lunes, 1 de marzo de 2021

Realización Iniciática y Misterio Cristiano / Sacramentos e iniciación / Pascal Gambirasio d’Asseux

 


André Roublev (1370-1430) Icône de la Trinité (~1422) Galerie Trétiakov, Moscou 


Sacramentos e Iniciación (1ra parte)

Cuando un asunto sobrepasa su entendimiento  y ciertamente, este es el caso en relación a la persona de Jesucristo y de todo el Evangelio- el hombre tiene la tendencia natural de traer su explicación a su propia medida; a las dimensiones de su propio arbitraje. Por su parte el hombre se olvida, haciendo esto, de continuar asemejándose a esos “niños”, que justamente se dirigen a Jesús, sin entorpecerse con un orgullo intelectual que les privaría de esa apertura de corazón imprescindible para poder acercarse a los Misterios de la Buena Nueva, con toda confianza y en toda humildad…

De este modo, algunos (el espíritu de modernidad que sobresale e incita a ello) no han dejado de presentar al cristianismo como una vía de Sabiduría -una más entre otras- que han iluminado a la humanidad, reduciendo Jesús al “hombre de Nazaret”, sin lugar a dudas, un magnífico profeta de la compasión que realizó un perfecto estado de santidad personal, pero ciertamente tampoco Dios encarnado, dispensador “objetivo” de la gracia de la Salvación como únicamente Dios puede dársela a los hombres.

Aquellos que tratan de “comprender” así al cristianismo, simplemente no lo “captan” y cometen un triple error:

-En primer lugar, el error de querer medir la Revelación cristiana en relación con alguna de las tradiciones exógenas, la mayoría de veces orientales y extremo- orientales (con una predilección muy clara por una cierta forma –o comprensión- del budismo y el hinduismo) poniendo como principio indiscutible la primacía de estas últimas como si estas tuvieran, de por sí, el papel de patrón de referencia universal de la verdad espiritual en su realidad última. En este tipo de error, el orden cronológico e histórico no es el factor de una primacía esencial como manifestación de esta verdad 9.

-A continuación, por bien que algunos lo niegan, el error de querer encerrarse en un sincretismo que ellos mismos denuncian. Ya que evidentemente resulta un sincretismo querer “pasar” los Misterios cristianos por el tamiz de estas tradiciones, en función de ese absolutismo que les es atribuido. Esta concepción, bastante extendida en los medios esotéricos occidentales contemporáneos, ha creado un mito moderno respecto a la vía iniciática cristiana, tan nuevo como insidioso (este dogma “orientalista” data como mucho de un siglo) consistente en la necesaria “emancipación” del Credo cristiano para poder ser considerada una iniciación adulta, al tener que ser –a su modo de ver- “la iniciación verdadera” franca de “límites religiosos” y siendo la única que permitiría el acceso a los “Grandes Misterios”.

-Finalmente, el error de olvidar sistemáticamente los sacramentos cristianos en cuanto a su naturaleza y efectos, tan absolutamente únicos en el seno de las tradiciones de la humanidad –situándose en primer lugar el sacramento mayor de la Eucaristía- contemplando su discurso (sin juego de palabras) únicamente a la persona de Cristo (ya hemos visto cómo la consideran, o más bien, a qué la reducen), al igual que a sus enseñanzas y, como consecuencia de ellas, a las de la Iglesia. Volveremos sobre ello.

Ahora bien, el Credo lo afirma, Jesús de Nazaret  es verdadero hombre y verdadero Dios (doble naturaleza unida en una sola y única persona). Como consecuencia de dicha afirmación, Jesús es claramente el Verbo de Dios encarnado y, en tanto que Dios, tiene la “capacidad” de salvar por Sí mismo: lo que no puede hacer ningún santo, ni ningún profeta, ni ningún sabio de todos los tiempos; ni incluso, de acuerdo a este plan universal y definitivo que sella la Nueva y Eterna Alianza en Jesucristo, los múltiples Avatares de Visnú circunscritos al marco hindú (precisaremos este punto ulteriormente).

Estos sabios, santos y profetas, por grandes que hayan podido ser, han abierto ciertamente y dejado una vía (como hace un alpinista) y un ejemplo que permite a los otros hombres seguir este camino, que ha quedado entonces “balizado”, imitando esta ascesis. En esto, se trata de una obra que concurre a la Salvación, pero que no confiere la gracia ni el carácter -ni tan siquiera en modo pasivo y “diferido”-, precisamente porque es necesario realmente alcanzar –en todo o en parte- lo que los santos, profetas y sabios han alcanzado para recibir, conocer y vivir lo que ellos han recibido, conocido y vivido. Hemos tomado el ejemplo del alpinista: ellos son los primeros de la cordada, pero no basta con contemplarlos si queremos, a imitación suya, alcanzar la cumbre de la santa montaña: es menester seguir su vía y subir por nosotros mismos, por bien que nos ayudemos para ello de sus “presas” espirituales que nos han dejado en el camino.

A este respecto, las obras mayores que nos han dejado estas dos grandes figuras de la Orden de los Carmelitas que son San Juan de la Cruz: Subida al Monte Carmelo, y Santa Teresa de Jesús (Santa Teresa de Ávila): Las moradas se presentan como referencias esenciales, dando testimonio igualmente de esta naturaleza a la vez mística e iniciática de la vía de interioridad cristiana.

Porque, no siendo Dios, estos hombres no han podido dejar, por un rito específico –un sacramento- la gracia y el carácter que su propia ascesis les ha permitido conquistar. Como tampoco un santo cristiano no ha podido transferir a cualquier otro, una parte de su propia santidad y salvar de este modo a nadie. Solamente su ejemplo y sus plegarias pueden actuar en beneficio de un alma o del conjunto de la humanidad (ésta es por otra parte una de las enseñanzas de la Iglesia sobre los efectos de la Comunión de los Santos, en el Cielo y en la Tierra). Sin embargo, estas grandes almas nos muestran que “esto es posible”, que es posible alcanzar esta santidad, esta perfección espiritual, en la medida que cada ser lo quiera de verdad.

Estas grandes almas nos muestran el camino, a través de las enseñanzas y ritos que su estado de despertar y realización personal, les ha podido permitirles recibir y manifestar. Pero ellas no son –en sí mismas- el camino. Cristo, él, sí que es el camino: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie va hacia el Padre sino por mí” (Juan XIV, 6). Cuando lo seguimos, no caminamos solamente “tras él”, o “junto a él”: caminamos en él; entramos en su Presencia; nos encontramos ya en el corazón del (santo) encuentro con Él, con Dios. Este es el sentido del relato evangélico de los peregrinos de Emaús.

Este relato afirma igualmente, a través de este encuentro y este caminar en común, así como con la comida compartida y la fracción del pan, que “ilumina” de inmediato la persona de Jesús a ojos de sus compañeros, este relato afirma que se trata claramente de una relación de alteridad, por así decirlo, entre el Verbo “reconocido” (en todos los sentidos del término) y los peregrinos –y no de una absorción en un divino indiferenciado. El Amor divino que crea, en total don de gratuidad, cada hombre, lo conserva también misteriosamente en la transfiguración de lo no manifestado, esta adopción a la Vida divina: “la comida de las bodas del Cordero” que este episodio anuncia y que es el “lugar” preparado para cada uno por Cristo.

En efecto, si Cristo puede decir: No te pido por ellos sólo, sino por los creyentes en mí mediante su palabra para que todos sean una sola cosa; que como tú, Padre, conmigo, y yo contigo, también ellos sean con nosotros una sola cosa […] Y yo les he dado la gloria que tú me diste para que sean una sola cosa, como una sola cosa somos nosotros; y yo en ellos y tú en mí, para que vengan a perfecta unidad” (Juan XVII, 20-23) y también: “El que me ha visto a mí, ha visto al Padre […] Yo estoy en el Padre, y el Padre está en mí” (Juan XIV, 9-11), es no porque en “última” realidad el Padre y el Hijo (y el Espíritu santo) sólo fueran un único y definitivo No-Ser (o Supra-Ser) en tanto que Causa Primera indiferenciada, sino porque en tanto que Personas, comparten –son- de una misma y una única naturaleza (o substancia como lo denomina igualmente el lenguaje teológico).

Las Tres Personas son coeternas en esta naturaleza, la constituyen y son su expresión, por bien que esto pueda parecer impensable para las mentalidades “orientalistas” anteriormente citadas. Es por lo que la teología cristiana enseña que estas Tres Personas son eternamente subsistentes, ya que no hay orden cronológico en Dios, sino realidades causales en la alteridad de las Personas divinas, si se nos permite decirlo así. Esto no hace de la naturaleza divina un Dios o un estado divino “más allá” y “más metafísicamente verdadero” que las Personas de la Trinidad: una suerte de “Dios a Dios”. El Aïn de los cabalistas (el “nada” en términos de teología apofática), incluso el Aïn Soph (el Supra-Ser) Ilimitado, y así pues Padre Creador), si acaso pudieran identificarse con esta naturaleza (substancia) divina inconcebible, no sabrían cómo ser asimilados a los conceptos hindús, taoísta o búdico del “Gran Todo Universal”, el Cielo-Principio indiferenciado, aunque fuera a través de la noción del No-Ser o Supra-Ser, tan reivindicadas hoy en Occidente como expresión de una espiritualidad de índole superior y evidentemente “iniciática”.

El “yo soy tú” que, al término de la búsqueda en las tradiciones evocadas, viene a ilustrar la fusión del iniciado con un No-Ser entendido no solamente en tanto que no manifestado sino también como indiferenciado, es incompatible con la fe y los sacramentos cristianos.

Desde ésta perspectiva no cristiana, nos situaríamos radicalmente en oposición a la participación de la Vida divina anunciada por Cristo como don final de Dios a los hombres: “participación adoptiva”, “fusión sin confusión”, tales son las enseñanzas de la Iglesia y no “confusión de naturaleza”… Efectivamente, el Génesis nos enseña que la naturaleza del hombre es muy claramente a Imagen y Semejanza divina: imagen (en espejo), semejanza y no identidad. La naturaleza del hombre, aunque firmada y portadora de “la huella de Dios”, ya que está animada por su soplo, no es la naturaleza de Dios, en su “ontología divina” si podemos usar este término; de tal manera que la tradición bíblica (judía y cristiana) es exclusiva de esta (re)absorción del hombre en un divino indiferenciado por con-naturalidad “reencontrada”.

Resulta significativo, en este aspecto que, en la Persona de Jesucristo, se realice la unión sin confusión de estas dos naturalezas: una divina y otra humana. Tendremos ocasión de volver sobre este asunto, al considerar los misterios de la letra hebraica aleph (párrafo IV del presente capítulo y notas núm. 10 y 11). Este acontecimiento único e inaudito en la Historia da testimonio, por una parte, de la distinción radical e inconmensurable entre estas dos naturalezas, como también de su “compatibilidad” en una ilustración “histórica” de la promesa divina hecha al hombre de acogerlo en la Vida trinitaria: puesto que Jesús es el Reino de Dios entre nosotros, cada hombre, en Jesús, por mediación de la Eucaristía, es admitido en el Reino de Dios (en “anticipación” de la Resurrección final), pero no lo “deviene”. Es así que hay que entender estas palabras de las Escrituras: “¡Dioses sois, e hijos del Altísimo todos vosotros!” (Salmos LXXXII, 6 y Juan X, 34).

Precisamente, Cristo dice: voy a preparar sitio para vosotros; y cuando me fuere y os preparare sitio, vendré de nuevo y os llevaré conmigo, para que donde yo estoy estéis vosotros. Y para donde yo voy ya conocéis el camino” (Juan XIV, 2-4). Está claro que Jesús habla a las personas; que habla de sí mismo y del Padre en tanto que Personas. Por supuesto, que no se trata aquí de “individualidades del estado civil”, sino, para el hombre, de un Sí que surge del ser creado por Dios a su Imagen y Semejanza, no de un Sí que finalmente no sería otro que Él mismo –y aún y así puesto que en definitiva Dios Persona no sería otra cosa que ¡una “falsa verdad”!

Dicho de otra manera, las Tres Personas divinas siendo eternamente subsistentes como expresión de la naturaleza misma de Dios, como ya hemos recordado, y Dios, creando al hombre justamente a su Imagen y Semejanza, da pues a cada uno de nosotros una persona, un  espíritu  eternamente  vivo  también  (Hayah  ‘la  viviente’10,  de  los  cabalistas), directamente salido de su Soplo (Yehida el ‘único’11, según la Cábala: la parte del espíritu humano más íntima a Dios, pero que no significa una confusión de naturaleza). El Eterno no vuelve a tomar nunca lo que ha dado: su promesa es, sin ningún tipo de ambigüedad, la participación de cada persona humana en la Vida trinitaria en la Luz de la Resurrección, no su “extinción”, aunque sea en la naturaleza divina, lo que vendría a representar exactamente lo contrario.

Por consecuencia, el secreto “último” de Dios –y la realización iniciática del cristiano- no consiste en una necesaria y final “orientalización” con justificación metafísica y esotérica de la Revelación cristiana, lo que induciría a “borrar” la Santísima Trinidad (negar el Semblante de Dios), sino, muy al contrario, el secreto radica en que el cristianismo revela la última “intimidad divina”: no en un Principio (o estado) indiferenciado en el que cada uno vuelve a ser el “Todo”, sino Tres Personas unidas en la unidad de una única naturaleza (o substancia de dónde la noción teológica de los Padres conciliares de consubstancialidad de las tres Personas) que es Amor, y en la Eternidad a la cuales –la Vida Eterna, “efecto” de la Resurrección de la carne- cada cristiano está realmente llamado, “por adopción” pero no por esencia connatural.


Advertencia al lector:
Las negrillas y subrayado pertenecen al editor del blog, las mismas efectuadas para hacer énfasis en palabras  claves propias de la vía iniciática  que nos presenta la Tradición Cristiana.


Notas:

9 El Génesis I y II nos enseña justamente lo contrario puesto que la cumbre de la Creación, que es el hombre, aparece el 6º día (en particular después de los animales del 5º día y de aquellos otros, terrestres, del 6º día; animales que Dios le presenta a fin de que vea cómo los nombrará: dicho de otra manera, los llamará a una cierta forma de existencia, en tanto que el hombre es Imagen y Semejanza de Dios en el Paraíso).

10 A imagen y Semejanza de Dios, el Viviente por excelencia: significado de uno de los Nombres divinos en la tradición judaica: El Haï (aleph, lamed, heth, iod). Y también esta respuesta de Pedro a Cristo a su pregunta de quién es él para ellos, los Apóstoles: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo”, a lo que Jesús añade inmediatamente: “Dichoso eres, Simón, hijo de Jonás, porque ni carne ni sangre te lo descubrieron, sino mi Padre que está en los cielos” (Mateo XVI, 16-17). No se puede ser más claro respecto a la Revelación. Además, san Pablo enseña: “Nosotros, los que vivimos, los que hemos sido dejados para la venida del Señor, no hemos de anticiparnos en modo alguno a los que han muerto. Porque el mismo Señor, con su mandato, con la voz del arcángel y la trompeta de Dios, bajará del cielo, y los muertos en Cristo resucitarán primero; después nosotros, los vivos, los que hemos quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos, en nubes hacia el aire, al encuentro del Señor; y así estaremos con el Señor perpetuamente” (I Tesalonicenses IV, 15-18). Sin contestación posible, estas “palabras del Evangelio” deben permitir al cristiano –y a cualquiera que pretenda seguir la vía iniciática en el seno del cristianismo- evitar serenamente toda confusión y todo sincretismo con tradiciones o espiritualidades que le son incompatibles.

11 A Imagen y Semejanza de Dios, el Único, el Sólo, el Uno principial: significación de uno de los Nombres divinos en la tradición judaica: Ehad (aleph, heth, daleth).


Acerca del Autor

Pascal Gambirasio d'Asseux

Pascal Gambirasio d'Asseux nació en París en 1951. Abogado, se ha dedicado también a la espiritualidad cristiana. Escritor, conferenciante (invitado de France Culture y de Radio Chrétienne Francophone), ha publicado varios libros -que ahora son referencias reconocidas- sobre la dimensión espiritual de la caballería y la heráldica o la ciencia del escudo de armas, sobre la naturaleza cristiana de la realeza francesa y del rey de Francia, así como sobre el camino cristiano de la iniciación como camino de interioridad y de encuentro con Dios: iniciático, de hecho, lejos de las interpretaciones desviadas que han distorsionado su significado desde al menos el siglo XIX, significa al mismo tiempo origen, inicio e interiorización del proceso espiritual para que, como enseña San Anastasio Sinaí, "Dios haga del hombre su hogar". De este modo, quiere contribuir al (re)descubrimiento de esta dimensión dentro del Misterio cristiano, olvidada o incluso rechazada por unos porque está desfigurada por otros.




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