domingo, 21 de julio de 2019

Por qué una masonería cristiana y caballeresca | Eduardo R. Callaey


Masonería Cristiana

Obra del Pintor Español
José de Ribera | 1591 - 1652

A menudo muchos HH.·. me preguntan ¿Por qué razón existe una masonería cristiana, que se identifica con un credo particular? La respuesta es sencilla:

En sus orígenes la francmasonería nació cristiana; de ello no hay dudas. Basta con leer todo lo que hemos escrito en los últimos años y todas las constituciones medievales, tanto las monásticas como las seculares. También lo fue mayoritariamente en el siglo XVIII, época en que nació lo que denominamos “masonería especulativa”, razón por la cual suelo invertir la pregunta: ¿Por qué razón la gran mayoría de las Obediencias Masónicas dejaron de ser cristianas? 

Inmediatamente llega una segunda pregunta: ¿Por qué una masonería caballeresca? ¿Qué tienen que ver los picapedreros con los caballeros?

La respuesta es también sencilla. Desde los comienzos de la masonería especulativa se reconoce un pasado común entre algunas cofradías de canteros y las órdenes de caballería

Inmediatamente llega una segunda pregunta: 

¿Por qué una masonería caballeresca? ¿Qué tienen que ver los picapedreros con los caballeros? La respuesta es también sencilla. Desde los comienzos de la masonería especulativa se reconoce un pasado común entre algunas cofradías de canteros y las órdenes de caballería.

Mito, leyenda o verosimilitud, los masones del siglo XVIII estaban convencidos de que su pasado estaba encadenado a la nobleza. Los primeros Grandes Maestres de todas las Obediencias europeas eran nobles de espada. Aún hoy el Rito más racionalista y contrario a la caballería utiliza espadas. ¿No se han preguntado por qué utilizan espadas? ¿No se han preguntado por qué razón la mayoría de las estructuras de grados en los diferentes Ritos hablan de caballeros, príncipes, comendadores, prefectos, priores, capítulos, areópagos, campamentos, etc.? ¿Acaso todas estas palabras no provienen de un lenguaje nobiliario y religioso? En este caso también resulta adecuado invertir la pregunta: ¿Por qué razón la mayoría de los masones no busca el origen de sus Ritos?

 Hay dos cuestiones que irritan profundamente a los masones racionalistas. La primera de ellas es no poder ocultar el proceso de sustitución de rituales. Me expresaré más claramente. Todo masón jura por su honor no modificar ni una coma del ritual que recibe en custodia. Este es un deber de todo Venerable Maestro, de cualquier Rito; de modo que si confrontamos los rituales actuales de cualquier rito con los de décadas atrás o un par de siglos atrás y vemos que no concuerdan, pues eso significa sólo una cosa: Que ha habido un perjuro o varios, a lo largo del tiempo. Se trata de un tema político, cuyo fin es la sustitución paulatina del carácter original de la francmasonería. De modo tal que, como suelo afirmar, muchos de los actuales rituales no son otra cosa que el resultado del trabajo de una larga, larga cadena de perjuros.

En algunos casos estos cambios nacieron de acuerdos legítimos, en el seno de algunos Grandes Orientes. En otros se hizo –y se hace- de manera subrepticia. De facto. En conclusión, podría afirmar y demostrar que la mayoría de las Obediencias en América Latina no resisten una confrontación de sus rituales: Han sido sustituidos por otros más “agiornados”, más a tono con los tiempos, más democráticos, más laicos. Desde esta perspectiva el problema no radica en por qué razón sostenemos una masonería tradicional, anclada a sus orígenes sino, en tal caso, ¡por qué razón se modificó y se modifica, permanentemente, su carácter original! Explicar esto incomoda mucho a los masones racionalistas.

La segunda tiene que ver con la cuestión del libre pensamiento y la democracia. Algunos masones creen que la única forma de gobierno de una Orden Masónica es mediante el ejercicio de la democracia. Y si hay algo que distingue a la masonería de cualquier otra institución es su carácter piramidal; el avance paulatino a través de los grados y finalmente el acceso a una comprensión más profunda de los misterios que persiguen al hombre desde sus primeros pasos en la tierra. Quién soy; de dónde vengo, a dónde voy. La masonería, como Orden Iniciática ha sido pensada para dotar al hombre de las herramientas necesarias para que pueda responder finalmente a estas preguntas.

Heredera de las antiguas Escuelas de Misterios, la francmasonería nos coloca una y otra vez ante diversos Pórticos de Delfos que nos indican una búsqueda, nos transmiten un mandato, nos otorgan un idioma y nos invisten de manera adecuada para llevar adelante esta misión.

Por supuesto que esto tiene poco que ver con lo que hoy se hace en una gran mayoría de logias. Pero esa era la idea, la de nuestros ancestros y si la han cambiado el problema no es nuestro.

Decía Ramsay que todo masón en un verdadero caballero. Pero esto no es fácil de digerir. ¿Cómo encaja un caballero en un mundo al extremo secularizado, en medio del relativismo, anclado en el hedonismo y –en el mejor de los casos- inclinado a cierta vocación filantrópica? 

Filantropía es una palabra demasiado laxa para la caballería; una suerte de insulto para quien ha leído algo del Libro de la Caballería de Raymon Llul o cualquiera de sus contemporáneos. El concepto de caballería tal como ha sido concebido en Occidente está ligado al sacrificio, a la defensa del desvalido, a la lucha por la justicia y la verdad y a la defensa de la religión. Un caballero nos es un gentleman de buenos modales que da lo que le sobra.  

En el siglo XVIII los masones franceses, en su mayoría fuertemente influidos por sus hermanos escoceses, establecieron una fuerte alianza con las órdenes de caballería resurgidas luego del largo reinado de las guerras de religión, especialmente en Alemania, Inglaterra, el Imperio de los Austria y los países escandinavos. La francmasonería fue el atanor en el que se gestó un gran movimiento ecuménico cristiano que tendió puentes poderosos entre el norte protestante y el sur católico. Y tuvo éxito. De allí que Roma se apresurase a excomulgarnos.

El Régimen Escocés Rectificado es hijo de esa alianza que algunos intentamos sostener, pese a todo, en pleno siglo XXI. Por supuesto, al igual que ocurre con los racionalistas, tenemos nuestros propios delirantes que, sin tregua pero sin pausa, intentan introducir nuevas “interpretaciones”, buscando dónde correr la coma o la señal que los haga elegidos.

No les alcanza con el mandil del masón, ni con el manto del caballero. Son versiones descoloridas de Harry Potter, o peor aún, aprendices de brujo que le hacen tanto mal a la francmasonería como aquellos que un día decidieron decretar los funerales de Dios.   



miércoles, 5 de febrero de 2014

Nota al Lector:
Las negrillas corresponden al Editor del Blog JerusalenCeleste

Fuente:

Temas de Masonería
Blog personal de Eduardo R. Callaey

Link:
https://eduardocallaey.blogspot.com/2014/02/por-que-una-masoneria-cristiana-y.html?fbclid=IwAR1e8LCqw9A9di_GA5Am9gM8SQaebPC4anKOQKl-uy_FJXovdWf5OZ-8HMA


miércoles, 17 de julio de 2019

La preocupación por el alma / Serafín de Sarov (1754 - 1833)


Masonería Cristiana



El cuerpo del hombre se parece a una vela prendida. 

La vela debe quemarse y el hombre debe morir. 

Pero su alma es inmortal y por esto nuestra preocupación debe ser mayor por el alma que por el cuerpo: 

"¿Qué aprovechara al hombre, si ganare todo el mundo, y perdiera su alma? O ¿qué recompensa dará el hombre por su alma?" (Mt. 16:26), por la cual nada en el mundo puede servir de recompensa. 

Si un alma, por sí sola, es más preciosa que todo el mundo y el reino terrenal, entonces, es sin duda más precioso el Reino de los Cielos. 

Consideramos el alma como lo más valioso porque - como dice san Macario el Grande - Dios no se dignó a comunicarse ni a unirse con Su naturaleza espiritual a ninguna criatura visible, a excepción del hombre, al cual ama más que a todas Sus criaturas.


Acerca del Autor

Serafín de Sarov
 Biografía 
Fuente: 
Wikipedia


domingo, 14 de julio de 2019

El Fruto de la Nada | Extractos | Maestro Eckhart


Masonería Cristiana

La Adoración del Cordero Místico
obra maestra de los hermanos Van Eyck
 Estilo Gótico Año 1432 



Sobre el templo vacío

El templo en el que Dios quiere dominar según su voluntad es el alma del hombre… esa es la razón por la que Dios quiere tener el templo vacío, para que ahí dentro no haya nada que no sea él. (35)

Si quieres vaciarte absolutamente de toda mercancía, de forma que Dios te deje estar en el templo, todo lo que hagas en tus obras debes cumplirlo únicamente por el amor de Dios y mantenerte tan vacío de todo como vacía es la nada, que no está ni aquí ni allí. No tienes que pretender absolutamente nada. Si actúas así, tus obras serán espirituales y divinas. 37

Cuando el alma alcanza la luz sin mezcla, entonces penetra en su nonada, tan lejos de su ser creado que no puede regresar de ninguna manera por fuerza propia a su ser creado. Y Dios, a causa de su ser increado, sostiene su nonada y la contiene en su ser. El alma se ha arriesgado a ser anonadada y no puede, por sí misma, retornar a sí misma… (38)

La virginidad del alma

Virgen indica alguien que está vacío de toda imagen extraña, tan vacío como cuando todavía no era. (…) Si estuviera en el ahora presente, libre y vacío, por amor de la voluntad divina, para cumplirla sin interrupción, entonces verdaderamente ninguna imagen se interpondría y yo sería, verdaderamente, virgen como lo era cuando todavía no era. 41

Vivir sin porqué

Aquí el fondo de Dios es mi fondo, y mi fondo es el fondo de Dios … Desde este fondo interior debes hacer todas tus obras, sin porqué… Si alguien se imagina, verdaderamente, que por la interioridad, la devoción y la gracia especial va a recibir más de Dios que junto al hogar o en el establo, entonces no hace algo distinto que si tomara a Dios y le cubriera la cabeza con una manta… Quien busca a Dios sin modo, lo comprende tal como es en sí mismo… 49

Ahora Dios no te pide otra cosa sino que salgas de tu modo de ser creatural y que dejes a Dios ser Dios en ti. 49

Todas las cosas han sido creadas de la nada; por eso su verdadero origen es la nada, y en la medida en que aquella noble voluntad se inclina hacia las criaturas, cae con éstas en su propia nada. 50.

No hay que comprender a Dios ni considerarlo como algo ajeno a mí… Alguna gente simple se imagina que deberían ver a Dios como si estuviera allí y ellos aquí. Pero esto no es así. Dios y yo somos uno. 55.

El anillo del ser

Lo más pequeño que se conoce de Dios, aunque sólo sea una flor, al tener un ser en Dios, es más noble que el mundo entero. Lo más pequeño que en Dios es, en cuanto que es un ser, es mejor que conocer a un ángel… Para Dios nada muere, todas las cosas viven en él. 59

Debes atravesar y superar todas las virtudes y, debes tomar la virtud sólo en aquel fondo en donde es una con la naturaleza divina. 65

La imagen desnuda de Dios

[El hombre] no debe aceptar a Dios por su bondad o su justicia, sino que debe comprenderlo en la sustancia pura y limpia en la que él se comprende a sí mismo en su pureza. Pues la bondad y la justicia son un vestido de Dios que le ocultan. Por eso, aparta de Dios todo cuanto lo reviste y tómalo puro en el vestidor en donde está descubierto y desnudo en sí mismo. Entonces permaneceréis en él. 67

Si el hombre se une a Dios por amor es desnudado de las imágenes y formado y transformado en la uniformidad divina, en la que él es uno con Dios. 69

Los pobres de espíritu

…Un hombre pobre es el que nada quiere, nada sabe y nada tiene. 75

Si el hombre quiere ser verdaderamente pobre debe mantenerse tan vacío de su voluntad creada como cuando todavía no era (…) Os digo que mientras queráis cumplir con la voluntad de Dios y tengáis deseo de Dios, no seréis pobres. (…) Por eso rogamos a Dios que nos vacíe de Dios y que alcancemos la verdad y la disfrutemos eternamente, allí donde los ángeles supremos y las moscas y las almas son iguales… 76-77.

El fruto de la nada

Cuando el alma llega a lo uno y allí entra en un rechazo puro de sí misma, encuentra a Dios como en una nada. A un hombre le pareció en un sueño – era un sueño de vigilia – que estaba preñado de la nada, como una mujer lo está de un niño, y en esa nada había nacido Dios; él era el fruto de la nada. Dios había nacido de la nada. (…) Veía a Dios, en quien todas las criaturas son nada,.Veía a todas las criaturas como una nada, pues Dios tiene en sí a todos los seres… La nada era Dios. (91)

Cuando el alma es ciega y no ve nada más, entonces ve a Dios… Un maestro dice: en su pureza más alta, el ojo, en donde no tiene color [en sí mismo], ve todos los colores… A través de lo que no tiene color se ven todos los colores. 93

Otros sermones:

Quien quiera ver a Dios tiene que ser ciego. (97)

El hombre debería estar en su anhelo tan separado de sí mismo que no debería pensar en nadie ni en nada que no fuera deidad en sí misma, ni tan siquiera en la bienaventuranza, ni en esto ni en lo otro, sino en Dios como Dios y la deidad en sí misma… Por eso separa todo añadido de la deidad y tómala desnuda en sí misma. 102

Tratados Del hombre noble

El sexto grado es cuando el hombre ha sido desnudado de su propia imagen y transfigurado por la eternidad divina, y ha conseguido un olvido totalmente perfecto de la vida perecedera y temporal… Por encima no hay más grados, y allí hay paz eterna y bienaventuranza. (…) Cuando un maestro hace una imagen de madera o piedra, no introduce la imagen en la madera, sino que corta las astillas que han ocultado y recubierto la imagen; no añade nada a la madera, sino que golpea y esculpe la cobertura y saca la escoria y entonces resplandece lo que estaba oculto debajo. Ese es el tesoro que estaba oculto en el campo. (Mateo 13, 44). 118

Del ser separado

El recto ser separado no es otra cosa sino que el espíritu permanezca inmóvil ante todo asalto del cuerpo y del dolor, honor, vergüenza y oprobios, tanto como lo hace una montaña de plomo ante un viento débil. (…) Y debe saber: estar vacío de todas las criaturas es estar lleno de Dios, y estar lleno de todas las criaturas es estar vacío de Dios. 129

Distingue entre el hombre interior y el hombre exterior

Una puerta se abre y se cierra en un gozne. Ahora yo comparo la plancha exterior de la puerta con el hombre exterior; el gozne, sin embargo, lo tengo por igual al hombre interior. Cuando la puerta se abre y cierra, entonces se mueve la plancha exterior de aquí para allá y, con todo, el gozne permanece inmóvil en su lugar y no por ello cambia. (…) El objeto del puro ser separado no es ni esto ni lo otro. Se halla sobre una pura nada… 132

Si quiero escribir sobre una tablilla de cera, entonces no puede haber nada escrito sobre ella, por muy noble que sea… Si a pesar de todo quiero escribir, entonces debo borrar y vaciar todo lo que está sobre la tabla, y ésta nunca se me presenta tan bien para escribir como cuando no hay absolutamente nada. De forma muy parecida si Dios… debe escribir en mi corazón, entonces debe salir todo de mi corazón. (…) El corazón separado no pide absolutamente nada,… Por eso permanece vacío de todos los rezos, y su oración no es otra cosa que ser uniforme con Dios. 133

Dionisio dice: la carrera no es más que un retorno de todas las criaturas y un unirse en la descreación. Y cuando el alma llega a este punto, entonces pierde su nombre y Dios la atrae hacia sí, de manera que se anonada, así como el sol atrae hacia sí a la aurora para que se aniquile. (…) Pero la paz absoluta no está en ninguna parte excepto en un corazón separado. 134

Del poema: Grano de mostaza

IV

El camino te conduce / a un maravilloso desierto / a lo ancho y largo / sin límite se extiende. / El desierto no tiene / ni lugar ni tiempo, / de su modo tan sólo él sabe. (…)

V

Está aquí y está allí / está lejos y está cerca, / es profundo y es alto, / en tal forma creado / que no es esto ni aquello. //

VI

Es luz, claridad, / es todo tiniebla, / innombrado / ignorado, / liberado del principio y del fin, / yace tranquilo, / desnudo, sin vestido / (…)

VII

Hazte como un niño, / ¡hazte sordo y ciego! / tu propio yo / ha de ser nonada, / ¡atraviesa todo ser y toda nada! / Abandona el lugar, abandona el tiempo / ¡y también la imagen! / Si vas sin camino / por la senda estrecha, / alcanzarás la huella del desierto. /

VIII

¡Oh alma mía, / sal fuera, Dios entra! / Hunde todo mi ser / en la nada de Dios / ¡Húndete en el caudal sin fondo! / Si salgo de ti, / tú vienes a mí, / si yo me pierdo, / a ti te encuentro. / ¡Oh Bien más allá del ser! 141-142

Proverbios y Leyendas

¿Adónde tengo, pues, que ir? Absolutamente a ninguna parte, a no ser a una naturaleza desnuda y vacía: ella me podría enseñar lo que yo le preguntaba con palabras… Toda perfección reside en aceptar sufrir la pobreza, la miseria, el oprobio, las contrariedades y todo aquello que pueda suceder…, de forma voluntaria, jovial y libre, con placer y apaciblemente, sin estremecerse, y así permanecer hasta la muerte sin ningún porqué. 145

En todo lo que hay sobre la tierra y sobre el cielo nada le puede turbar, debe hallarse en tal paz que si el cielo y la tierra se hallarán invertidos, encontraría paz en Dios. 149

Un Avemaría dicha de todo corazón y con desprendimiento tiene más fuerza y bondad que mil salterios dichos de cara a la exterior. 157


Acerca del Autor

Masonería Cristiana


miércoles, 10 de julio de 2019

¿Por qué somos Templarios? | Eduardo Callaey



Razones para una caballería del siglo XXI  


Masonería Cristiana


En la imagen el rey Balduino II cede las caballerizas del Templo de Salomón a Hugues de Payns y Gaudefroy de Saint-Homer hace 900 años, en 1119 / Grabado del manuscrito de Guillaume de Tyr, siglo XIII, Histoire d’Outre-Mer 



Hace tiempo atrás, luego de una ceremonia de investidura de caballeros, sentí la necesidad de explicarme a mí mismo qué nos llevaba a todos esos individuos reunidos en la capilla de un convento a jurar perpetuar, bajo el manto de la Cruz, los nobles ideales del honor, la integridad, la caridad, el alivio del sufrimiento y la unidad religiosa en la imitación personal de Dios Nuestro Señor. ¿Qué era ser un caballero? ¿Qué hacía que en esa capilla nos convocáramos para conjurar la decadencia del mundo del que apenas nos separaba un muro de adobe? ¿Cómo haríamos para sostenernos firmes en un modelo que aspiraba –nada menos– que a emular a los Pobres Caballeros de Cristo del Templo de Jerusalén? Escribí, entonces, algunas líneas que reproduzco más abajo, tratando de comprender la naturaleza de esta caballería del siglo XXI.

Los novecientos años que nos separan de la fundación de la Orden del Temple, aniversario que la OSMTH celebrará en el castillo de Tomar en el próximo otoño boreal, representan un abismo de tiempo en el que el mundo occidental ha sufrido profundas mutaciones. Podemos, sin dudas, entender que muchas de dichas mutaciones obedecen a los avances en el derecho igualitario de los individuos, al advenimiento de sistemas democráticos que, paradójicamente, encuentran mayores antecedentes en el mundo medieval que en la antigüedad clásica. Incluso podemos alegrarnos de que el derecho a la vida y a la libertad se haya consagrado como fundamento de nuestra cultura. Sin embargo, al mismo tiempo que la humanidad –especialmente el espacio cultural cristiano, como lo definiría el teólogo catalán Raymon Panikkar– ha logrado dichos avances, hay signos alarmantes de un deterioro moral sin precedentes, en paralelo con una vertiginosa decadencia espiritual y, principalmente, un discurso violento en contra del cristianismo, impulsado por un relativismo llevado a los extremos, en el que más que la vida se celebra la muerte. El papa Francisco lo definiría como la política del descarte. Yo, liberado de la diplomacia vaticana, afirmaría que se trata de un plan hábilmente delineado para socavar la fortaleza espiritual del ser humano, la única que lo hace diferencia de las bestias.

En términos de nuestra visión espiritual del hombre y del cosmos la humanidad de ha vuelto menos humana. Y esa deshumanización que nos rodea y nos lanza a la soledad propia del individuo que –negador de la paternidad de Dios– no reconoce al otro como Hermano, es a la vez el motor que nos impele a buscar ese juramento que nos esperanza.

Entre aquellos muchachos –que apenas superada su pubertad velaban las armas ante la imagen de María– y nosotros, hombres sacudidos por el vendaval de un mundo en perpetua mutación, hay un elemento en común: Formamos parte del mismo hilo que, atravesando siglos y mareas, invasiones y guerras, infortunios y felicidades, creemos que hay principios inmutables a los que ni la posmodernidad, ni el hombre líquido de Zigmunt Bauman, ni todo el aparato conjurado en contra de las bases cristianas de la sociedad podrían quitarnos el honor, la dignidad, la fe y el servicio al que nos atamos en solemne juramento.

En aquel artículo escrito hace dos años recordaba la plegaria de un escudero, la noche de vigilia, previa a ser armado caballero:

            “…Te saludo Virgen María, que has derrotado al mal, esposa del Altísimo y madre del más dulce cordero. Reina eres de los cielos, Salvadora de la Tierra; 

los hombres suspiran por Ti y los malvados te temen.”

           “…Tú eres la ventana, la puerta y el velo, el patio y la casa, el templo, la tierra, lirio por Tu virginidad y rosa por Tu martirio.”

“Tú eres el huerto cerrado, la fuente del jardín que lava a los mancillados, purifica a los corrompidos y da vida a los muertos...”

         “…Tú eres la dueña de los tiempos, la esperanza, después de Dios, de todos los siglos,pabellón de reposo del rey y asiento de la divinidad.”

     “…Tú eres la estrella que brilla en el oriente y disipa en el occidente las tinieblas, la aurora que anuncia el sol y el día que ignora la noche…”

   “…Tu que has engendrado al que no engendra, confiada como madre que ha cumplido su misión, reconcilia al hombre con Dios. Ruega, Madre, al Dios que diste a luz, para que nos absuelva y, después de perdonarnos, nos confiera la gracia y la gloria. Amen…”

Difícil imaginar a un adolescente de diecisiete años, en el siglo XXI, rezar esta plegaría en la penumbra de una iglesia, iluminado apenas por un pábilo, frente a un altar desnudo, acompañado de su padrino. Lejano a nuestra cultura ha quedado el ritual de la “vela de armas”, en la que hombre dejaba atrás, definitivamente, el mundo de los niños para asumir su papel y su destino frente a Dios, su Iglesia y la comarca sobre la que tendría responsabilidad sobre vidas y bienes.

 Pero este ritual era muy común en el siglo XII. Frente al escudero se colocaba su espada, aquella que lo acompañaría el resto de su vida, para la salvación o la condenación de su alma. Su alma y su espada serían reflejo una de la otra. Si el alma era pura la espada se empuñaría con pureza en una causa justa. Si el alma era impura el acero se volvería negro, dominado por las tinieblas de la ambición y el orgullo.

El siglo XII era un mundo de blancos y negros, sin demasiado lugar para tantos matices. La duda era una pesada carga que los espíritus evitaban a toda costa. Resultaba casi inhumano darle lugar a la angustia existencial en un entorno donde todo era rudo, tanto para el siervo que a duras penas cosechaba su siembra, como para el castellano que debía proteger su terruño, y con él a sus gentes con sus huertos y pastoreos y también a su propio Señor. En la pirámide feudal todo era un equilibrio en constante riesgo. Un universo tan inestable necesitaba reglas certeras, firmes, permanentes.

 Es cierto que la caballería puede vislumbrar antecedentes en el mundo clásico, especialmente en Roma. Pero fue en la Edad Media, y en particular en el siglo XII donde encontró sus modelos más perfectos y alcanzó la cumbre de la aspiración virtuosa. Fue un largo proceso surgido de la necesidad de encontrar un orden justo, en armonía con la fe que ocupaba todos los espacios de la sociedad. Un devenir de transformación en transformación, producto del pensamiento colectivo de señores y clérigos, reyes y abades, que perseguían el sueño de recuperar Jerusalén, perdida a mano de los paganos en el siglo VII. Pero, a su vez, se trataba de la búsqueda de la propia Jerusalén, una que existía en la conciencia profunda de cada cristiano y que encarnaba la esperanza de la vida eterna, el sentido escatológico de la tragedia humana.

Eran tiempos difíciles, ciertamente. Pero en términos de fe corrían con cierta ventaja respecto de nosotros. Los ideales estaban atados a esa fe; y a ningún padre le faltaba el coraje para educar a sus hijos en el amor y en el temor a Dios, enseñando la prudencia antes que la liviandad; la humildad antes que la ostentación; el respeto al anciano y a las mujeres antes que la vaguedad irresponsable que conduce a nuestra sociedad a la deriva. Se veneraba a los héroes y más aún a los que habían muerto por sostener los juramentos de la caballería. Los niños sabían que sus días de juegos estaban contados y serían escasos. Que la vida no era un paseo gratuito y prolongado sino uno corto en el que cada jornada sería examinada en el final, cuando cada quien fuese sometido al juicio en las puertas del cielo.

La libertad era un bien amado al que sólo unos pocos se les otorgaba como gracia. Aún así nadie era verdaderamente libre, porque la conciencia pesaba tanto como el contexto. Era un mundo en donde el corrupto, el traidor, el malviviente y el cruel no podían mimetizarse tan fácilmente como ocurre en nuestro mundo pleno de anonimato. Quien era libre sentía una gratitud de tal magnitud frente a la Providencia que, cuando un caballero renunciaba a ella para vestir el hábito de monje se producía a su alrededor un silencio reverencial, como si hubiese nacido un santo. Aquél que teniendo el don de la libertad renunciaba a ella para someterse a una Regla en donde el único destino era la pobreza, la abstinencia y la obediencia en eterna observancia del servicio a Dios, era sin dudas de los más valientes entre los hombres. Así lo narran las crónicas y así lo atestiguan miles de nombres de grandes guerreros enterrados en los camposantos de las abadías de toda Europa.

En el siglo XII -en el que dos frentes de batalla se libraban contra los sarracenos, en España y en el Levante- surgió con potencia inusitada el deseo de reunir ambos órdenes, el de la caballería y el de la vida monástica, y nació un nuevo tipo de caballero, mitad guerrero mitad monje. La caballería ocupó entonces la cúspide del modelo cristiano. Estas órdenes monástico militares amalgamaron, en un solo corpus, el humus de muchas tradiciones forjadas entre Finisterre y las estepas del Este. Desde tiempos romanos, invasión tras invasión, los bárbaros habían moldeado el sincretismo entre las tradiciones de Roma –a las que no querían renunciar sino abrazar- y las propias, que terminarían enriqueciendo a las viejas instituciones del antiguo Imperio.

De todos los libros que se han escrito sobre la caballería hay uno que destaca, tanto por su originalidad como por el rumbo que traza. Lo debemos a la pluma de Ramón Llull (1235-1315), teólogo, filósofo y místico catalán, publicado en 1276 con el nombre “Libro de la Orden de Caballería”. Se cree que fue escrito para un escudero que debía ser armado caballero. Su lectura es materia obligatoria para todo aquél que pretenda comprender esta condición; permítaseme citar cuatro párrafos de su Primera Parte titulada “Del Principio de la Caballería”

“…Faltó en el mundo la caridad, lealtad, justicia, y verdad; empezó la enemistad, deslealtad, injuria y falsedad; y de esto se originó error y perturbación en el Pueblo de Dios, que fue creado para que los hombres amasen, conociesen, honrasen, sirvieren y temiesen a Dios. Luego que comenzó en el mundo el desprecio de la justicia por haberse opacado la caridad, convino que por medio del temor volviese a ser honrara la justicia: por esto todo el pueblo se dividió en millares de hombres y de cada mil de ellos fue elegido y escogido uno, que era el más amable, más sabio, más leal, más fuerte, de más noble ánimo de mejor trato y crianza que todos los demás…”

“…Se buscó también entre las bestias la más bella, que corre más, que puede aguantar mayor trabajo, y que conviene más al servicio del hombre; y porque el caballo es el bruto más noble y más apto para servirle, por esto fue escogido, y dado a aquel hombre que entre mil fue escogido; y este es el motivo por el que aquel hombre se llama caballero…”

“…Habiéndose destinado para el hombre más noble el bruto más generoso, convino que entre todas las armas se escogiesen y tomasen las que son más nobles y conducentes para combatir y defenderse de las heridas y de la muerte; y estas son las que se apropiaron al caballero…”

“…Al que quiere entrar en la Orden de la Caballería le conviene considerar y meditar el noble principio de la Caballería; y es menester que la nobleza de su corazón y buena crianza lo haga concordar y avenir con el principio de la Caballería, porque si no lo hace así, es contrario al Orden de Caballería y sus principios; por esto no conviene que la Orden de Caballería admita en la participación de sus honras a los que la son enemigos, contrarios a sus principios…”

Ramón Llull describe en su libro al oficio del caballero, cómo debe ser examinado el escudero que será armado caballero, al modo en el que debe ser recibido en la caballería, a la significación de las armas y de sus costumbres. Finalmente habla de la honra que se debe hacer al caballero. Afirma Llul que así como un Príncipe o Rey o Señor de un Estado no puede serlo sin haber sido armado caballero, por esa misma razón le debe respeto y honra al caballero, pues es a quien, en definitiva, tendrá a su lado en el campo de batalla.

Pero, en estos primeros párrafos, encontramos la justificación del caballero: el mundo que ha engendrado la injusticia, la enemistad, la deslealtad, la injuria y la falsedad y necesita de hombres que reparen ese desorden, poniendo en juego todo lo que sea necesario. ¿No es acaso la descripción del mundo que nos rodea? El escudero recitaba la divida de la Orden de Caballería: Mi alma a Dios, mi vida al rey, mi corazón a mi dama, mi honor a mí. Pero todo se resumía en el honor, que dependía de mantener vivo el oficio de caballero, y ejercerlo.

El siglo XXI adolece de todas las faltas de las que se lamenta Llull, y que dieron lugar a la creación de la Orden de la Caballería; pero a diferencia del siglo XII, en este siglo son muy pocas las personas que pueden asumir este compromiso. El honor es relativo, entonces todo se ha vuelto mucho peor, pues el alma está en interdicto, la vida se reserva para el único y propio beneficio, el corazón ha cedido el amor a la simplicidad del vínculo frágil, efímero, y a nadie importa qué significa exactamente la honorabilidad.

Es justamente por esta carencia, que la Orden de la Caballería ha perdurado, aún en una mínima y desapercibida existencia, y comienza a sacudirse del profundo letargo al que había quedado relegada en los últimos dos siglos. Nos toca vivir en un mundo donde los valores de la fe, el honor y la justicia se guardan en la intimidad por temor a desentonar con los tiempos. La cultura se convierte en multicultura, es decir, en todas y ninguna. La vaguedad de conceptos en cuanto a temas sensibles como “familia”, “religión”, “tradición” y “deber” son inmediatamente sospechados de ideologismos vinculados con el oscurantismo, la segregación, la discriminación y el ataque a la libertad de conciencia.

Durante décadas, especialmente luego de terminada la Segunda Guerra Mundial, Occidente vio crecer un movimiento libertario que vino a poner en la picota a todos estos valores que conformaban la sociedad construida durante siglos. El mayo francés, el existencialismo, el deconstructivismo y el relativismo como conjunto del abandono radical del modelo cristiano nos ha dejado un vació de valores tan extremo que nos lleva a una sociedad al borde de su extinción cultural. Bernadr Tschumi –se dice que es uno de los arquitectos que mejor ha interpretado a la filosofía decontructivista de Jaques Derrida- afirma que La forma no sigue más a la función. Si la respectiva contaminación de todas las categorías, las constantes substituciones y confusiones de géneros son las nuevas directivas de nuestra época, lo mejor sería tomarlas en nuestro provecho.[1]

Si Tschumi está en lo cierto (me asombra su frase “las iglesias se convierten en discotecas”), ya no deberían existir pilares, ni principios, ni siquiera cimientos, porque cualquier cosa puede ser sustituida por otra. Sin embargo, la experimentación intelectual está lejos de representar al grueso de una sociedad confundida.

En la medida en que tomemos conciencia de esta confusión entenderemos que el rol de la Caballería en el Siglo XXI sigue siendo el mismo que en el siglo XII, con la sola diferencia de que no tiene el monopolio de las armas, que han pasado a manos de los Estados Nacionales. La Caballería sigue representando la búsqueda de todo aquello que Ramón Llull expresaba cuando, al principio de su libro describe como la crisis de ausencia de valores que dio sentido a la existencia del Caballero.

Fuente:


Artículo autorizado y cedido gentilmente por su Autor: Eduardo Callaey, para ser publicado en este blog.

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domingo, 7 de julio de 2019

De Trinitate | San Basilio | Homilías | Extractos

Masonería Cristiana
La Trinidad
Grabado Siglo IX
Autor desconocido


El que no confiesa la comunidad de la esencia en la Divinidad cae en el politeísmo; la naturaleza del Padre, la del Hijo y la del Espíritu Santo es una e idéntica. Sin embargo, en la Divinidad una, la identidad de la naturaleza está diversificada en tres  Hipóstasis  , de tal manera que la individualidad de las Personas se encuentra en una esencia, y la única Divinidad se reconoce en tres Hipóstasis perfectas. 

Epístola II, 10, 
San Basilio



El Padre existe y posee el ser perfecto, raíz y fuente del Hijo y del Espíritu Santo. El Hijo existe, en plenitud de divinidad, Verbo viviente e Hijo sin defecto del Padre. El Espíritu es también pleno, perfecto y completo, considerado en Sí mismo. 


Homilía 24, Contra los Sabelianos, 4, 
San Basilio


Es imposible ver la Imagen del Dios invisible, salvo en la iluminación del Espíritu. Quien fija los ojos en la Imagen no puede separar de ella la luz, pues lo que causa la visión es visto necesariamente con lo que se ve. 

Así, propiamente hablando, por la iluminación del Espíritu, discernimos el esplendor de la gloria de Dios (el Hijo: Hb 1:3), y por la Impronta (el Hijo) somos conducidos a la gloria de Aquél (el Padre) a quien pertenecen la Impronta y el sello de la misma forma (el Espíritu Santo). 


Sobre el Espíritu Santo, 26, 
San Basilio






Acerca del Autor
Fuente Wikipedia

miércoles, 3 de julio de 2019

El templo Interior | Extractos | por Blog Misterio Cristiano


Masonería Cristiana



La Estrella Interior. Templo y Liturgia. Santidad

Dios unido al hombre por medio de la sacralidad. Ahora nos tocaría preguntarnos cómo afecta la sacralidad a nuestro interior, ya que el sentido de “lo sagrado” es posibilitar re-unirnos con la Divinidad.

Vimos que la realidad se nos revela como sagrada y que por medio de ella podemos acercarnos a Dios. Los dos ejes, espacio y tiempo, se alían para religarnos con Dios por medio el la revelación contenida en las analogías de las que el universo está lleno. Estas analogías nos llevan a tener certeza de Dios y de la existencia de un objetivo por el que todo lo creado. Encontramos el sentido de todo y todos, que es el Logos, Cristo. 

Pero el espacio y el tiempo sagrados no son un fin en si mismos, ya que actúan sobre el hombre como medios para facilitar su reunión de Dios. Espacio y tiempo sagrados se cruzan en el punto que somos cada uno de nosotros. La sacralidad penetra hacia el interior de cada uno de nosotros buscando encontrar resonancia. Si no resonamos a igual frecuencia y fase, que el mensaje sagrado, seremos incapaces de reconocer la revelación y utilizarla como medio de reunión con Dios.

El Templo interior y la Liturgia interior se suelen asimilar a una estrella, una estrella que brilla en nuestro interior. La estrella interna llena de luz al Templo interior y marca el ritmo de la Liturgia interior. El cristianismo le llama santidad y no es más que transformación que el Espíritu Santo obra en nosotros cuando le permitimos ser el protagonista de nuestra vida. Cristo nos dijo "Sed santos como vuestro Padre Celestial es Santo" (Mt 5, 48), por lo que la santidad es más que una opción. Es un mandamiento. La santidad se puede comparar con la transparencia de nuestro ser a la Voluntad de Dios. Cuando somos transparentes al Espíritu, la Estrella Interna brilla en nosotros y puede iluminar a quien se acerca.

La resonancia interna se produce a nivel del ser: emocional, volitivo e intelectual, por medio de la intuición, vivencia y conocimiento de la revelación. Allá donde el intelecto no puede penetrar con facilidad, la intuición nos permite empezar a abrir sendas por las que caminar. No es lógico pensar en un re-ligamiento con Dios de carácter parcial, ya que representaría una contradicción con la plenitud de Dios actuando en nosotros. Por esto es necesario utilizar emoción, voluntad e intelecto de manera simultánea y no priorizar una sobre otra vía. Una mística únicamente emotiva, el activismo o intelectualidad encerrada en sí mismo, nos condiciona a ver parcialmente la grandeza de lo creado y revelado. Entiéndase mística como el camino de acceso al “Misterio Cristiano” en su parte abarcable por nuestras limitaciones humanas y personales. Limitaciones que son, en parte, debidas a nuestra naturaleza humana y en parte, nuestras características personales.

En nuestro interior existe un espacio-tiempo sagrado de características diferenciadas al espacio-tiempo externo. Entendemos que este espacio sagrado interno se asimila con nuestra persona y nuestra persona empieza a ser sagrada en el propio cuerpo físico tal como indica San Pablo: 

"¿No sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, que está en vosotros, que tenéis de Dios, y que no sois vuestros?" (1 Cor. 6:19). Pero sin olvidar que el cuerpo la representación física de lo que somos cada uno de nosotros: "Escúchenme todos y traten de entender. Ninguna cosa que entra en el hombre puede hacerlo impuro; lo que lo hace impuro es lo que sale de él. El que tenga oídos para oír, que oiga" (Mc 7, 14).

Por medio del sacramento del bautismo nos hacemos templos del Espíritu Santo, pero la gracia del sacramento no es suficiente para hacer transparente nuestra naturaleza caída y limitada. La Estrella Interior de cada bautizado se hace posible de manera similar (análoga) a la realidad del espacio-tiempo arquitectónico-litúrgico. 

Desde los sólidos cimientos que representan la gracia recibida en el bautismo, hasta los muros y las bóvedas de crucería que se van construyendo por medio de los demás sacramentos y por el “sacrificio” voluntario de cada persona. Entiéndase sacrificio como “sacrum facere”, hacer algo sagrado mediante un acto o acción sagrada. Entiéndase el sacrificio como el camino activo y dócil que nos lleva hasta la santidad.

Esta estructura sacramental se hace sólida por medio del cultivo y asimilación de las virtudes. Fe, esperanza y caridad son las tres columnas que sostienen nuestro interior que se vuelca constantemente hacia fuera. Las virtudes cardinales son prudencia, justicia, templanza y fortaleza se constituyen en los muros de nuestro templo interior

Las demás virtudes actúan como la cubierta del templo que nos separa de los pecados, destructores de nuestra unidad interna:

Humildad se antepone a la soberbia
Generosidad se antepone a la avaricia
Castidad se antepone a la lujuria
Paciencia se antepone a la ira
Moderación se antepone a la gula
Caridad se antepone a la envidia
Diligencia se antepone a la pereza

En este punto es conveniente recordar la actitud de Jesús ante los comerciantes que ocupaban el templo vendiendo los animales para los sacrificios rituales. El templo tiene que estar libre de economías y componendas profanas. La santidad no se compra ni se vende. La santidad es un don que Dios construye en nosotros siempre que se lo permitamos. La santidad es la actitud interior y su proyección al exterior, que conforman un tipo de liturgia que nos re-liga con la Divinidad a cada paso o acción que realicemos

La máxima benedictina “Ora et labora” se nos aparece como un camino de acceso a religar nuestro tiempo interior profano con la divinidad, creando un vínculo temporal sagrado.

La oración es uno de los caminos de sacralidad interior más desarrollados en el cristianismo.:

Jesús le respondió: Todo el que beba de esta agua, volverá a tener sed; pero el que beba del agua que yo le dé, no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le dé se convertirá en él en fuente de agua que brota para vida eterna.” (Jn 4, 13-14)

El agua se utiliza como símbolo de purificación. Cuando se bebe el agua sagrada, que purifica nuestro interior, exterior e interior sagrado se unen y por medio de esa unión accedemos a Dios.

No es raro encontrar oraciones que nos permiten dejar atrás nuestro pensamiento profano para adentrarnos en al contemplación de todo lo creado y en la revelación de Dios. Oraciones como , la oración de Jesús, nos permiten llenar esos momentos de ociosidad mental que nos desligan de la realidad separándonos de Dios manifestado. Vivir, trabajar, actuar en silencio interior y que en ese silencio resuene una plegaria de unidad, es un sacrificio formidable. Es hacer sacralidad interior y llevarla al exterior profano para así sacralizarlo por medio de nuestra voluntad activa y creadora, que se deja guiar por la voluntad Divina.

Sacramentos, virtudes y oración constituyen nuestro espacio-tiempo sagrado interior. Gracias a este templo y a la liturgia que hayamos creado dentro de nosotros será posible resonar con la revelación externa a nosotros. Al mismo tiempo, este espacio sagrado es generador de sacralidad que se vuelca al exterior por medio de nuestras actitudes vitales y nuestro compromiso con la obra de Dios.


Fuente
Blog Misterio Cristiano



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