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domingo, 5 de septiembre de 2021

El Hombre de Luz / La ordenación sacerdotal y los sacramentos / La vida consagrada / La iniciación / Pascal Gambirasio d’Asseux

  

 


 

La ordenación sacerdotal y los sacramentos

Según la jerarquía tradicional y estrictamente hablando, estamos hablando del obispo (consagración episcopal) y del presbítero (ordenación sacerdotal) puesto que el diácono no ha recibido el sacerdocio que le permitiría celebrar la Eucaristía.

Más exactamente, la misión y el carisma del obispo y del presbítero, por la gracia y el carácter del sacramento del Orden, son el de estar configurados a Cristo para cumplir el sacrificio eucarístico y asumir la plenitud del apostolado en beneficio de todos. En estos “actos” es muy realmente el Verbo de Dios quien actúa en y por ellos.

El cristianismo no comporta pues una “iniciación sacerdotal” distinta del sacramento del Orden stricto sensu que sería guardado y transmitido por las sociedades iniciáticas  como en ocasiones se ha oído afirmar en ciertos medios, iniciación que supuestamente conferiría una validez, del mismo nivel que el de la ordenación, para celebrar y transmitir los sacramentos, detentando de tal suerte una especie de “ordenación paralela” de la misma naturaleza. A este respecto, hemos oído de algunos evocar una iglesia de Santiago o una iglesia de Juan en relación (o en contraposición) a la iglesia de Pedro, mientras que nunca no ha existido otra iglesia que esta, la única, instituida por Jesucristo y confiada a los apóstoles, pero a Pedro en primacía. En contrapartida, en el ámbito litúrgico, sí que existe una misa dicha de san Santiago, lo que sin embargo no tiene nada que ver con ningún tipo de “iglesia”.

Como hemos recordado, sólo el obispo y el presbítero, gracias a su ordenación que se inscribe en la cadena apostólica ininterrumpida desde Cristo, han recibido tal poder y una tal misión: únicamente ellos están de este modo, teológicamente hablando, “configurados a Cristo” para celebrar en su Nombre estos (sus) sacramentos: la Iglesia precisa “in persona Christi”, lo que significa que es el Verbo de Dios quien cumple estos sacramentos en el espacio y el tiempo de los hombres, aplicándolos a la humanidad por aquellos cuya vocación ha quedado configurada por la ordenación. Es por lo que la Iglesia añade que estos sacramentos así celebrados y aplicados tienen por sí mismos y en ellos mismos una gracia y un carácter, lo que expresa en estos términos: “ex opere operato”. Su eficacidad en el sentido en que lo entiende el lenguaje teológico, no depende pues en absoluto del oficiante humano, de su grado de santidad o no, sino del solo hecho que haya sido ordenado porque es el mismo Cristo quien, por su mediación, actúa realmente. 27

 En otros términos, lo que es puesto, instituido por Dios (el Cristo) tiene valor por sí mismo y es Dios mismo quien “lo aplica” en Persona a través de los hombres ordenados para ello. Es en particular en esta naturaleza específica de lo que la Iglesia designa por el nombre de sacramentos (palabra que significa lo que nos configura con lo sagrado,  así pues, nos une al Señor marcándonos con el sello de su Gracia) en cuya naturaleza reside uno de los Misterios cristianos que no tienen parangón con otras religiones y espiritualidades. Es preciso pues no confundir la Iglesia con estas últimas y aplicar a la primera lo que puede resultar de las segundas.

Como revancha, veremos que en el seno de la Revelación cristiana pueden encontrarse, en efecto, conocimientos que podríamos calificar de sacerdotales en sentido etimológico de teologales o incluso de teúrgicos en la medida que inducen una presencia espiritual de y a Dios (por ejemplo, en el corazón de la Cábala judía y cristiana: la ciencia de los números-letras ligada a la de los Sefirots así como a la de los Nombres divinos)28  porque su naturaleza y objeto se refieren directamente a Dios, al santo encuentro con él.

Los hombres ordenados deberían ser, por naturaleza, los primeros en conocer y profundizar estos conocimientos, pero ellos están igualmente abiertos a los otros cristianos, hombres y mujeres, llamados a este encuentro de interioridad con el Señor. Precisaremos una vez más que estos conocimientos no detentan ni suponen, en la Iglesia, ninguna iniciación sacerdotal de especificidad tal como la que hemos recordado. Podemos simplemente lamentar que, desde hace tanto tiempo y salvo raras excepciones, los hombres de Iglesia ignoren e incluso rechacen tales conocimientos, dejándolos así demasiado a menudo en manos de personas o ignorantes o poco instruidas sobre la teología cristiana, o exaltados en algún delirio pseudo-esotérico o de tenebrosos manipuladores.

La vida consagrada

Esta consagración a que nos referimos no se inscribe entre el número de los siete sacramentos.

Dicha consagración define y sella la vocación religiosa, regular o secular, de los hombres y mujeres que deciden “tomar el hábito” de las Ordenes monásticas, o que se comprometen en el seno de Congregaciones o Institutos religiosos. Es igualmente la vía de los laicos pertenecientes a lo que se llama Ordenes Terciarias, surgidas de cualquiera de las ordenes monásticas evocadas.

El carácter de esta vida consagrada y la especificidad de la misión de aquellos que son llamados a ella, es la de vivir en imitación

la voluntad del Padre, orante y misionero, con el fin de hacerlo presente, incluso y sobre todo allí donde no es conocido o reconocido.

En modo religioso, es la ascesis hacia la santidad a la que todos los hombres están llamados, incluso si bien pocos responden a su vocación, para convertirse en el germen del Amor, de la Paz y de la Alegría de Dios.

La iniciación

En el marco cristiano, la iniciación se presenta a la vez, en una aparente paradoja, como un aspecto central y específico de la consagración anteriormente evocada.

Aspecto central, porque la iniciación nace y vive de la Palabra encarnada que es simultáneamente la Luz verdadera que ilumina a todo hombre, como bien anuncia el Prólogo del Evangelio según san Juan29.

Central y, así pues, en el pleno sentido de la palabra, católica, es decir universal. Es en esto por otra parte, que a imitación del Evangelio en el seno del cual se inscribe, la vía iniciática cristiana recapitula y, como se ha dicho, de alguna manera “contiene”, todas las iniciaciones anteriores.

La iniciación cristiana constituye el corazón como consecuencia inmediata de que el Evangelio constituye a su vez y con toda claridad el corazón de todas las Revelaciones divinas precedentes, entonces identificadas como prefiguraciones y una propedéutica.

Aspecto específico, ya que la iniciación, el conocimiento esotérico, tiene por misión abrir el ser que ha sido llamado a ello, al absoluto de la Buena Nueva y a la realización, a través de los ejercicios espirituales que le están vinculados y reservados, del cuerpo de Gloria o cuerpo de Resurrección. La tradición iniciática ¿acaso no afirma, que incluso en el mediodía pleno, el iniciado cumplido no proyecta ninguna sombra?

La Obra Maestra de esta vocación es pues la de actualizar, la “de anticipar”, si se nos permite decirlo, lo que debe advenir escatológicamente, en primer lugar, a título individual, en cumplimiento de la Resurrección de la carne, y a continuación a título colectivo, lo que significa radicalmente la Comunión de los Santos, cuando todo estará terminado en la Plenitud de los tiempos en que Dios será “todo en todos”30.

A través del camino trazado por las Beatitudes, que constituyen la vía real del cristiano, pero también por los rituales y ejercicios espirituales que le son propios, la vía iniciática permite a aquellos que no son llamados a dicha realización en modo religioso o monástico -a los que denominaremos “iniciados”-, el poderla realizar incluso “en esta vida” y “desde esta vida”, permaneciendo como guardianes de una enseñanza que el Señor no tiene intención de compartir con todos.

Esta santa ciencia apela a aquellos que la profesan a devenir y permanecer eficientes y oficiantes en su servicio de la Verdadera Luz que es Cristo. No obstante, no por revelación directa, sino por una especie de “capilaridad espiritual” a través de la acción de presencia y ascesis particular de los iniciados, este Arte Real y reservado concurre igualmente al bien común.

En todo caso, la iniciación es pentecostal ya que, por ella, el Espíritu refuerza, por así decirlo, su inhabitación en el corazón del hombre. De igual modo, promete en su perfección una asunción del ser por el logro del estado glorioso que venimos de evocar. El profeta Elías, por otra parte, santo patrón de los Carmelitas y, antes que todo y de todos, la Virgen María son los ejemplos mayores de lo que es prometido a aquel que permanece fiel a las promesas de su Bautismo y a sus juramentos iniciáticos.

Una en su naturaleza, pero múltiple en sus formas, la iniciación en el marco cristiano que es el nuestro presenta las vías siguientes:

La vía del Oficio: Masonería, Compañerazgo,

La vía heroica, es decir la Caballería y su lenguaje simbólico: la heráldica.

La vía hermética, que enseña los “secretos de la Naturaleza” y las “correspondencias” entre los diversos reinos o planos: Al-kimia significa, en efecto, química de Dios (Al, El),

La vía de las letras y los números o cábala cristiana.

Sin olvidar que, con toda evidencia, y antes que todo, la manifestación más perfecta y más acabada de todo esoterismo, en su sentido pleno, se tiene en este misterio insondable del Amor de Dios que nos sacia de su Presencia y de su Vida bajos las Santas Especies eucarísticas.

Sea cual sea el camino escogido o “el camino que nos escoge”, es preciso saber que el peregrinaje es largo y difícil, incluso peligroso; la vía iniciática, en plena armonía con la paradoja a que nos referíamos en preámbulo, conjuga el don y el misterio de hacernos partícipes del anuncio de la Buena Nueva a través del testimonio de una vida auténtica, aunque permaneciendo en secreto, porque está reservada a quien es llamado a esa auténtica vida para franquear el umbral.

Este secreto no debe sorprendernos. El mismo San Pablo nos lo enseña con estas palabras:

“Moristeis, en efecto, y vuestra vida quedó oculta con Cristo en Dios; cuando Cristo, que es vuestra vida, se muestre, os mostraréis también vosotros en gloria con él”31.

De este modo, podemos hablar de una verdadera “legitimidad evangélica” de la iniciación. Al igual que, en este mismo sentido, es lícito y verdadero evocar un esoterismo cristiano. Insistimos, siguiendo en esto a René Guénon, sobre el hecho que se trata de un esoterismo cristiano, es decir una vía de interioridad espiritual en la acogida y la meditación de la Palabra de Dios y no de un cristianismo esotérico, que vendría a constituir, de facto, una suerte de cuerpo doctrinal distinto, incluso opuesto al santo Evangelio. Y -lo más importante- que ya no sería cristiano, sino estrictamente hablando, se trataría de una herejía.

Cristo, no solo permite, sino que anima y legitima esta acción en la vía reservada, cuando el episodio de la unción de Betania. En efecto, mientras que Judas se indigna porque María unge los pies del Señor con un perfume de nardos de alto precio, planteando como objeción las necesidades de los pobres, Jesús responde:

Déjala”32.

En uno de los significados que puede darse a esta palabra, Jesús le está pidiendo a alguien permanecer extraño a una misión o a un carisma particulares y especialmente a la vía iniciática, a no poner trabas a esta vocación de interioridad operativa que, ciertamente, puede no llegar a entenderse, que inclusive puede llegar a molestar y que, al igual que sucede con la vida contemplativa, cabe la posibilidad de no llegar a captar la necesidad de la misma y su belleza a ojos de Dios.

Continúa quedando en el aire, no obstante, una cuestión fundamental, en el verdadero sentido del término: ¿cómo dar cumplimiento a una vocación cristiana e iniciática? Esencialmente por la fiel aplicación de esta enseñanza de los Padres, maestros de la acción apostólica, que recuerda por otra parte la del Santo Padre en su exhortación sobre la vida consagrada:

Hay que depositar la confianza en Dios como si todo dependiera de Él y, al mismo tiempo, comprometerse con generosidad como si todo dependiera de nosotros”.

 

NOTA:

27. En cuanto a aquellos que lo reciben, deben hacer fructificar por su parte las gracias.

26 I Corintios XII, 4-7.

27 A diferencia de los ritos no sacramentarios (llamados también sacramentales) tales como el signo de la cruz, el agua bendita, las plegarias individuales o colectivas, las bendiciones, el adobamiento caballeresco… que actúan, por su parte ex opere operantis, es decir, reposan en la fe del oficiante y de aquellos a quienes estos ritos son destinados.

28 “La invocación del Nombre de Jesús es acompañada de su manifestación inmediata, porque el Nombre es una forma de la Presencia” Paul Evdokimov (1901-1970) teólogo y filósofo ruso emigrado a Francia que fue uno de los mayores representantes de la Escuela de París, ilustre grupo de teólogos y filósofos religiosos emigrados a Francia a partir de 1917. Paul Evdokimov se refiere más precisamente aquí a la plegaria de Jesús llamada también plegaria del corazón, inicialmente practicada en la tradición monástica de Oriente denominada hesicasmo (del griego hesychia: inmovilidad, reposo, calma, silencio).

29 Juan I, 9.

30 I Corintios XV, 28.

31 Colosenses III, 3-4.

 

Acerca del Autor

Pascal Gambirasio d'Asseux

Pascal Gambirasio d'Asseux nació en París en 1951. Abogado, se ha dedicado también a la espiritualidad cristiana. Escritor, conferenciante (invitado de France Culture y de Radio Chrétienne Francophone), ha publicado varios libros -que ahora son referencias reconocidas- sobre la dimensión espiritual de la caballería y la heráldica o la ciencia del escudo de armas, sobre la naturaleza cristiana de la realeza francesa y del rey de Francia, así como sobre el camino cristiano de la iniciación como camino de interioridad y de encuentro con Dios: iniciático, de hecho, lejos de las interpretaciones desviadas que han distorsionado su significado desde al menos el siglo XIX, significa al mismo tiempo origen, inicio e interiorización del proceso espiritual para que, como enseña San Anastasio Sinaí, "Dios haga del hombre su hogar". De este modo, quiere contribuir al (re)descubrimiento de esta dimensión dentro del Misterio cristiano, olvidada o incluso rechazada por unos porque está desfigurada por otros.

 


 

 


miércoles, 21 de julio de 2021

Realización Iniciática y Misterio Cristiano / Esoterismo: la singularidad cristiana / Pascal Gambirasio d’Asseux

 


Cristo Pantocrátor: (Parte del Mosaico de la Deésis)


Esoterismo: la singularidad cristiana

La vía iniciática, en modo cristiano como en cualquier otra tradición o religión revelada, exige pues haber recibido “la influencia espiritual” sin la cual no existe más que un simulacro o “piadosa” intención.

Precisaremos por nuestra parte que esta influencia espiritual, de origen no humano, infunde en el ser lo que llamaremos mutatis mutandis, y siguiendo los términos de la teología cristiana, una gracia y un carácter inefables. Podríamos incluso calificarla de “sello ontológico”.

La enseñanza que le es vinculada permite realizar esta edificación interior y pasar así de la iniciación virtual a la iniciación efectiva, lo que no significa que la iniciación virtual sea por su parte incompleta, sino únicamente que no ha sido todavía “asimilada” por aquel que la ha recibido. Exactamente como el Bautismo y la Confirmación exigen del cristiano una catequesis y un deseo espiritual por “crecer” en la Fe, mediante la plegaria, la Caridad y todas las obras cristianas enseñadas por los Padres.

Esta transmisión implica tres condiciones:
- La filiación iniciática ha de ser ininterrumpida (al igual que la ordenación sacerdotal cristiana que debe inscribirse en la filiación apostólica con origen en Cristo, y por medio de Pentecostés, en el Espíritu Santo);

- Debe ser efectuada por aquel que a su vez ha sido de manera auténtica y previamente (válidamente, en términos teológicos) iniciado e instituido con plena capacidad de transmitir lo que ha recibido;
- El acto operativo debe seguir escrupulosamente el rito o ritual a su vez tradicionalmente transmitido a tales efectos.

En Occidente, existe por una parte, la iniciación de Oficio: la Francmasonería y el Compañerazgo, y por otra, la iniciación caballeresca: la vía heroica.

Las enseñanzas herméticas, reclaman ciertamente esta vinculación iniciática en el sentido que venimos de evocar, pero el Hermetismo no comporta rituales de transmisión, tratándose en primer lugar de una iniciación virtual (teórica, si se quiere); el Adepto lo es o no lo es realmente, como sucede en el estado Rosa+Cruz. En contrapartida, estas enseñanzas “abren”, realizan una real edificación interior vinculada al trabajo operativo cuando se conocen las claves.

La ciencia de las letras y los números (nos situamos aquí fuera de la religión judía, en que el contexto es diferente y contemplamos la Cábala cristiana, es decir la Cábala estudiada y puesta en práctica por los cristianos) si supone por su parte, esta vinculación de la que hablamos, no posee en sí misma ninguna transmisión particular.

Pero es cierto que, de acuerdo a la tradición, se trata de una ciencia sacerdotal (con una dimensión teúrgica), ciencia que normalmente, debería ser plenamente operada por aquellos que han recibido este tipo de iniciación.

Por otra parte, volveremos un poco más adelante sobre esta otra modalidad que puede ser calificada de iniciación sacerdotal en el marco de otras tradiciones, en particular la judaica, la hindú o budista pero que resulta distinta a éstas en el marco específicamente cristiano. Nos referimos a lo que se designa habitualmente bajo el nombre de teúrgia y que constituye lo esencial de la transmisión y la enseñanza iniciáticas de ciertas filiaciones que perduran en Occidente, en la medida que su transmisión sea realizada por auténticos detentores de esta “influencia espiritual”.

Esta iniciación es salida de la tradición judaica, y por mediación de ella, de la de Egipto, “relevada” por los collegia fabrorum (colegios, confraternidades de maestros artesanos) de Roma, y sin duda heredera igualmente de los cultos Mistéricos de la antigua Grecia, pero, como veremos más adelante, “bautizada” por la Revelación cristiana, siendo transmitida a través de ciertas filiaciones iniciáticas occidentales como los Fieles de Amor (de la que el poeta Dante fue miembro), la Fraternidad de la Rosa y la Cruz, la Orden de los Elegidos Coen del Universo de Martinès de Pasqually (rectificando no obstante ciertas afirmaciones, en las que Martinès se aleja manifiestamente de la verdadera teología cristiana), la filiación espiritual de Louis-Claude de Saint-Martin o Martinismo así como el Rito Escocés Rectificado (que son ciertamente los dos más bellos ejemplos de esta iniciación cristiana).

Pero es igualmente cierto que numerosos grados de la Francmasonería (del Rito Escocés Antiguo y Aceptado, del Rito de Emulación e incluso del Rito Francés) han sido vaciados intencionadamente de su carácter cristiano original por los mismos masones, cediendo a las diversas influencias funestas a la autenticidad de esta vía iniciática.

Retomando ahora lo que nosotros mismos hemos dicho: efectivamente, en el Occidente cristiano, no existe ninguna otra iniciación sacerdotal que no sea el Sacerdocio o el Episcopado, o sea la ordenación sacerdotal en su sentido estricto y perfectamente eclesial.

Quienquiera, como a menudo sucede en los medios iniciáticos contemporáneos, que pretenda lo contrario y reivindique una “iniciación sacerdotal” distinta del sacramento de la Ordenación, tal cual es presentado en el cristianismo según la jerarquía tradicional: presbítero, obispo –es preciso dejar aparte a los diáconos, ya que hablando en propiedad, están al servicio del culto, pero no han recibido la ordenación que les permitiría celebrar el Misterio cristiano absoluto: la Eucaristía-; cualquiera que pretenda esto equivoca o se equivoca, lo que desgraciadamente y de manera reiterada, ha causado y causa tantos estragos.

Podemos decir que en el seno del Cristianismo, la iniciación sacerdotal o sacramento de la Ordenación y la teúrgia son distintos, mientras que en otras tradiciones, la iniciación sacerdotal integra o se confunde con la teúrgia. Y no puede ser de otro modo puesto que estas tradiciones, en la medida que no forman parte de la Revelación cristiana, no comportan el equivalente de la Eucaristía, que es único y propiamente hablando, un Misterio cristiano.

La vía iniciática sacerdotal cristiana consistiría llegado el caso, y para los hombres debidamente ordenados, en estudiar especialmente la Cábala cristiana, la vía de las letras- números y de los sephiroth, poniendo en práctica realmente una teúrgia mediante la plegaria ordenada en torno a la invocación de Nombres divinos o angélicos…

Con toda evidencia, esto no impide en absoluto a los otros, sobre todo a aquellos que ya han recibido una iniciación de Oficio o caballeresca, el seguir esta vía. Ella contribuirá a perfeccionar su edificación, pero no podría hablarse en ese caso, en el sentido preciso del término, de una iniciación sacerdotal. Los conocimientos que puedan adquirir surgirán efectivamente de ésta, pero no la iniciación de la que son portadores. Este punto es suficientemente importante para que sea menester detenerse un tiempo en él.

Esto nos permite comprender, de facto, que la Revelación cristiana sólo conoce una sola y única transmisión sacerdotal, de acuerdo a la transmisión apostólica, y no una doble, como algunos dejan entender intencionadamente: la filiación según san Pedro, que sería exclusivamente de naturaleza exotérica y la filiación según san Juan o san Santiago, que sería de naturaleza esotérica.

Ciertamente hay una liturgia denominada “de san Santiago”, pero se trata entonces de un ámbito totalmente distinto. De ninguna manera, el Evangelio indica o deja suponer esta doble filiación. Muy al contrario, los Doce conforman una hermandad o coro unido y único, incluso si cada uno por su parte tiene un lugar distinto, como esto se inscribe perfectamente en el plan de los carismas explicitados por san Pablo.

En contrapartida, la Pentecostés las ilumina y las perfecciona, “al unísono”. Si hay que considerar un lugar singular y supereminente entre ellos, es a la Virgen María a quien le corresponde, de acuerdo a su título tan único y personal respecto a su Hijo y a todos los hijos de los hombres en Cristo, tal como es instituida Madre de todos los Bautizados, desde lo alto de la Cruz.

San Juan, como veremos, ilustra a la perfección esta unidad en el colegio de los Apóstoles así como los diversos grados de comprensión, de comunión, que podían tener: él es la imagen del iniciado cristiano que ha sabido abrirse a la intimidad divina, que “ha entendido” los Misterios del Sagrado Corazón (lo que significa su cabeza –su oído, puesto sobre el pecho- el corazón de Cristo cuando la santa Cena).

Lo que significan igualmente las palabras “herméticas” de Jesús, cuando hace a Pedro que le pregunte: "Señor, y éste, ¿qué?”. Jesús le respondió: “Si quiero que se quede hasta que yo venga, ¿qué te importa? Tú, sígueme." (Juan XXI, 21-22).

De este modo, con independencia de los grados de conocimiento, bien reales por otra parte, la transmisión apostólica es una, y nos atreveríamos a decir, indivisible; una es pues la ordenación sacerdotal. Tampoco es el “doble” de una supuesta iniciación sacerdotal oculta, eventualmente de naturaleza o de origen diferente a la de los Apóstoles. Esto manifiesta igualmente que el Cristianismo no “encubre” un esoterismo, sino que es, en sí mismo, a la vez exotérico y esotérico; que el esoterismo no se encuentra agazapado como si de un tumor maligno se tratara, sino que tiene una dimensión original propia, lo que hace que efectivamente, de esta religión revelada una religión y una iniciación originales



Notas:

Acerca del Autor

Pascal Gambirasio d'Asseux
Pascal Gambirasio d'Asseux nació en París en 1951. Abogado, se ha dedicado también a la espiritualidad cristiana. Escritor, conferenciante (invitado de France Culture y de Radio Chrétienne Francophone), ha publicado varios libros -que ahora son referencias reconocidas- sobre la dimensión espiritual de la caballería y la heráldica o la ciencia del escudo de armas, sobre la naturaleza cristiana de la realeza francesa y del rey de Francia, así como sobre el camino cristiano de la iniciación como camino de interioridad y de encuentro con Dios: iniciático, de hecho, lejos de las interpretaciones desviadas que han distorsionado su significado desde al menos el siglo XIX, significa al mismo tiempo origen, inicio e interiorización del proceso espiritual para que, como enseña San Anastasio Sinaí, "Dios haga del hombre su hogar". De este modo, quiere contribuir al (re)descubrimiento de esta dimensión dentro del Misterio cristiano, olvidada o incluso rechazada por unos porque está desfigurada por otros.

lunes, 5 de julio de 2021

CAMINOS DEL CRISTIANISMO El Místico y el Iniciado / Pascal Gambirasio d’Asseux

 

https://www.evangelizarconelarte.com/la-iglesia-cat%C3%B3lica-cuna-del-conocimiento/la-patr%C3%ADstica-padres-de-la-iglesia/

Una realización espiritual bajo dos modalidades, no según dos naturalezas

 

Es imperioso cercar adecuadamente este punto ya que no sabríamos cómo ser lo bastante precisos e intransigentes sobre esta realidad que constituye la clave que permite captar lo que es, y por el contrario lo que no es, la vía iniciática en el Misterio cristiano.

Antes que nada, es necesario explicitar primero lo que significa el término de esoterismo aplicado en seno del Cristianismo: como ya hemos dicho, una modalidad de entendimiento y desarrollo de la interiorización de la Palabra del Señor para ciertos conocimientos metafísicos enseñados y puestos en acción en una pedagogía aplicada.

Pero, de ninguna de las maneras, una temática distinta, ni a fortiori opuesta, a las verdades de la fe expresadas por el Credo.

Es por lo que, a este respecto, hemos precisado al comienzo de este texto que no hay una diferencia radical entre la vía iniciática y la vía mística sino solamente una distinción de modus operandi: en general, la vía mística estando menos normalizada y balizada (por usar términos familiares) que la vía iniciática, lo que conviene matizar por la existencia de diversos tratados y libros escritos por grandes místicos (principalmente monjes y monjas pero no únicamente) del Occidente y del Oriente cristianos.

Esta es, por otra parte, la razón por la que estimamos justo afirmar que en el seno de la revelación cristiana se trata de una sola y misma vía en la que uno de los aspectos o modos (la vía calificada de mística) es la de comenzar en aquellos que la viven por los efectos de la gracia santificante, cuyo crecimiento en el ser, son justamente el objeto de las obras de los místicos anteriormente citados.

Mientras que el otro aspecto (la vía calificada de iniciática) se caracteriza en primer lugar por un aprendizaje de conocimientos de orden metafísico y, así pues, teológicos en una progresión mental y simbólica (en el sentido pleno del término y no en el sentido moderno de virtual, luego de no efectivo) que debe ayudar y conducir a la realización de lo que se acostumbra a llamar hoy el despertar espiritual y, en consecuencia, a la recepción y fortificación de las gracias santificantes citadas anteriormente.

Pero este modo iniciático, no temámoslo de repetirlo ya que se trata del corazón de la revelación cristiana, sólo puede seguirse “cristianamente” que a la luz del carácter y gracias de los sacramentos; de inscribirse en ellos subordinadamente.

Señalémoslo de nuevo, en el cristianismo, entre lo que es llamado exoterismo y esoterismo, no existe una diferencia de naturaleza, una distinción radical, sino únicamente la toma en cuenta de la diferencia de grados en el deseo espiritual de los bautizados y la entrada en corolario en el seno de los Misterios de Cristo y del Reino de los Cielos.

En el seno de este esoterismo o interioridad, no existe pues una diferencia de naturaleza sino simplemente de modalidades, según se viva en la vía mística o iniciática, según la tipología, forzosamente reductora, luego inadaptada en el seno del cristianismo, con la cual se lo continúa calificándolo.

Finalmente, en lo que concierne a la santidad, estos dos modos o vías de interioridad conducen ambos a este estado para el que no existe tampoco diferencia de naturaleza sino, aquí también, únicamente de grados.

Respecto a esta realidad, única en relación a las otras tradiciones espirituales de la humanidad, ¿cómo creer y sostener que el Cristianismo “tan solo es una” espiritualidad más entre otras; aserción que obedece al esquema común que define y estructura a estas últimas -como sostiene en particular René Guénon42-, y puede pues someterse al principio de relatividad predicado hoy con vehemencia por algunos? Tendremos la ocasión de volver a hablar sobre ello más adelante.

Guénon afirma, por añadidura, que el Cristianismo era una vía iniciática en su origen, pero que se ha “exoterizado” algunos siglos más tarde, sin dar mayores explicaciones sobre las modalidades de esta exoterización (cf nota 121).

Como venimos de constatar, por bien que este análisis sea erróneo tanto en el fondo como en su formulación (sin contar que Guénon no explica si esta iniciación surge, a su juicio, del Judaísmo o de otra tradición), no está totalmente exento de verdad bajo un cierto ángulo, ya que, si el Cristianismo no es una vía iniciática en el sentido separador en que lo entiende Guénon según el esquema que él plantea, no es menos cierto, como acabamos de indicar, que la plenitud de su naturaleza, en que cada uno es llamado a alcanzarla si tiene verdadero deseo y la cualificación espiritual requerida, se revela esôterikós: dicho de otro modo, revelación del íntimo de Dios al íntimo del hombre.

Es preciso entender bien este término y así pues, la naturaleza única de la Buena Nueva: en este caso, traduce la última revelación de lo más íntimo de él mismo que Dios puede ofrecer al hombre por la Encarnación y la Pasión del Verbo, Segunda Persona de la Santísima Trinidad, fundamento de la nueva y Eterna Alianza que sella la unión con él de esta vida terrestre por los sacramentos, en primera línea de los cuales, la eucaristía, principio de la Vida eterna por la adopción filial en la Vida trinitaria.

Todo es dado en el seno de la revelación cristiana que es una, sin distinción de naturaleza en ella, sin separación de vías ni sobre todo de personas humanas más allá de la propia medida en el amor de Dios y su deseo de conocerle en lo más íntimo: en los más “esotérico”.

En efecto, la Palabra del Señor no se revela en plenitud, a imitación de las parábolas que utiliza, solamente a aquellos que tienen ojos para ver y oídos para “descifrar”, según sea el grado de apertura de la puerta de su alma y de su corazón a Dios: dicho de otro modo, de acuerdo a la amplitud de su deseo y de su entendimiento, en el sentido pleno del término.

Volvamos a esos dos modos de interioridad.

El camino del místico -lo denominaremos modus mysticum- es ante todo un impulso interior y personal, y no el aprendizaje previo (salvo, por supuesto, la catequesis de base, incluso la teología) de un conocimiento metafísico bajo formas de enseñanzas y de ritos o símbolos “accionados”.

Dicho camino conduce, según un esquema universal, si bien en el marco de un tiempo apropiado a cada uno, a una percepción de la presencia de Dios en lo más íntimo de sí, al despertar espiritual que abre el acceso a los diversos Cielos, a los mundos de los ángeles y al “lugar” de Dios43: lo que se designa generalmente por contemplación, noción que se concibe demasiado a menudo como un estado pasivo mientas que, por el contrario, comporta la puesta del ser en un acto eminentemente activo, pero es cierto que de acuerdo a una modalidad de acción distinta, que en este mundo se tiene.

Al respecto, la etimología de la palabra contemplación se revela significativa de su naturaleza y efectos espirituales: en latín, contemplare no es otra que cum templum: estar con el templo o, más exactamente, hacerse uno mismo templo del Señor.

Contemplar, para un cristiano, es pues unirse al Templo no hecho por la mano del hombre, Jesucristo, con el fin de que, en definitiva, sea Cristo quien nos tome en él.

El recorrido iniciático, por su parte -lo llamaremos modus initiaticum-, es ante todo aprendizaje de conocimientos metafísicos profundizados44 dispensados según una pedagogía que debe permitir su asimilación primero y su puesta en práctica después. La operatividad espiritual o realización iniciática que encuentra, se nivela entonces con la realización espiritual del místico.

Se podría decir que, en esta vía, el conocimiento recibido a través de los ritos, los símbolos y las enseñanzas constituye la theoria (en el sentido moderno que la distingue de la praxis, como también en el sentido antiguo significaba, justamente, contemplación) que precede, construye y acompaña el despertar espiritual al que está ordenado y hacia el que debe llevar. Ahí una vez más, de acuerdo a un tiempo apropiado a cada uno.

Lo que puede descaminar incluso inquietar a aquellos que permanecen extraños a esta vía, sobre todo ante los travestismos de ciertos charlatanes y particularmente respecto a las desnaturalizaciones siniestras de auténticos satanistas que han manchado su naturaleza y su sentido, es precisamente esta pedagogía que se traduce por ritos y símbolos, desarrollados generalmente de acuerdo a sucesivas etapas como sucede en todo ámbito de aprendizaje.

Los tenebrosos individuos que acabamos de citar y las corrientes deletéreas que han propagado a través de sus aberraciones, han contribuido de este modo a hacer olvidar a ojos de muchos, todos los símbolos utilizados en el Antiguo y Nuevo Testamento; a hacer olvidar que el simbolismo es el lenguaje universal de la intuición metafísica ya que expresa su mensaje en la inmediatez y de manera “inagotable”.

Es por lo que ha sido siempre, en todas las tradiciones, el lenguaje privilegiado para traducir este conocimiento y las experiencias de la ascesis espiritual.

En resumen y de manera simbólica, justamente, se podría decir que el conocimiento y el despertar a Dios (la contemplación), a la intimidad con él, mantenida y desarrollada a través de el acceso a sus Cielos, son comparables a una escalera y también a un laberinto: cf el capítulo “Dos símbolos gemelos del despertar espiritual: la escalera de caracol y el laberinto” de nuestro libro “La Sabiduría y la Gracia” publicado por estas mismas Ediciones. Volveremos sobre ello.

El místico remonta cada peldaño según su intuición espiritual, los frutos de su ascesis personal (los ejercicios espirituales) y la gracia divina ligada a los sacramentos.

En cada rellano de su reedificación espiritual, hace suyo el estado correspondiente a este peldaño y puede entonces (com)prender, en todo o en parte, su dimensión teórica. Situarla, de alguna manera. Del estado adquirido, puede considerar donde está y lo que él es.

Así, la perfección de la vía contemplativa abre necesariamente, ella también, al conocimiento de los principios de la vida, ἀρχή.

Este término griego significa el principio, el origen de toda creación, de todo ser: su raíz celeste. Ha dado la palabra latina arcanus (arcana en plural): escondido, secreto, misterioso. El principio al origen de toda cosa es así su “secreto ontológico”. De manera supereminente en el hombre, es su núcleo o germen de inmortalidad: la luz de la tradición judaica, que veremos un poco más adelante.

Es este arcano, este núcleo escondido que el místico y el iniciado descubren poco a poco según su modo de realización espiritual.

El iniciado, toma conocimiento teórico de la estructura de la escalera y su conjunto, así como de cada uno de sus peldaños en el marco de la enseñanza y según la pedagogía que hemos evocado.

Dispone para ello de la imagen revelada del divino ordenamiento y de los elementos de su construcción como de un plano en planta (en términos arquitectónicos) que supone y exige una elevación, la cual no es otra, in fine, que la asunción del ser, su deificación o théosis: recuperación del cuerpo de gloria.

 Más adelante, si es constante en su acción, por su ascesis, por su trabajo sobre sí mismo (los ejercicios espirituales propios de su vía que deben completar los mismos ejercicios espirituales que el místico) llega efectivamente a cada uno de los peldaños de manera operativa: se podría decir que los realiza en sí mismo, y puede entonces captar la realidad intrínseca, interiorizada, porque la ha convertido realmente en suya, en parte integrante de sí. El símbolo, previamente conocido, es entonces “accionado”, vivido.

La elevación de la que hablamos se realiza, de manera gradual: peldaño tras peldaño.

Es así que los ritos o “símbolos en actos”, constituyen, si queremos ser estrictos, auténticos ejercicios espirituales (sobre los cuales volveremos en la parte siguiente), solo que simplemente, su carácter es el de ser propios a esta vía iniciática y, en este mismo sentido, ser objeto de una enseñanza reservada, secreta podríamos decir, aunque actualmente las librerías e Internet abundan en publicaciones al respecto, por desgracia, con demasiada frecuencia para difundir las desviaciones que anteriormente hemos estigmatizado.

Ritos reservados, en primer lugar, porque resultan totalmente ineficaces (en el sentido teológico del término) a todo aquel que no haya recibido la gracia y el carácter de la iniciación. Mutatis mutandis, ¿acaso se le da la comunión a quien no ha estado bautizado y confirmado?

Precisaremos, por otra parte, que este carácter iniciático, como sucede con el del bautismo, por ejemplo, es imborrable en el ser ya que es el sello ontológico de una apertura y un lazo espiritual entre el ser que lo recibe y el Eterno que lo concede.

La eventual recepción ulterior a grados que puedan resultar de esta iniciación o la recepción de otra iniciación (caballeresca, por ejemplo, en relación a la de Oficio anteriormente recibida), no constituyen en absoluto reiteraciones, sino que son nuevas iniciaciones.

En segundo lugar, por razón que estas enseñanzas, estos rituales comportan una naturaleza sagrada (su dimensión y sus efectos espirituales) que debe ser respetada según conminación de Cristo45; finalmente, porque su simple lectura no puede llegar a ser comprendida (cum-prendere, tomar consigo, tomar en sí) por aquel que no está familiarizado “desde el interior” con todos los elementos transmitidos en esta vía específica. Aquel, pues, que no ha recibido, ritualmente, la iniciación.

Exactamente como el conocimiento, en el ámbito espiritual sucede realmente como un “co-nacimiento”, dicho de otro modo “un nacimiento a”, un “nacimiento con”, lo que viene a significar que lo que es conocido se convierte en un componente del ser que conoce.

En el ámbito espiritual, sólo se conoce, en su sentido pleno, que aquello que se ha asimilado ontológicamente; que aquello a lo que uno ha devenido o, como si fuera en espejo, que aquello en lo que uno se ha convertido.

La realización efectiva de la vía iniciática, a la luz y los efectos de los sacramentos, en el estado terrestre, conduce necesariamente a la contemplación o vida en Dios y, en el estado glorioso en los Cielos, a la vida eterna correspondiente al grado de santidad (en términos teológicos) realizado en la tierra, para culminar por lo que la Iglesia define como la adopción a la Vida Trinitaria, realizada por y en Jesucristo, Segunda Persona de la Santísima Trinidad.

Antes de proseguir, nos parece no obstante necesario completar nuestra exposición respecto a los ritos seguidos en el marco iniciático, ya que este término y lo que define, no deben prestarse a sospecha ni rechazo puesto que se trata, en realidad y, bajo la forma que le es propia, de una modalidad común a todas las vías espirituales entre las cuales, y nosotros decimos en primer lugar, el Cristianismo.

En efecto, todo el ser humano queda concernido por la revelación cristiana. Lo hemos señalado en diversas ocasiones. El hombre es “tomado” en su estado terrestre, renovado íntegramente (cuerpo, alma y espíritu) en Cristo por los sacramentos que él mismo ha instituido. Es pues legítimo y evidente que aquello que se aplica al espíritu, se aplique también al alma y al cuerpo; dicho de otro modo, a la carne de la que el Credo profesa precisamente la resurrección, lo que firma la especificidad de la fe en Cristo.

Por lo demás, la misma santa misa se celebra de acuerdo a un ordo y los fieles participan de este rito, de este ordo, no solamente rogando y cantando, sino también de manera corporal como espiritual, siguiendo un rito (seguido de acuerdo a unos rituales) preciso en el curso de la liturgia: poniéndose de pie, en particular para oír el Evangelio; sentándose, en particular para oír el Antiguo Testamento y la homilía; arrodillándose  (en el rito tradicional dicho de San Pío V) para recibir la santa comunión eucarística; persignándose en ciertos momentos cruciales.

También los gestos efectuados con los brazos y las manos del sacerdote oficiante, como del conjunto de fieles durante la plegaria, son otros tantos ejemplos. A título ilustrativo, citaremos las nueve actitudes físicas de santo Domingo en sus plegarias, tal como han sido comentadas por un autor anónimo (cf la bibliografía), así como las descritas en los diferentes Libros del Antiguo Testamento.

Y ello sin contar los rituales de ordenación y toma de hábitos monásticos o incluso las diferentes vestimentas y colores litúrgicos…

Sucede lo mismo, mutatis mutandi, con los ritos de la vía iniciática en la que los gestos, las palabras, los trazados gráficos, las insignias, las vestimentas expresan símbolos, luego realidades espirituales y contribuyen, de manera operativa, a interiorizarlas, en definitiva, a vivirlas.

No se trata en modo alguno de simples recuerdos alegóricos y, sobre todo, de ninguna deriva mágica, chamánica sino de una suerte de yoga propio de la espiritualidad occidental, como lo califican algunos, en la medida que este término, yoga, es salido de la muy antigua raíz sanscrita jug significando religar, juntar, unir; en primer lugar, el cuerpo, el corazón y el espíritu.

Los ritos, en tanto que son auténticos ejercicios espirituales, responden a este  imperativo y concurren, para aquellos que los practican, al conjunto de su acción cristiana para religarse (jug que ha dado religio en latín) a Dios, unirse a él y, por tanto, recobrar la verdadera naturaleza y dimensión de su ser en tanto que imagen y semejanza del Padre Creador.

La condición corporal -encarnada- del hombre implica este paso por la forma, que paradójicamente lo “transforma”: la del símbolo, la del rito que toma apoyo en el exterior para abrir y conducir al interior; más precisamente, que ayuda a revelar la raíz celeste del ser (luz, el germen de inmortalidad46, el cuerpo de gloria de la Mística judía sobre el que volveremos en algunas páginas) bajo su corteza terrestre (la túnica de piel), a restituir (transfigurar) la segunda en la primera que es su principio (su principio de vida, su esôterikós), su estado primero: su norma, según la voluntad divina.

Venimos así a referirnos a la Resurrección de la carne, uno de los fundamentos de la fe cristiana. No obstante, es preciso entender muy claramente que únicamente los sacramentos (que, ellos mismos, se aplican de acuerdo a una forma surgida de nuestro plano terrestre) dan acceso y aseguran la realización perfecta o santidad.

Estos símbolos en actos que son los ritos surgidos del modo iniciático, constituyen únicamente ayudas espirituales para aquellos llamados a dicha modalidad, con el fin de mejor entenderlos y prepararse mejor para vivirlos.

Volvamos ahora a nuestro propósito inicial para resumirlo de manera esquemática, luego evidentemente simplificada:

-              El místico es movido en primer lugar por un impulso de amor de Dios que es, en él, la primera forma, la primera expresión del deseo de conocimiento de Dios.

-              El iniciado es movido antes que nada por el deseo de conocimiento de Dios, que es, en él, la primera forma, la primera expresión del amor de Dios.

A buen seguro, esta formulación lapidaria es demasiado abrupta, aunque realmente significativa, para definir la naturaleza plenaria del impulso espiritual que caracteriza a aquellos que se comprometen en estos caminos de interioridad y de reencuentro con el Eterno, ya que el amor de Dios supone y entraña que haya también el deseo de conocerle más intensamente, al igual que el deseo de conocimiento de Dios supone y entraña el amor sincero y potente que lleva hacia Dios.

En este compromiso de toda una vida, del don total de uno mismo, el amor y el conocimiento son hermano y hermana gemelos monocigóticos. Como para el nacimiento físico, uno precede al otro, según el tiempo de cada uno, pero ambos son nacidos de un mismo huevo espiritual, se siguen y se unen en su venida al día: la luz del Señor.

Diremos de pasada que esta dimensión del amor, consustancial en la revelación cristiana, es totalmente ausente en la obra de René Guénon, exclusivamente centrada en el conocimiento (del principio no manifestado de las espiritualidades orientales), relegando el amor a la piedad del místico; místico al que considera -por otra parte- surgido únicamente del exoterismo de acuerdo a su “parrilla de lectura” (incluye la bhakti o vía de devoción en el Hinduismo), al que en todo caso estima como muy inferior en los grados espirituales en relación al iniciado.

Ello es lógico, por lo demás, puesto que Guénon se sitúa al margen del monoteísmo en general y de los Misterios cristianos en particular, y en este sentido, permanece extraño al encuentro con Dios revelado (Santísima Trinidad), Padre de los hombres, en consecuencia, con el amor que Dios profesa por cada uno de sus hijos y que en retorno, estos últimos (al menos el hombre espiritual tal y como debe ser) devuelven naturalmente a Dios, su Padre creador y salvador.

El estilo literario de Guénon, que no ésta por otra parte desprovisto de elegancia, encarna muy bien su estado de ánimo: la exposición es como matemáticamente desarrollada (Guénon fue durante un tiempo profesor de matemáticas) pero, a diferencia de los grandes santos con experiencias espirituales de naturaleza tanto mística como iniciática, como san Juan de la Cruz, santa Teresa de Ávila o santa Hildegarda de Bingen, por citar solamente a ellos, de nuevo, no se percibe en dicha exposición la circulación ardiente y vivificante del agapè (el amor espiritual) en la gracia del Espíritu Santo.


Notas:

42 René Guénon (1886-1951), el conjunto de su obra, aunque notable en cuanto al descifrado de los errores y mentidas del mundo moderno, expone un plan doctrinal que no puede aplicarse al Cristianismo. Por razones que ignoramos, aunque nacido cristiano, no ha sabido captar la Persona divina de Jesucristo y así pues, la radical novedad evangélica que sitúa la revelación cristiana fuera de la economía (en el sentido griego de organización) encontrada en todas las otras tradiciones espirituales, o más bien que las trasciende. Se ha apartado muy pronto del cristianismo para inscribirse en el marco del Hinduismo y del Taoísmo, adoptando finalmente en el Cairo, donde pasará la segunda parte de su vida, la forma religiosa del Islam, en particular en su vía interior del Sufismo.

43 Cf. los nombres divinos: Maqom (el Lugar) et Maqom Ehad (el Lugar Uno, Único), que volveremos a ver más adelante.

44 Que tienen que ver esencialmente con el libro del Génesis: sobre la creación y la constitución del hombre, su caída y las gracias ofrecidas por Dios para su Salvación o restauración a su estado glorioso. Como lo hemos indicado, dichos conocimientos metafísicos integran, a la luz del Evangelio, esta parte que fue el origen oral (es decir, más interior) de la revelación de la Ley (Torá): la Cábala.

45 “No deis lo santo a los perros, ni echéis vuestras perlas ante los cerdos, no sea que las pisoteen con sus patas, y volviéndose a vosotros os despedacen.” (Mt VII, 6).

46 Hay una identidad evidente con las parábolas del grano de mostaza y de levadura (Mt XIII, 31-33; Mc IV, 30-32 y Lc XIII, 18-21).

 

 Acerca del Autor


Pascal Gambirasio d'Asseux

Pascal Gambirasio d'Asseux nació en París en 1951. Abogado, se ha dedicado también a la espiritualidad cristiana. Escritor, conferenciante (invitado de France Culture y de Radio Chrétienne Francophone), ha publicado varios libros -que ahora son referencias reconocidas- sobre la dimensión espiritual de la caballería y la heráldica o la ciencia del escudo de armas, sobre la naturaleza cristiana de la realeza francesa y del rey de Francia, así como sobre el camino cristiano de la iniciación como camino de interioridad y de encuentro con Dios: iniciático, de hecho, lejos de las interpretaciones desviadas que han distorsionado su significado desde al menos el siglo XIX, significa al mismo tiempo origen, inicio e interiorización del proceso espiritual para que, como enseña San Anastasio Sinaí, "Dios haga del hombre su hogar". De este modo, quiere contribuir al (re)descubrimiento de esta dimensión dentro del Misterio cristiano, olvidada o incluso rechazada por unos porque está desfigurada por otros.






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domingo, 6 de junio de 2021

El Espejo de la Caballería / Ensayo sobre la espiritualidad caballeresca/ Pascal Gambirasio d’Asseux



PRÓLOGO

2da Parte

“En nombre de Dios, las gentes de armas batallarán y Dios les dará la victoria”

Santa Juana de Arco

 

“Es preciso confiar en Dios como si todo dependiera de Él, y al mismo tiempo, comprometerse con generosidad como si todo dependiera de nosotros.2

Juan Pablo II 


El presente libro, como bien precisa el subtítulo, tiene por único objeto tratar de plantear una aproximación de lo que constituye el alma caballeresca, de lo que le confiere su identidad espiritual en el seno del cristianismo y tipifica pues su modo de plegaria y acción.

Deseamos avanzar en este camino “arriesgado” de la caballería, que a la vez y simultáneamente es un encaminamiento espiritual, a modo de prolongación de nuestra precedente obra dedicada a La vía del blasón. Ya que, no existen verdaderos escudos de armas que no sean -tanto en sus fuentes como en su cumplimiento-, caballerescos en su razón íntima, en su vitalidad y en su significado. De igual modo, no existe alma caballeresca que no tenga en sí, aunque sea velada en sus trazos o simplemente en su sentido interior, blasón que la encarne y realmente, la “nombre”, es decir la designe por su vocación, que no es otra cosa que su ser mismo llamado por el Padre. Alma hermana en el seno de una multitud en la que todos sus miembros son amados y llamados, pero no comparable a ninguna otra.

Situaremos nuestro discurso bajo el patronazgo luminoso de estos grandes modelos de la espiritualidad cristiana y caballeresca que son el rey Luis IX (san Luis) y Juana de Arco, que conjugan misteriosamente la gracia de ser a la vez la Dama perfecta soñada por la caballería y el modelo cumplido del caballero. Ambos ilustran, en el sentido pleno del término, gracias a sus actos, las plegarias y las palabras que la Providencia nos ha conservado de ellos, la naturaleza de esta espiritualidad que construye y anima la caballería, que le confiere una “atmósfera” o modo específico: música interior de la oración que “resuena” en el mundo de la acción en que ella se encarna y actúa.

Solo pueden tratarse de humildes pasos tras tan grandes almas y no está en la capacidad ni así pues en la intención de este libro, el marcar la integralidad de las “huellas” en esta vía mayor de la espiritualidad cristiana. No invitamos por tanto al lector, ni a una exégesis, ni a un curso de historia, sino simplemente a contemplar y a seguir, si tal es la llamada, un camino de vida, en y hacia Dios. Un camino abierto a los “corazones de amor encendidos” como escribía el rey René d’Anjou, otro entre los gentiles15 caballeros de Cristo. Por otra parte, es preciso recordar que, en este orden de cosas, no tenemos el derecho de inventar, sino el deber de transmitir.

La caballería como vía espiritual es perenne.

Desde la Encarnación de nuestro Señor y Salvador Jesucristo, dicha vía se afirma entre las actitudes del bautizado, de acuerdo a los carismas de cada uno, evocados por san Pablo16.

En estos tiempos de confusión mental y perversidad moral, de discursos manipuladores e hipócritas, de cinismo crepuscular y arrogante, de violencia contra el Espíritu y así pues trágicamente suicidas, el espíritu de la caballería, sin embargo, perdura y mantiene a través de los caballeros actuales las virtudes evangélicas que animaban a los caballeros de antaño.

De hecho, no hay caballeros de antaño y caballeros modernos, ya que el corazón de la caballería es único e intemporal y batía en los bravos pechos de antaño al mismo ritmo y con la misma fuerza que bate en los de nuestro tiempo. El “palenque”, el campo de batalla ha cambiado simplemente de dimensión, incluso de modo (no de naturaleza) pero, precisamente, el carácter espiritual de la caballería no hace sino ponerse más de manifiesto. Y si en estos días tenebrosos que nos ha tocado vivir, su existencia puede parecernos anacrónica, su papel ha de ser precisamente el hacerse presente y resonar, como el Apóstol afirma que hay que proclamar la Palabra del Señor “a tiempo y fuera de tiempo17.

Esta naturaleza caballeresca comporta pues una particularidad, un “estado de espíritu”, que traduce lo que hemos denominado su identidad espiritual. Dicha identidad se refleja en los valores que ella privilegia hasta el punto de hacerse literalmente un solo “cuerpo” (diríamos por nuestra parte más precisamente en este orden de cosas “cuerpo y alma”) con ellos.

Son estos valores o virtudes fundamentales y fundadores del alma caballeresca, que “firman” su carisma propio tanto en el plano de la realización espiritual personal como en el plano de su vocación escatológica ya que: “toda alma que se eleva, eleva al mundo” enseña santa Teresa de Jesús (santa Teresa de Ávila) los que nosotros hemos tratado de evocar.

Las virtudes a que nos estamos refiriendo, de alguna manera, se imponen por sí mismas para aquel que es conocedor de la caballería, sin que ello resulte de una elección arbitraria por nuestra parte. Estamos hablando aquí de las virtudes teologales y cardinales que son -o al menos deberían serlo- la riqueza común a todo cristiano, sea cual sea su encaminamiento específico y que son las únicas que pueden hacer germinar y crecer los carismas de cada uno en la unidad y por el bien del Cuerpo Místico por entero (la Iglesia). Tal es el caso igualmente de las Beatitudes, camino real del cristiano, claves de la santidad.

Estas virtudes constitutivas de la caballería -sello del espíritu caballeresco y así pues de toda nobleza, de su Gesta y de su dimensión interior- son en número de tres que son, como si dijéramos, sus tres corazones o mejor aún las tres caras de un único corazón: proeza, cortesía y honor.

Veremos que estas tres virtudes caballerescas significan mucho más que lo que el lenguaje moderno puede dejar suponer y que el mundo medieval tenía, sobre este punto como en tantos otros, una fineza “de espíritu” que nuestros contemporáneos han perdido desde hace largo tiempo, ya que, en efecto, estas virtudes deben entenderse según su “secreto”, o dicho de otra manera, según su dimensión y amplitud espirituales.

Son justamente estas virtudes las que confieren plenamente y lo más legítimamente la capacidad heráldica, también dicha el derecho (espiritual y moral y no únicamente, ni tampoco “en primer lugar”, jurídico) de llevar blasón.

Hemos dedicado un libro a este particular 18 por lo que no volveremos sobre ello en la presente obra. Permítasenos sin embargo precisar que este lenguaje heráldico propio de la caballería (pero que sabrá ganarse muy rápidamente, desde finales del siglo XII, a la sociedad medieval entera), este lenguaje -repetimos- a la vez significante y poético - podríamos decir su canto si nos concentráramos en el blasonamiento o arte de describir un blasón- es un lenguaje sagrado puesto que habla del y al corazón del hombre: la heráldica, que los Antiguos denominaban “la noble ciencia” o “ciencia heroica”, creación original y que a la vez tiene su origen en el Occidente cristiano.

Estas tres virtudes quedan resumidas, o más bien concentradas, en la divisa tan conocida del gentilhombre: “mi fe en Dios, mi vida al rey, el honor para mí19. Esta triple afirmación, en nuestra opinión, debe explicitarse así:

- La primera corresponde al fundamento metafísico y en consecuencia espiritual de toda vida “noble”. Se trata de su enraizamiento cristiano que determina, justifica e ilumina las dos otras.

- La segunda encarna y anuncia el servicio desinteresado que se desprende del “deber de estado” cumplido en total lucidez de espíritu porque se es consciente de estar así en armonía, en el plano de la acción, con el principio espiritual evocado. Esta segunda frase de la divisa induce, con toda evidencia, a la virtud de la proeza, al igual que implica también, y de manera general, la virtud de la cortesía, entendida entonces en su sentido pleno.

- La tercera, por último, expresa simplemente pero firmemente, en toda su exigencia una de las virtudes mayores de la caballería. Ella es firme, ya que indica que no puede haber verdadera acción caballeresca si no es portadora en sí misma de honor; ella es simple, ya que es humilde bajo esa apariencia de gloria y de soberbia. Es de hecho, el sentimiento de “humilde orgullo” del caballero que sabe “hacer lo que debe”, fielmente, imperturbablemente.

Pero antes de contemplar estas virtudes de frente, es preciso aprender a “ver” y así pues traspasar el misterio 20 del espejo en el que la verdad se revela o se refleja. Es en este sentido desde el que invitamos a comprender la razón del título del presente libro, en directa filiación con el de una de las obras magistrales de Marc de Vulson de La Colombière Le vray théâtre d’honneur et de chevalerie ou le miroir de la noblesse 21 y el de Aelred de Rievaulx22 Le miroir de la charité.

Volveremos sobre ello en el capítulo siguiente. Por lo demás, proeza, cortesía y honor se responden entre sí, precisamente en un “juego de espejos” y se trenzan para formar la trama del alma caballeresca. Por no hablar por otro lado de “la tela de los héroes”.

En efecto, la proeza consiste en cumplir todas las acciones de la vida (militar o civil) con valentía y cuidado del bien común, sin temor a los peligros que ello pueda conllevar. Por otra parte, la proeza no se realiza “por sí misma” ni para la propia gloria del caballero, sino al precio de la abnegación y desinteresadamente.

Entendida y vivida de este modo, la proeza es claramente la marca, el sello y en consecuencia el honor mismo de la caballería, así como signo de la cortesía que le es debida en cumplimiento de estos “altos hechos” a fin de ser y hacerse digno de ella con el fin de hacerla querer, respetar y desear en todas partes donde se halle requerida.

En efecto, la cortesía no se resume al simple cumplimiento o a la buena educación, sino que expresa un real “mantenimiento” del ser, consciente de reconocer en el otro el rostro oculto del Señor, testimoniándole atención y benevolencia en el sentido cristiano; mantenimiento que se caracteriza, de manera general, por la elegancia de vida que traduce un alma distinguida, sin afectación ni amaneramiento sino poniendo de manifiesto la expresión natural de la nobleza del ser. La cortesía se presenta como el signo del honor que se le debe siempre testimoniar al otro en el “encuentro” con él (encuentros de la vida, duraderos o efímeros, justas o combates) y de la proeza de saberse guardar constante y verdadero, sea cual sea este “otro” y las circunstancias del “encuentro”.

En efecto, el honor consiste en no faltar a las exigencias a las que acabamos de referirnos y mantener la palabra de gentilhombre, sea al precio que sea, cuando ésta haya sido dada, ofreciendo únicamente a Dios y a la Virgen sus justas acciones, sin querer apropiárselas por una vana gloria, concediéndose tan solo ese “humilde orgullo”, como lo califica un antiguo texto caballeresco, de haber “hecho lo que se debía”.

Finalmente, el honor pide simplemente realizar las proezas que implican por esencia el estado caballeresco y que siempre se esperan de un caballero. El honor traduce, a través de esta voluntad de nunca defraudar ni derogar, la cortesía debida a ese estado, al igual que se espera y aguarda del caballero que en todas las acciones de la vida, esté “a la altura” de la caballería.


Notas:

15 En la época medieval este término no tenía el mismo significado que tiene hoy y tenía el sentido de “bien nacido”, en referencia al vocablo con que se nombraba a la gente -plural gentes- que en Roma formaban parte de las familias patricias que componían el Senado primero y luego la clase de los caballeros, de donde viene igualmente el nombre de gentilhombre que comportaba y connotaba una generosidad de alma y elevación moral.

16 I Corintios XII, 1-30; y Romanos XII, 3-8.

17 II Timoteo IV, 2.

18 La voie du blason. Lecture spirituelle des armoiries. Segunda edición aumentada. Éditions Télètes, 2012.

19 También: “mi espada al rey, mi alma a Dios, mi honor para mí”, frase atribuida a Blaise de Montluc (entre 1500/1502 y 1577), Mariscal de Francia, armado caballero en 1544 por el conde de Enghien, hermano de Antoine de Bourbon, en el campo de batalla (victoria de Cérisoles, durante las guerras de Italia). Su familia es una rama de la antiquísima familia de Montesquieu a la que pertenecía la madre del célebre d’Artagnan. Escribió Les Commentaires en 1577 (publicados en 1592) que se presentan como sus memorias cubriendo el período de la guerra de Italia con las guerras de Religión.

20 La palabra ‘misterio’ está construida a partir del verbo griego muo (yo cierro los labios, lo que quiere decir, yo sello, yo callo). Sin embargo, cierto número de especialistas refieren más bien el verbo muéo que significa precisamente ‘iniciar en los misterios’. En cualquier caso, está claro que estas raíces griegas connotan la idea de silencio y de sagrado, calificando pues aquello que está más allá de la palabra, del discurso y que no puede expresarse ni sobre todo comprenderse sino es participando uno mismo de este misterio. Lo sagrado resulta de este silencio, no por voluntad humana, sino por su naturaleza misma.

21 París, 1648.

22 Aelred de Rielvaux (1110-1167), monje cisterciense inglés, maestro de novicios y después padre Abad de Rielvaux (Yorkshire), redactó diversos tratados de vida espiritual, entre los cuales Le miroir de la charité y L’amitié spirituelle, ambos reeditados por la abadía de Bellefontaine, colección vida monástica nº 27 de 1992 y nº 30 de 1994, traducción, introducción, notas e índice, para el primero de Charles Dumont, o.c.s.o. y de Sor Gaëtane de Briey, o.c.s.o. y para el segundo, únicamente de Sor Gaëtane de Briey, o.c.s.o.

 

 


Masonería Cristiana


domingo, 30 de mayo de 2021

El Espejo de la Caballería / Ensayo sobre la espiritualidad caballeresca/ Pascal Gambirasio d’Asseux

 



PRÓLOGO

1ra Parte

“En nombre de Dios, las gentes de armas batallarán y Dios les dará la victoria”

Santa Juana de Arco

 

“Es preciso confiar en Dios como si todo dependiera de Él, y al mismo tiempo, comprometerse con generosidad como si todo dependiera de nosotros.2

Juan Pablo II

 

La caballería implica, induce a las hazañas. Más todavía: ella se constituye en sinónimo de las mismas, hasta tal punto que encontramos normal y casi banal que el caballero se “sitúe” de este modo en la cresta del heroísmo (militar o “simplemente” humano), y que todo el mundo le suponga una confianza asegurada en su fuerza moral y espiritual, en su valiente abnegación y su fe jurada sin tacha, tibieza ni fingimiento.

Los ejemplos históricos dan fe de este compromiso (en todos los sentidos del término) tenido y mantenido por estos hombres que han recibido este armamento, en primer lugar, en las batallas por supuesto, pero igualmente en los otros combates de la vida, vividos cotidianamente y a menudo mucho más desafiantes y que requieren constancia, paciencia y firmeza en el anonimato del día a día y sin presentar el carácter épico y la gloria del campo de batalla con la que sueña sin embargo todo guerrero.

Es por lo que la caballería evoca en el hombre de hoy un mundo familiar y por tanto misterioso. Es por lo que se sumerge en lo más profundo de las raíces occidentales, en su memoria y su imaginario, llamando a la vez a los corazones a elevarse hacia dimensiones de la revelación evangélica y las exigencias cristianas.

De este modo ilumina y edifica (en todas las acepciones del término) a aquellos dedicados a la vía que la caballería propone -voz interior que habla al íntimo del ser. Es por lo que, para aquellos que son llamados a ello y (o) cuyas familias han sido “marcadas” para ello en el curso de los siglos, es preciso hablar plenamente, de vocación3 caballeresca.

Mucho después de la época medieval, concretamente durante los dos siglos de reinado cristiano en Tierra Santa en que se ilustraron en particular las grandes Ordenes de Caballería, conjugando en su Regla los votos monásticos y la acción militar, y para algunos, las obras hospitalarias; mucho después de las hazañas, reales o legendarias, de los caballeros errantes y de aquellos que la Historia ha retenido -tales como Pierre du Terrail señor de Bayard del que se sabe que armó caballero al rey Francisco Iº la noche de la victoria de Marignan; Beltrán Duguesclín que fue condestable de Francia y Castilla; Guillermo el Mariscal4; Ramon Llull5; Godofredo de Charny6; el mariscal de Francia Juan II Le Maingre dicho Boucicaut, que se ilustró durante el reinado de Carlos VI en particular contra los ingleses así como en las cruzadas en Tunicia y en Nicopolis; Mateo de Montmorency-Marly7, por citar únicamente los más conocidos- mucho después de esta gesta pues, la capacidad de la caballería -siempre actual-, por maravillar a todo el mundo tan solo con su mera evocación es una realidad que nadie se atreve a contestar.

¿Quién no recuerda igualmente a los Nueve Barones de la Fama de Jacques de Longuyon8, al rey san Luis, por supuesto o a Régulo, ese general romano, modelo y mártir del honor y de la palabra dada9 al igual que el rey de Francia Juan II el Bueno10?

Y la misma santa Juana de Arco (que probablemente fuera armada) ¿acaso no ilumina a la caballería respecto a su santidad, revelando su naturaleza esencialmente espiritual a través de su misión divina, como bien ilustra su divisa?: “Mí Señor Dios, primer servido…”

De una manera u otra, a través de imágenes simplificadas, incluso simplistas, la memoria viviente de los hombres de Occidente e incluso allende de occidente, ha conservado el retrato ideal del caballero, de sus proezas, de su agudo sentido del deber y su dedicación a la protección y defensa de los más humildes. Constituye el arquetipo del gentilhombre, su medida y su legitimidad.

En primer lugar, la clave de esta perennidad, de este apego de admiración y respeto reside ciertamente en esta unión de valor físico y moral conjugada con la cortesía -entendida en un sentido preciso en su significado caballeresco en que se revela como marca que va más allá del saber vivir y la buena educación- que hace del caballero un combatiente de élite y un hombre de honor, simple y verdadero, cuya elegancia de vida firma el carácter natural de la nobleza de corazón.

La caballería, en efecto, es un estado -un estado del ser- no una decoración, ni tampoco la manifestación ostensible de un privilegio social, ya que, de privilegio, en realidad, solo confiere uno (temible puesto que sitúa al caballero primeramente y ante todo frente a sí mismo) consistente en servir en el más duro de los combates: el del mundo cuando estos son justos como los combates de la ascesis espiritual. A menudo se conjugan unos y otros en la misma batalla.

Es por lo que se habla tradicionalmente de la Orden de caballería: a ejemplo de los tres Ordenes tradicionales constituyendo poco más o menos el conjunto de sociedades humanas tradicionales tales como historiadores y sociólogos los han bien estudiado: oratores, bellatores y laboratores. Estos tres Ordenes o estados sociales, podríamos decir, expresan y reposan sobre las vocaciones (los carismas): orientaciones y capacidad de los hombres en este mundo, lo que no tiene nada que ver con la noción moderna de clases sociales fundamentadas en la capacidad financiera. La caballería encarna, en el Occidente cristiano, el principio y la quintaesencia de este estado de bellatores o Segundo Orden o Nobleza, elevado e “iluminado” en el sentido pleno del término por la espiritualidad cristiana, de la que se presenta así mismo como el brazo protector. Este Orden es como acabamos de decir, un estado del ser, es decir de consciencia, de despertar, de responsabilidad que induce a un “lugar” en la sociedad, luego de un servicio, de una función (functus) cuya extinción -por la muerte o degradación vinculada a la pérdida de la nobleza esencial- es expresada por el término de difunto (defunctus).

Es por lo que este apelativo de Orden de caballería calificando muy precisamente y únicamente lo que transmite el armamento -sin el cual no existe ningún verdadero caballero, sea cual sea su nacimiento- debe ser distinguido de la noción de Orden caballeresca, en el sentido de las Ordenes de caballería; Ordenes soberanas o dinásticas y que presuponen justamente que existe un Orden de caballería a transmitir y hacer vivir de manera específica a través de una regla en una confraternidad particular. El color del manto y de los signos cosidos al mismo (en general la cruz que orna el lado izquierdo) traducen entonces los carismas propios a estas Ordenes, sus votos, así pues, su vocación: su “oriente”. En su principio esencial -su raíz ontológica deberíamos decir- la caballería, el Orden de caballería, tal cual es transmitido y recibido por el armamento estrictamente

 personal, se presenta como el principio y el cumplimiento de toda auténtica aristocracia; da sentido y capacidad a toda alma noble (el verdadero gentil hombre o la verdadera dama) cuya orientación innata le hace presentir que dicha alma pertenece a su impulso y que aspira asumir las obligaciones.

Ya que en su realidad interior que la fundamenta y la inspira, la caballería responde y asume una vocación espiritual en el marco cristiano, vocación a la cual algunos son llamados, tanto hoy como ayer.

Esta vocación es una vía sacrificial, no únicamente porque el caballero acepte el posible sacrificio de su vida en los combates (lo que la caracteriza como vía heroica) sino porqué en primer lugar, como toda vida espiritual, toda vida consagrada, dicha vía edifica al ser que la cumple para restituirlo en Dios, ya que sacrum facere significa literalmente devolver a lo sagrado. La vocación del caballero incluye restaurar lo sagrado en él y llevarlo a su vez al mundo; en otros términos, combatir el Caos del Mal con el fin de contribuir en la restauración del orden de la Creación, o más exactamente, la Creación como orden divino.

Es por esta razón que ante todo se pone al servicio de la viuda y el huérfano, de los pobres y los enfermos; en otros términos, al servicio de todos los desamparados que no detentan ninguna posibilidad ni ningún poder temporales para defenderse por sí mismos. El caballero se modela así en el Sacrificio divino y se presenta como una Imitatio Christi, lo que no debe sorprender en absoluto ya que numerosos textos medievales presentan a Cristo como el arquetipo del caballero:

en efecto, el Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir y dar su alma como rescate por muchos.”11

La vocación caballeresca se presenta así como una de las expresiones de los carismas, es decir de los dones particulares que, según san Pablo, el Espíritu Santo insufla a cada uno en el seno de la unidad de la Iglesia para el servicio del bien común. Carismas a la vez múltiples y complementarios, siempre a la medida de aquellos que los reciben a fin de cumplir y fortalecer su ministerio personal: recordemos, a todos los fines útiles, que etimológicamente ministerio significa servicio.

La caballería, en esta perspectiva, constituye una real vía iniciática en el sentido que ella revela el ser a sí mismo y lo edifica según el designio divino en él, con tal que el interesado sepa y quiera, de manera totalmente libre, responder a esta vocación y mantenerse en ella (en toda la plenitud de la palabra).

Es preciso entender este término “iniciático” totalmente depurado de las connotaciones que lo desnaturalizan, sobre todo desde el siglo XIX, para comprenderlo en su significado fundamentado en la raíz latina initium que es doble: comienzo, debut y principio, fundamentos originales. El verbo initiare, por su parte, significa instruir (luego en consecuencia, transmitir) y comenzar.

Este término califica la iniciativa del ser que responde a la llamada que el Señor le lanza como la lanzó en las orillas del lago Tiberíades a Pedro y a su hermano Andrés: “venid detrás de mí12. Significa igualmente que la caballería no se decide por uno mismo ni

tampoco por nacimiento, sino que debe ser transmitida por un caballero, y en corolario, que el nuevo adobado debe aprender y penetrar la dimensión cristiana y las reglas de la caballería. Expresa de este modo los primeros pasos, el comienzo en la vía, en el camino del descubrimiento y de la realización de uno mismo y del reencuentro con Dios -este santo Reencuentro que se hace siempre cara a Cara y solo a Solo. ¿Acaso Cristo no ha dicho justamente que Él es el Camino, la Verdad y la Vida…?

En esta perspectiva a que nos estamos refiriendo, este término refiere a la interioridad, a la escucha del corazón (del Sagrado Corazón) de la Palabra que sólo se oye en el desierto, dicho de otro modo, retirándose en silencio en este “lugar cardíaco” y secreto del propio corazón, lo que significa en lo más íntimo de su ser, en su radicalidad ontológica para alcanzar la plenitud de la fe que consagra el retorno al Principio, es decir a Dios, a Aquel que es, como él mismo ha revelado, el “Alfa y el Omega, el Comienzo y el Fin”. Precisamente, la Virgen María, contemplando los misterios de Dios que ella acababa de ofrecer al Mundo, “lo iba guardando todo, ponderando aquellas palabras, en su corazón13. Nuestra Señora, a cuyas virtudes se vincula, en su excelencia, la dama en la sociedad caballeresca, revela por su ejemplo una clave mayor para crecer en la fe, la esperanza y la caridad, y así, enseña y protege al caballero que, por naturaleza, le está consagrado y es servidor.

El armamento -o el adobamiento, la acolada, y más antiguamente la palmada- crea caballero y hace entrar, sea cual sea la cuna de que proceda, a aquel que recibe lo que la tradición medieval denominaba el octavo sacramento en la fraternidad caballeresca. Esto no debe sorprendernos: el concilio de Arlés, en el año 314, admite y consagra la Militia es decir el servicio armado que debe ser efectuado por el bien general al Soberano, al país. San Bernardo, a su vez, confirma la legitimidad de este estado caballeresco, en la línea de pensamiento de san Agustín quien definió la guerra justa cuando los desórdenes la hacían necesaria. Este adobamiento es conferido (por la espada -en ocasiones con la palma de la mano- en nombre de la Santísima Trinidad, a veces de san Miguel o de san Jorge) por un caballero que a su vez haya sido de este modo válidamente recibido y, así inscrito en la filiación de la caballería perenne14.

Esto constituye la recepción de una gracia y de un carácter inefable que consagra y bendice un mayorazgo espiritual y moral que marca una vocación de dimensión a la vez personal y social: dimensión personal, ya que este adobamiento implica, para aquel que lo recibe, vivir las exigencias que le son debidas cada uno de los días de su vida; dimensión social, ya que este adobamiento implica cumplir los deberes en el seno de la sociedad de los hombres sin temor, debilidad ni acomodo.

Sea en el marco social en que ella se manifiesta hoy como ayer de acuerdo a una constante naturaleza (pero bajo modalidades de acción que la evolución histórica pide diferentes) como en su aspecto propio de vía espiritual más interior compartida por los caballeros “prohombres” como los designan en ocasiones los libros medievales (o profesos en las Ordenes Militares y Religiosas) la caballería se encuentra marcada -firmada sería más  pertinente- por lo que se podría denominar un misterio y un ministerio. Por otra parte, dedicamos a ello un capítulo del presente libro.

Francia asume aquí una primacía. Histórica y espiritualmente, ella aparece, en efecto, como tierra nutricia de la caballería medieval como por otra parte lo es también de la heráldica. Es en particular en el Reino de Francia que las Ordenes caballerescas prestigiosas entre las más antiguas de la cristiandad, a menudo nacidas en Tierra Santa, fueron acogidas en su nacimiento (la Orden del Temple) o poco después de su militarización (la Orden del Hospital de San Juan de Jerusalén, conocida más tarde bajo el nombre de Orden de Malta; la Orden de San Lázaro de Jerusalén, de la que Luis VII, en el siglo XII, se trajo con él diversos caballeros).

De todas formas, es en Francia que se establecieron estas Ordenes después de la desaparición del reino cristiano de Jerusalén, como consecuencia de la caída de San Juan de Acre en 1291, para expansionarse después en los siglos siguientes, de acuerdo a fortunas diversas, a través de Europa entera. No olvidemos tampoco que la primera cruzada fue predicada en Francia y que la última vio la muerte, en 1270, del rey Luis XI al que la Iglesia y el alma cristiana de Francia han reconocido como santo.

Final de la 1ra parte

 

Notas:

2 La vie consacré. Les Éditions du Cerf, Paris, 1996.

3 Podemos definir la vocación, en su dimensión más profunda, como una manifestación del Amor de Dios que ofrece a cada ser humano la posibilidad de inscribirse en Su Obra de Salvación y de cooperar en ella; siendo simultáneamente “en retorno”, la expresión del amor de cada ser humano hacia Dios cuando dicho ser humano responde a esta llamada, haciendo suyas estas palabras del discípulo Ananías al Señor que lo llamaba en sueños: “Ecce venio” (¡heme aquí, Señor!), Hechos IX, 10.

4 Cf. Guillaume le Maréchal por Georges Duby ; Éditions Fayard, 1984. William Marshal (Wiltshire o Berkshire, c. 1145/1148–Caversham, Berkshire; 14 de mayo de 1219), primer conde de Pembroke también conocido como Guillermo el Mariscal, William the Marshal o Guillaume le Maréchal, fue un militar y noble anglonormando. Descrito por Stephen Langton como el «más grande caballero que jamás vivió», sirvió a cuatro reyes —Enrique II, Ricardo Corazón de León, Juan I y Enrique III— y a lo largo de su vida pasó de ser un simple miembro de la nobleza menor a ser el regente de Enrique III, y, por tanto, uno de los hombres más poderosos de Europa.

5 Escribió El libro de la Orden de caballería en el curso de los años 1275 ó 1276. Este texto, apareció en su última edición en el año 2006 en lengua castellana gracias a Alianza Editorial, con una presentación de Luis Alberto de Cuenca y Prado.

6 Fue uno de los teóricos medievales del ideal y del estado caballerescos y considerado como uno de los mejores caballeros de su tiempo. Godofredo de Charny es el autor de tres obras sobre la caballería escritas en atención de sus cofrades de la Orden de la Estrella (creada bajo su inspiración, por Juan II el Bueno el 16 de noviembre de 1351). Portador de la oriflama y consejero de los reyes Felipe VI y Juan II, fue muerto en la batalla de Poitiers el 19 de septiembre de 1356 con numerosos compañeros suyos de la Orden de la Estrella cuyo juramento consistía en no dar jamás la espalda al enemigo ni recular más de cuatro pasos ante él.

7 Fue uno de los más destacados caballeros de finales del siglo XII, muerto en Constantinopla en 1204. Tomó parte de manera brillante en la tercera cruzada, y combatió bajo Felipe Augusto, contra Ricardo Corazón de León.

8 Cita en su poema el Voeux du Paon compuesto en 1312-1313 a tres héroes escogidos en el seno de la antigüedad bíblica: Josué, David y Judas Macabeo; tres héroes de la antigüedad occidental: Héctor de Troya, Alejandro Magno y Julio César; y finalmente a tres héroes del mundo occidental cristiano: el rey Arturo, Carlomagno y Godofredo de Bouillon. El término de proeza fue igualmente utilizado, particularmente en este mismo siglo XIV, por Jean Le Fèvre de Ressons, procurador en el Parlamento de París en una obra que ilustraba el coraje y la valentía de las mujeres titulado Le livre de Lëesce. Enumera en dicho libro a nueve valientes (Nueve de la Fama) todas de la antigüedad, histórica o legendaria. En primer lugar cuatro reinas: Semíramis, Tomiris, Teuca y Deípile. Luego cinco amazonas: Sinope, Hipólita, Melanipa, Lampedo y Pentesilea. Otros autores modificaron la lista por heroínas del Antiguo Testamento: Esther, Judith, Jaël y por heroínas cristianas: santa Helena, santa Brígida de Suecia, santa Isabel de Hungría. Habría que incluir entre ellas -y por excelencia- a santa Juana de Arco.

9 Marco Atilio Régulo, general y cónsul del siglo III aC, capturado por los cartagineses cuando la primera guerra púnica, que fue liberado por estos últimos con el fin de negociar una paz que les interesara con Roma a cambio de su palabra, pactando que, si su misión fracasaba, volvería prisionero a Cartago para que le dieran muerte. Habiendo constatado la debilidad de Cartago, Régulo ante el Senado romano aconsejó por el contrario proseguir la lucha ya que la victoria estaba asegurada. Exhortado por el Senado, sus amigos y su familia de permanecer en Roma, fue fiel a la palabra dada y volvió a Cartago. Las crónicas relatan que le dieron suplicio hasta la muerte en un cofre erizado de clavos.

10 Se batió a la cabeza de sus tropas en la batalla de Poitiers, en la que se vio acosado por todas partes por los ingleses. Su hijo, el futuro Felipe III el Audaz que se encontraba a su lado, trataba de protegerlo: “Padre,

¡guardaos a vuestra derecha! Padre, ¡guardaos a la izquierda!”. Finalmente es capturado y encarcelado en Londres para ser después liberado en 1360 a cambio de un importante rescate (que el pueblo de Francia pagó espontáneamente en testimonio de la estima que tenía por su rey) y la entrega como rehenes de dos de sus hijos, así como de su hermano, Felipe de Orleans. Vuelve sin embargo a Londres al saber de la evasión de uno de sus hijos y pronuncia entonces estas palabras que la posteridad ha retenido: “Si la buena fe debería estar proscrita para el resto de gentes, debería encontrarse en la boca de los reyes”.

11 Marcos X, 45.

12 Mateo IV, 18-19; Marcos I, 16-18.

13 Lucas II, 19.

14 El más antiguo ceremonial conocido es el Ordo de Mayence de 950, siendo a su vez una compilación de textos anteriores. Algunos historiadores estiman que es bajo Carlomagno, emperador de 800 a 814, que se fija el carácter cristiano del armamento, en relación a la ceremonia de los pueblos germánicos de la entrega de las armas al joven hombre que accede al estatuto de guerrero

 






Decreto de Creación del Triángulo Masónico Rectificado "Jerusalén Celeste N°13"

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