulta en ningún caso de una separación entre cristianos, previamente decidida o querida por Dios.

Podemos así afirmar que el exoterismo cristiano no es más que una actitud de los bautizados (todavía) insuficientemente hombres de deseo, con las consecuencias espirituales que ello implica, en particular respecto al Reino de los Cielos.

El exoterismo no se presenta pues, en sí mismo, como una vía perenne instituida por Dios, concebida para convenir a la inmensa mayoría todavía cerrada a la vía de la interioridad del esôterikós en sus dos modalidades.

Todavía menos como la única dimensión (canóniga) de la espiritualidad cristiana, en la medida que este esôterikós estaría sustancialmente ausente, hallándose cualquiera que se comprometiera con el mismo, posicionado en el error e incluso en el pecado.

Evidentemente no es nada de esto ya que el exoterismo, en realidad no es otra cosa más que un “posicionamiento periférico” respecto a los Misterios cristianos y del amor divino que ellos encarnan, de la atención que ellos exigen.

En el seno del Cristianismo, el exoterismo es, o una propedéutica que debe conducir a una de estas dos vías de interioridad a aquellos que todavía no han “despertado” suficientemente a la Palabra de Dios (las parábolas del Señor están enfocadas particularmente a esta finalidad); o bien, si este exoterismo permanece tan solo en estado latente, dicho de otro modo, si un cristiano se satisface con dicho estado y se establece en él, entonces se limita a no ser más que una inmadurez o una negligencia espiritual.

En definitiva, el exoterismo no es más que una falta de esoterismo, el cual constituye en su naturaleza real el único canon de madurez espiritual puesto que no es otra cosa que el entendimiento de interioridad y el “deseo de Dios”: el querer conocerlo en lo más íntimo posible, y situar dicho deseo, inmutablemente en el centro de uno mismo, centro de toda su vida terrestre.

El esoterismo se afirma pues como la norma del encaminamiento cristiano y de la Palabra evangélica, a pesar que esto pueda llegar a sorprender e incluso chocar a muchos de nuestros contemporáneos.

Así mismo, in fine, evocar el esoterismo cristiano, expresión que queda sin embargo como una necesidad hermenéutica en el estado de nuestro mundo actual, aparece como en un pleonasmo espiritual, si se nos permite esta expresión, toda la revelación cristiana aplicada por los sacramentos yendo del íntimo de Dios al íntimo del hombre.

Estas palabras de san Macario de Egipto se aplican perfectamente a nuestro discurso y constituyen el sello de verdad:

 “Si alguien dice: ‘soy rico, tengo todo lo que pueda necesitar, no necesito nada más’, éste no es cristiano sino un vaso de iniquidad diabólica. Ya que el placer que se tiene en Dios es tanto que uno no puede saciarse. Cuanto más se gusta, cuanto más en comunión estás con Él, más hambre tienes”.



Advertencia al lector:

Las negrillas y subrayado pertenecen al editor del blog, las mismas efectuadas para hacer énfasis en palabras  claves propias de la vía iniciática  que nos presenta la Tradición Cristiana.



Notas:

10 Habríamos podido escribir igualmente: la vía iniciática al Oriente de los sacramentos, al incluir Oriente a la vez el lugar-fuente de la luz que es Cristo: “Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no hay miedo que ande en las tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (Jn VIII, 12) y la estrella polar, el lucero del alba (Cristo igualmente) que es eje y guía de los viajeros, aquellos que han emprendido el “noble viaje” que es el camino espiritual.
11 Santa Teresa de Ávila, “Las moradas del castillo interior”.
12 Gal IV, 4-7; 2 Cor VI, 2; Ef I, 10; Heb I, 2; 1 P I, 20; Mc I, 15.
13 François Rabelais: Gargantua, prólogo.





Acerca del Autor

Pascal Gambirasio d'Asseux

Pascal Gambirasio d'Asseux nació en París en 1951. Abogado, se ha dedicado también a la espiritualidad cristiana. Escritor, conferenciante (invitado de France Culture y de Radio Chrétienne Francophone), ha publicado varios libros -que ahora son referencias reconocidas- sobre la dimensión espiritual de la caballería y la heráldica o la ciencia del escudo de armas, sobre la naturaleza cristiana de la realeza francesa y del rey de Francia, así como sobre el camino cristiano de la iniciación como camino de interioridad y de encuentro con Dios: iniciático, de hecho, lejos de las interpretaciones desviadas que han distorsionado su significado desde al menos el siglo XIX, significa al mismo tiempo origen, inicio e interiorización del proceso espiritual para que, como enseña San Anastasio Sinaí, "Dios haga del hombre su hogar". De este modo, quiere contribuir al (re)descubrimiento de esta dimensión dentro del Misterio cristiano, olvidada o incluso rechazada por unos porque está desfigurada por otros.








lunes, 10 de febrero de 2020

Prólogo N°2 | Conversaciones en el Claustro | Eduardo R. Callaey & Ramón Martí Blanco



Masoneria Cristiana

Eduardo R. Callaey
Ramón Martí Blanco

CONVERSACIONES
EN EL CLAUSTRO
sobre el Régimen Escocés Rectificado
y la masonería cristiana

SERIE ROJA
[AUTORES CONTEMPORÁNEOS]

editorial masonica.es®
SERIE ROJA (Autores contemporáneos)
www.masonica.es
© 2016 Eduardo R. Callaey y Ramón Martí Blanco
© 2016 EntreAcacias, S.L. (de la edición)
EntreAcacias, S.L.
Apdo. de Correos 32
33010 Oviedo - Asturias (España)
Teléfono/fax: (34) 985 79 28 92
info@masonica.es
Imagen de la cubierta:
1a edición: febrero, 2016
ISBN (edición impresa): 978-84-945046-4-8
ISBN (edición digital): 978-84-945046-5-5
Depósito Legal: AS 00338-2016
Impreso por Ulzama
Impreso en España

Reservados todos los derechos. Queda prohibida, salvo excepción pre-
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ción de los titulares de la propiedad intelectual. La infracción de los
derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la pro-
piedad intelectual (arts. 270 y ss. del Código Penal).


Prólogo II


Como bien dice mi compañero de charla, el presente librito tiene una larga historia, cuyo resultado aparentemente casual, en realidad no lo es tanto y todo termina tomando finalmente sentido e intención.

La idea de plasmar por escrito el resumen de ciertos intercambios sobre la masonería y tradición cristianas tenidos con Eduardo, me vino recordando la lectura de otro libro y la estructura y escenario que su autor imaginó para que se llevaran a cabo una serie de discusiones y diálogos entre tres interlocutores: un supuesto conde y un par de personajes más. Me estoy refiriendo al libro “Las veladas de San Petersburgo, o coloquios sobre el gobierno temporal de la Providencia” de Joseph de Maistre, libro editado por la desaparecida editorial Espasa Calpe en 1966, que pude adquirir en una librería de segunda mano.

En dicha obra, que Joseph de Maistre (1753-1821, autor que se alzó contra la que consideraba la “teofobia del pensamiento moderno”, al haberse desprovisto de toda referencia a la Providencia divina como elemento explicativo de los fenómenos de la naturaleza y la sociedad) escribió a raíz de su estancia en Rusia como embajador del rey Víctor Manuel I de Saboya entre 1803 y 1817 ante la corte del Zar en San Petersburgo, reproduciendo unos imaginarios coloquios tenidos junto a la orilla del rio Nevá durante la apacible época del verano ruso, entre el personaje de un conde (el mismo de Maistre) y otros dos más, tratando del bien y el mal, del dualismo, la depravación de la naturaleza y el origen del mal.

Sin entrar a valorar aquí el pensamiento maistreniano ni mi conformidad o no con el mismo, sí que encontré ciertos paralelismos con nuestra sociedad actual y la distancia que la misma no ha dejado de tomar respecto al pensamiento tradicional, entendido este no en su vertiente costumbrista sino en la suya primordial y atemporal al margen de tiempos y épocas al estar relacionado con la esencia misma del ser humano.

Por otra parte, mi conocimiento de Eduardo R. Callaey (conocerlo por así decir, lo conocí por internet, a causa de nuestras mutuas inquietudes masónicas), me vino tras la lectura de su obra “Ordo Laicorum ab Monacorum Ordine” (2004), que es un estudio sobre la relación habida entre la Orden benedictina y los primeros constructores, en virtud de la cual la Orden de los monjes del hábito negro habría dado un sentido trascendente y religioso a lo que hasta entonces habían sido unas meras técnicas de construcción, estableciendo por consiguiente una relación directa entre aquellos monjes (Beda el Venerable, Walafrid Strabon, Rabano Mauro) y la primera masonería especulativa. El descubrir la coincidencia entre los estudios e inquietudes de Callaey y mi pertenencia y defensa de una masonería cristiana y caballeresca como la que supone la del Régimen Escocés Rectificado, llevó a un masón argentino –de largo recorrido- que desconocía este sistema masónico, por otra parte erudito clave en Latinoamérica sobre el estudio de los orígenes cristianos de la masonería, a interesarse por el Rito Escocés Rectificado y ponerse al servicio del mismo, con el fin de implantarlo en la América de habla hispana.

A la vista de los intereses mutuos y coincidencia de miras, pronto llegaron los desplazamientos a Barcelona que propiciarían el conocimiento personal entre ambos y afianzaría una amistad fraternal que todavía perdura (que Dios mediante espero continúe haciéndolo por muchos años), y que llevaron a una estrecha colaboración con el fin de permitir la implantación del R.E.R. en Hispanoamérica con todas las garantías. Estas visitas me permitieron conocer a un hombre vivamente interesado por el ideal caballeresco, noción tan alejada de su pampa argentina y de la que parece recargarse al pisar suelo europeo, al recordar quizá su inconsciente familiar los orígenes flamencos, lo que de algún modo lo hace sentirse con un pie a cada lado del Atlántico, y que cuando esté aquí, añore de algún modo allí y viceversa.

No voy a hacer aquí de hagiógrafo de Eduardo, entre otras cosas porque no es un personaje del pasado, sino que le quedan todavía muchas páginas por escribir, y muchas cosas que hacer en el futuro por el bien del Régimen Escocés Rectificado y la pervivencia de una masonería auténticamente cristiana, pero con las visitas a Barcelona vino inevitablemente también el turismo, y vistos también los gustos e intereses mutuos, la visita a diversos monumentos, iglesias, catedrales y monasterios. Fruto de estas visitas turísticas fue la toma de contacto con la iglesia de Sant Pau del Camp, antiguo monasterio benedictino construido en el año 911 -aunque los primeros documentos encontrados que hablan del mismo sean del año 977-, auténtica joya del arte románico de estilo lombardo, inmerso y rodeado de edificaciones en el popular barrio del Raval en Barcelona.

Personalmente para mí, el antiguo monasterio tiene un especial significado pues además de ser mi actual iglesia parroquial, me resulta de particular emotividad al haber celebrado allí, bautizos, matrimonios y otras conmemoraciones religiosas familiares que afortunadamente para nosotros se han podido llevar a cabo en un marco incomparable.

Esta iglesia, dispone como por otra parte todo antiguo monasterio, de un precioso claustro, de reducidas dimensiones –a lo largo de su historia nunca llegó a alojar más de 17 monjes- pero de gran belleza y con unos arcos cuya singularidad lo hace único en toda Europa. La peculiar construcción del claustro, hace que encontrándose uno en su interior no perciba el ruido de la calle adyacente por la que continúan circulando vehículos y se mueve la gente, al igual que tampoco se oigan los niños jugando en el patio durante el recreo del colegio de primaria contiguo. El silencio prevalece, solo el sonido de las propias pisadas sobre las losas de piedra del claustro milenario. Todo parece llevar a la sosegada reflexión lejos de los ruidos del mundo.

Es pues la suma de todos estos distintos elementos –aparentemente sin relación directa entre ellos- que un buen día, ante la necesidad de producir unos textos en lengua castellana que sirvieran de materia de reflexión para miembros y no miembros todavía pero interesados sobre el Régimen Escocés Rectificado, que aquello que hasta entonces aparecía inconexo tomó cuerpo en las CONVERSACIONES EN EL CLAUSTRO, suma del esquema del libro “Las veladas de San Petersburgo”, de la aportación benedictina a la historia de la masonería operativa y del propio interés de Eduardo Callaey por la Orden Rectificada, y del claustro románico de Sant Pau del Camp, cuyo silencio había escuchado nuestros primeros intercambios y reflexiones sobre la masonería cristiana y la Orden Rectificada, tomando forma la idea de reproducir una hipotética escena en la que un Novicio o joven masón planteaba sus inquietudes y preguntas a un Hermano de mayor experiencia.

Así fue como surgieron las “Conversaciones en el Claustro” publicándose inicialmente únicamente en el sitio oficial del Gran Priorato de Hispania en internet: www.rectificado.info de manera separada (de ahí que lleven un número romano para distinguirlas) de modo sucesivo y con intervalos de meses entre la aparición de una y otra, siendo ahora cuando decidimos publicarlo en forma de libro. De ahí la poca presencia de notas (salvo en la V Conversa) al ser textos pensados para ser leídos en la pantalla de un ordenador.

Por otro lado, he de decir que la publicación del presente libro me llena de gran alegría pues me brinda la oportunidad de compartir pluma y papel con un autor de renombre en la materia como es Eduardo R. Callaey, muy admirado por mí por sus estudios y trabajos, lo cual resulta para mí todo un honor y me trae a la memoria largas y placenteras conversas tenidas en sus estadías por esta vieja Europa, tratando de los temas que tanto nos apasionan.

Finalmente, espero que esta publicación sea de provecho y cumpla la función para la que fue concebida, que no es otra que la instrucción, toma de conciencia y reflexión de los posibles lectores interesados. Retener la atención del lector y moverlo a reflexión puede ser el mejor premio a nuestro trabajo.

Ramón Martí Blanco

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Masonería Cristiana
Ramón Martí Blanco

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