lunes, 8 de marzo de 2021

Realización Iniciática y Misterio Cristiano / Sacramentos e iniciación / Pascal Gambirasio d’Asseux


 

                                               File:Pantocrátor en la Biblia de San Luis.jpg - Wikimedia Commons


Sacramentos e Iniciación (2da parte)


Jesús es Dios y por su Palabra, él que es el Logos divino, salva objetivamente, es decir en la raíz del ser (ontológicamente) todo cuanto él ha creado, en el Comienzo bajo el mandato del Padre, el Cielo y la Tierra, y todos los universos visibles e invisibles. Jesús salva por los sacramentos que él mismo instituye y por los cuales, como ha anunciado, mora y permanece entre los suyos hasta el Final de los tiempos.

 

Efectivamente, estos sacramentos no son ritos como los otros que, como sucede en todas las Tradiciones, “aproximan” a Dios rindiéndole un culto de adoración. Los Sacramentos transmutan realmente la naturaleza del ser humano que los recibe y, más todavía, los vive a lo largo de su vida terrestre: la túnica de piel que había desfigurado el cuerpo de Gloria cuando la Caída de Adán es transfigurada en este mismo cuerpo de Gloria que designamos entonces como cuerpo de Resurrección.

 

Estos sacramentos no dependen del grado de realización espiritual de aquel que los recibe (ni por otra parte de aquel que los dona in Personna Christi): son “eficaces” (hablando siempre en términos teológicos) directamente por sí mismos y en sí mismos: ex opere operato según la definición de la Iglesia, precisamente porque vienen del Verbo divino, que han sido creados y aplicados a los hombres por Él, que son “una parte” de Él y que son Él y el Espíritu santo quienes los aplican (es el término teológico) a cada uno a través de los hombres consagrados que los ponen en Práctica en el tiempo y el espacio.

 

Estos sacramentos son el signo operatorio de la presencia eterna del Señor entre la humanidad, portadores de  poderes transfigurantes y propiamente deificantes (las Energías divinas en teología ortodoxa). Sólo Dios puede afirmar a los hombres que les deja ese don, este germen de Salvación sin equivocarlo. Ningún profeta auténtico, ningún verdadero santo, porque continúan siendo hombres (por muy espiritualmente perfectos que hayan podido llegar a ser) se atreverían a pretender este acto “principial”, único y universal.

 

Ningún profeta, ningún santo, sino únicamente Dios puede plantear un acto de tales características portador de una refundación ontológica para la humanidad entera (la Salvación) y “aplicada” a cada ser humano en el espacio y el tiempo: la Nueva y Eterna Alianza que Cristo estableció por su sacramento mayor e inaudito de la Eucaristía12 así como los del bautismo y la confirmación que le están precisamente ordenados.

 

Es de esta naturaleza divina de aquel que los instaura, que proviene el carácter indeleble evocado por la Iglesia refiriéndose a los efectos de los sacramentos de la iniciación cristiana. La gracia que ellos confieren, debe igualmente ser fortificada sin embargo por la ascesis de aquel que los ha recibido –y este es todo el sentido de la vía iniciática o de santidad que la religión cristiana comparte entonces con las otras tradiciones espirituales de la humanidad.

 

De este modo, la gracia divina, necesariamente ligada a las virtudes personales, es la medida del cielo de cada uno, incluso si la Salvación es colectiva y los Cielos abiertos a todos. En esta perspectiva, las vías iniciática o mística (de devoción y de santidad) que evocábamos hace un instante deben precisamente entrañar una “actualización” de esta Salvación, desarrollando el despertar espiritual en el conocimiento y el amor de Dios.

 

Por retomar la imagen que hemos evocado, Cristo es a la vez la montaña, el camino que lleva a su cumbre, y la gracia que nos permite la ascensión cuando por nosotros mismos no tendríamos la fuerza ni la ciencia suficiente, de acuerdo a nuestras solas obras espirituales.

 

Es como si Jesús “situara” a los bautizados directamente en la cumbre de esta montaña: “Porque si hemos nacido unidos con él por la igualdad de la muerte, también lo estaremos por la igualdad de la resurrección […] Así también vosotros reputad que sois muertos para el pecado, y vivos para Dios en Cristo Jesús” como dice san Pablo (Romanos VI, 5 y 11), pero que estos últimos no hubiesen todavía claramente o totalmente “realizado” esta “situación”.

 

Esta toma de conciencia y del ser, así pues, la realización efectiva y definitiva de este estado es entonces diferida “al final de los tiempos” –a condición de no pecar, especialmente contra el Espíritu, el más grave e irremediable de los pecados: “No reine, pues, el pecado en vuestro cuerpo mortal para obedecer a sus pasiones” (san Pablo, Romanos VI, 12).

 

Es ciertamente así que hay que entender la expresión paulina evocando “los que murieron en Cristo”, a la espera de la Resurrección (I Cor XV, 18 y 20; Tes IV, 13 a 18 y 51 a 53). Pero para el hombre de deseo (Ap XXII, 17), que habrá sabido “anticipar” y “actualizar” este despertar por los ejercicios espirituales (místicos o iniciáticos) enraizados en una fe profunda y un auténtico amor de Dios, ésta “anticipación” coincide y se transmuta en una realidad ontológica hic et nunc13.

 

En todo esto, no hace falta ver una afirmación en el sentido que la revelación cristiana se defina con soberbia como situada por encima de otras vías espirituales de la humanidad. Ella es su corazón, simple y llanamente, en el que todas pueden extraer tanto el secreto de su origen como el de su cumplimiento. Ella es esa Roma celeste (y esta Jerusalén celeste por supuesto) a la que todos estos caminos espirituales llevan.

 

La religión cristiana –y sus vías iniciáticas y místicas- no se presenta de otra manera que como su Señor, que ha dicho de él mismo: “soy apacible y humilde en mi corazón” (Mateo XI, 29).

 

No es pues sobre todo por la fuerza de la espada ni por cualquier otra fuerza (la pasión fratricida de los hombres que se auto-justifica por un proselitismo conquistador debe ser definitivamente rechazada al respecto, todas las religiones – y todas las ideologías – confundidas) sino por el Amor y la Verdad que Él encarna (en todos los sentidos del término), que el cristianismo afirma serenamente su naturaleza y se abre para ser el “lugar” y el “momento”, el alfa y el omega de todas las tradiciones que lo han precedido en la Historia de los hombres, él que los ha precedido en los tiempos y el Acto de Dios: in principio.

 

Después de esto, resulta entonces relativamente fácil situarse ante esta afirmación, a menudo criticada hoy de manera muy virulenta: “fuera de la Iglesia, no hay salvación”.

 

Ciertamente, esta afirmación resulta condenable y falsa si se le pretende hacer decir que todas las espiritualidades humanas están en el error por razón que no son cristianas. Esto es evidentemente falso en la medida en que Dios, que es Amor, ha dado a cada uno de sus hijos una verdad revelada sobre Él mismo. Por supuesto, en su Sabiduría, esta verdad ha sido adaptada a las edades y a los pueblos. Esta misma afirmación, habría sido “adaptada”, incluso también deformada por el entendimiento humano, siempre reductor. Estas revelaciones deberían conducir a poder recibir un día la última verdad de Dios, el secreto de su ser: un Dios que no es únicamente un “estado divino” (lo que significa intentar tener una respuesta a un ¿qué?, Ma, en hebreo) ni de potencias espirituales o personificaciones de éstas expresando cualidades o Nombres de Dios (los dioses) sino de un Dios personal que “es también” este estado, una única naturaleza (substancia) divina en Tres Personas y el destino para el hombre de ser admitido a su Vida trinitaria porque él es Amor (lo que significa tener la respuesta a un “¿quién?” Mi, en hebreo). La diferencia es radical, en el sentido pleno del término.

 

Ciertas espiritualidades tradicionales únicamente contemplan “el estado divino” de lo que redunda una apariencia de “vacío” en cuanto a la Persona de Dios. Este “divino” se refiere al “qué” (al Ma) que acabamos de evocar y no al “quién” (al Mi) que “es” este estado –y no “en”, es decir “ocupando” ese estado divino- sino específicamente al Ser que se confunde con ese estado: Aquel que es a la vez Ser y estado del ser: Dios y naturaleza (substancia, estado) de Dios.

 

A diferencia de las criaturas, y del hombre en primer lugar, que “soportan” o más bien “reciben” (de Dios) su naturaleza creada (e increada, por otra parte), Dios es a la vez Persona y Naturaleza (substancia, estado de la Persona) divina: Dios no puede ser “precedido” por su naturaleza.

 

En efecto, la naturaleza de Dios no le es preexistente, ni superior, ni recibe de nadie que no sea de Él: la naturaleza es co-extensiva a Él mismo, o para expresarnos mejor, ella es Sí mismo. De igual modo, llegar a Él, es a la vez contemplar la naturaleza (substancia) de Dios, el estado divino (lo divino o el Cielo de las espiritualidades orientales) y su Persona; o más bien la Santísima Trinidad de las Tres Personas de una sola naturaleza (substancia) y por ello cualificadas de co-substanciales. Es encontrarlo Cara a cara. El sacramento central de Cristianismo, la Eucaristía, realiza de manera adaptada a nuestra naturaleza humana ligada “al tiempo y al espacio de la carne” precisamente, ésta visión que es unión (sin confusión).

 

Efectivamente, y es preciso ser conscientes de ello, gracias a los sacramentos que Cristo le ha dejado, únicamente la Iglesia aporta esta verdad y esta Salvación en plenitud, permitiendo no obstante a cada uno la realización de una ascesis de modalidad diferente, según sus carismas. Desde esta perspectiva, entonces sí, la Iglesia de Cristo es la única vía espiritual que puede ofrecer “el Cordero que quita el pecado del mundo” y fuera de ella, no es posible recibir esa Salvación en su plenitud puesto que no ha existido en ninguna parte ni en ningún momento de la Historia parecida Eucaristía.

 

Con toda probabilidad, no podemos impedir que algunos vean en esta exposición una maniobra cuando no hay más que puro análisis metafísico, y parecerles que se trata de una manera hábil para afirmar -una vez más- la primacía del cristianismo.

Pero es justamente por esta razón que la revelación cristiana presenta esta naturaleza conjunta de exoterismo y esoterismo. En realidad, y reflexionando sobre ello un instante, no podía ser de otro modo. Y es por razón de su naturaleza tan simple y tan compleja a la vez (sello de Dios) que los hombres, por bien que sean cristianos, tengan dificultades en comprenderlo: “¿No entendéis ni comprendéis? ¿Aún tenéis endurecido vuestro corazón?

¿Teniendo ojos no veis, y teniendo oídos no oís?” (Marcos VIII, 17-18).

 

Es menester constatar que en razón de la naturaleza intrínseca de los sacramentos fundamentales de la identidad y vida cristianas (el bautismo, la confirmación, y la Eucaristía), la necesidad de la iniciación para realizar el estado espiritual de la Salvación no es un imperativo absoluto. En un cierto aspecto, cuando menos no lo es para aquel o aquellos cristianos, que a través de unos “mínimos” de fe y participación litúrgica, conformes al Credo, “esperan la resurrección de la carne y la Vida futura” (la Vida eterna), sin un mayor deseo de profundización en este Misterio y de seguir una ascesis, que en cualquier caso, lo “anticiparía” a título de realización individual (Apocalipsis personal, se podría decir, al igual que la confirmación –la crismación en el caso de los ortodoxos- es realmente un Pentecostés personal).

 

Llegados aquí, consideremos un aspecto particular del misterio eucarístico:

-           Por la maternidad virginal de María, Jesús el Verbo de Dios se ha hecho hombre y ha unido su divinidad a la humanidad la cual ha asumido de este modo. En corolario y en una ilustración perfecta, la Eucaristía aparece como la maternidad en Dios de la humanidad renovada por el sacrificio del Hijo. La Eucaristía (re)une cada comulgante con la Santísima Trinidad. Y el Espíritu Santo está igualmente presente tanto para la maternidad mariana como para la celebración eucarística.

-           María da a luz el Verbo hecho carne, de su carne virginal e inmaculada. La Eucaristía hace participar a cada comulgante de la Vida del Hijo y como consecuencia del Misterio de la Trinidad. Luego la Santísima Virgen puede ser calificada con toda justicia de primera y viviente Eucaristía del Verbo divino. De hecho, se trata de mucho más puesto que es la Encarnación del Verbo ad intra (convendría añadir inclusive ab supra) y no comunión por el pan y el vino transubstanciados. Bajo esta necesaria precisión, podemos afirmar que existe, desde un punto de vista substancial y ontológico, un vínculo secreto y muy estrecho entre la Santísima Madre de Dios y la Eucaristía.

 

En las Formas tradicionales no cristianas, únicamente la vía reservada de la interioridad, permite acceder a los despertares espirituales y así pues a los estados superiores del ser. Los ritos y enseñanzas dedicados a “la mayoría” son más reservados al respecto, aunque eficaces según su especie.

 

En el cristianismo, en contrapartida, la gracia santificante actuando en la participación por adopción divina en la Vida Trinitaria, de acuerdo a las enseñanzas de la Iglesia14 para

definir el objetivo último del destino cristiano “en reino del Paraíso”, es ofrecido por los sacramentos mencionados. Pero, por una parte, la gravedad de los pecados personales puede diferir sus efectos (el Purgatorio) o prohibir dichos efectos, conduciendo a los Infiernos definitivos; por otra parte, la gracia santificante es anunciada como definitivamente cumplida “al final de los tiempos”: Apocalipsis universal y Juicio Final.

 

La especificidad de la vía iniciática en el seno del cristianismo (como, según otro modo, la vía mística) aporta pues, para el ser que la toma, un aumento de conocimiento (sobre Dios y su Acto creador) y sobre los medios (los ritos o rituales) para realizar “desde ahora”, y de acuerdo a la medida de su propio deseo espiritual, esta Comunión con la Santísima Trinidad, sin “tener que esperar” este final de los tiempos, si bien pueda estimarse que la perfección de toda realización de este orden, sólo sea culminada por Dios mismo, y para cada uno, que en ese “instante” metafísico preciso en que: “todo es consumado”, una de las siete palabras de Cristo en la cruz, que bien podría tener igualmente este sentido oculto…

 

Esta vía resulta pues, para un cristiano, no necesaria ni imprescindible pero pertinente y legítima para aquel que es llamado a ella. La vía iniciática lo abre a una comprensión y una participación más íntima y más intensa de la vida sacramental en el seno de la Iglesia, y más generalmente, en los Misterios cristianos, mientras que a la vez estos últimos le confieren una amplitud y una potencia “nuevas” en el sentido evangélico, al estar enraizada en la revelación última de Dios sobre Él mismo, por Él mismo, en la persona de Jesucristo.

 

 

Advertencia al lector:

Las negrillas y subrayado pertenecen al editor del blog, las mismas efectuadas para hacer énfasis en palabras  claves propias de la vía iniciática  que nos presenta la Tradición Cristiana.

 

 

 

Notas:

 

12 Como todas las tradiciones que presentan un rito similar, el Cristianismo lleva la presencia “espiritual” de Dios por Su Palabra revelada (un texto sagrado), escrita, leída y proclamada ritualmente en el curso de una asamblea de fieles: una “eucaristía” de la Palabra podríamos decir, mutatis mutandis. Por otra parte, la Iglesia denomina desde ahora “liturgia de la Palabra” a esta parte de la misa anteriormente designada bajo el nombre de “antes de la misa”; lo que, bien es cierto, no significaba gran cosa. Sin embargo, la joya de este precioso estuche es la consagración del pan y el vino, transmutándolo en el cuerpo y la sangre de Cristo: la Eucaristía (acción de gracias) propiamente dicha, corazón de la misa y de todo el Misterio cristiano “el “pan de los ángeles”). Eucaristía que, en cada ocasión, en todo tiempo y lugar, actualiza la Presencia inmediata y real de toda la Persona de Jesucristo, en su divinidad y en su humanidad y en la que cada fiel es por completo (re)unido cuando su comunión, de nombre tan explícito. Es esta “operación divina” que es propia únicamente del cristianismo.

13 Se podría decir, de cierta manera, que se trata de un Apocalipsis personal (al igual que la confirmación es un Pentecostés personal o aplicado a cada uno) en la medida que es fruto de la maduración espiritual del ser implicado (el santo o el iniciado realizado). No obstante, éste, a ejemplo de sus hermanos humanos y del Universo entero, deberá esperar “el día y la hora” conocidos únicamente por Dios en que la Resurrección universal será entonces consumada, el “día” de los Nuevos Cielos, y la Nueva Tierra y la Jerusalén Celeste.

14 La tradición de la Iglesia Ortodoxa hablará aquí de las energías divinas increadas (que se corresponderían precisamente, según nosotros, a lo que la tradición de la Iglesia Católica designa como las gracias divinas o gracias santificantes), energías divinas que canalizan, en las que viven y son transfigurados los hombres que alcanzan el estado de unión con Dios. Esta adopción en la Vida trinitaria los hace hijos en y por el Hijo, único Dios por naturaleza; naturaleza (substancia) divina, ella, para siempre trascendente, incognoscible y no comunicable al hombre: Dios “diviniza” de este modo al hombre por participación en sus energías increadas  o  gracias  santificantes,  pero  no  por  participación  en  su  naturaleza.  Esto  es  propiamente “ontológico” a Dios y en consecuencia incognoscible e incomunicable, al hombre creado (y reedificado) a su Imagen y Semejanza.





Acerca del Autor

Pascal Gambirasio d'Asseux
Pascal Gambirasio d'Asseux nació en París en 1951. Abogado, se ha dedicado también a la espiritualidad cristiana. Escritor, conferenciante (invitado de France Culture y de Radio Chrétienne Francophone), ha publicado varios libros -que ahora son referencias reconocidas- sobre la dimensión espiritual de la caballería y la heráldica o la ciencia del escudo de armas, sobre la naturaleza cristiana de la realeza francesa y del rey de Francia, así como sobre el camino cristiano de la iniciación como camino de interioridad y de encuentro con Dios: iniciático, de hecho, lejos de las interpretaciones desviadas que han distorsionado su significado desde al menos el siglo XIX, significa al mismo tiempo origen, inicio e interiorización del proceso espiritual para que, como enseña San Anastasio Sinaí, "Dios haga del hombre su hogar". De este modo, quiere contribuir al (re)descubrimiento de esta dimensión dentro del Misterio cristiano, olvidada o incluso rechazada por unos porque está desfigurada por otros.




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lunes, 1 de marzo de 2021

Realización Iniciática y Misterio Cristiano / Sacramentos e iniciación / Pascal Gambirasio d’Asseux

 


André Roublev (1370-1430) Icône de la Trinité (~1422) Galerie Trétiakov, Moscou 


Sacramentos e Iniciación (1ra parte)

Cuando un asunto sobrepasa su entendimiento  y ciertamente, este es el caso en relación a la persona de Jesucristo y de todo el Evangelio- el hombre tiene la tendencia natural de traer su explicación a su propia medida; a las dimensiones de su propio arbitraje. Por su parte el hombre se olvida, haciendo esto, de continuar asemejándose a esos “niños”, que justamente se dirigen a Jesús, sin entorpecerse con un orgullo intelectual que les privaría de esa apertura de corazón imprescindible para poder acercarse a los Misterios de la Buena Nueva, con toda confianza y en toda humildad…

De este modo, algunos (el espíritu de modernidad que sobresale e incita a ello) no han dejado de presentar al cristianismo como una vía de Sabiduría -una más entre otras- que han iluminado a la humanidad, reduciendo Jesús al “hombre de Nazaret”, sin lugar a dudas, un magnífico profeta de la compasión que realizó un perfecto estado de santidad personal, pero ciertamente tampoco Dios encarnado, dispensador “objetivo” de la gracia de la Salvación como únicamente Dios puede dársela a los hombres.

Aquellos que tratan de “comprender” así al cristianismo, simplemente no lo “captan” y cometen un triple error:

-En primer lugar, el error de querer medir la Revelación cristiana en relación con alguna de las tradiciones exógenas, la mayoría de veces orientales y extremo- orientales (con una predilección muy clara por una cierta forma –o comprensión- del budismo y el hinduismo) poniendo como principio indiscutible la primacía de estas últimas como si estas tuvieran, de por sí, el papel de patrón de referencia universal de la verdad espiritual en su realidad última. En este tipo de error, el orden cronológico e histórico no es el factor de una primacía esencial como manifestación de esta verdad 9.

-A continuación, por bien que algunos lo niegan, el error de querer encerrarse en un sincretismo que ellos mismos denuncian. Ya que evidentemente resulta un sincretismo querer “pasar” los Misterios cristianos por el tamiz de estas tradiciones, en función de ese absolutismo que les es atribuido. Esta concepción, bastante extendida en los medios esotéricos occidentales contemporáneos, ha creado un mito moderno respecto a la vía iniciática cristiana, tan nuevo como insidioso (este dogma “orientalista” data como mucho de un siglo) consistente en la necesaria “emancipación” del Credo cristiano para poder ser considerada una iniciación adulta, al tener que ser –a su modo de ver- “la iniciación verdadera” franca de “límites religiosos” y siendo la única que permitiría el acceso a los “Grandes Misterios”.

-Finalmente, el error de olvidar sistemáticamente los sacramentos cristianos en cuanto a su naturaleza y efectos, tan absolutamente únicos en el seno de las tradiciones de la humanidad –situándose en primer lugar el sacramento mayor de la Eucaristía- contemplando su discurso (sin juego de palabras) únicamente a la persona de Cristo (ya hemos visto cómo la consideran, o más bien, a qué la reducen), al igual que a sus enseñanzas y, como consecuencia de ellas, a las de la Iglesia. Volveremos sobre ello.

Ahora bien, el Credo lo afirma, Jesús de Nazaret  es verdadero hombre y verdadero Dios (doble naturaleza unida en una sola y única persona). Como consecuencia de dicha afirmación, Jesús es claramente el Verbo de Dios encarnado y, en tanto que Dios, tiene la “capacidad” de salvar por Sí mismo: lo que no puede hacer ningún santo, ni ningún profeta, ni ningún sabio de todos los tiempos; ni incluso, de acuerdo a este plan universal y definitivo que sella la Nueva y Eterna Alianza en Jesucristo, los múltiples Avatares de Visnú circunscritos al marco hindú (precisaremos este punto ulteriormente).

Estos sabios, santos y profetas, por grandes que hayan podido ser, han abierto ciertamente y dejado una vía (como hace un alpinista) y un ejemplo que permite a los otros hombres seguir este camino, que ha quedado entonces “balizado”, imitando esta ascesis. En esto, se trata de una obra que concurre a la Salvación, pero que no confiere la gracia ni el carácter -ni tan siquiera en modo pasivo y “diferido”-, precisamente porque es necesario realmente alcanzar –en todo o en parte- lo que los santos, profetas y sabios han alcanzado para recibir, conocer y vivir lo que ellos han recibido, conocido y vivido. Hemos tomado el ejemplo del alpinista: ellos son los primeros de la cordada, pero no basta con contemplarlos si queremos, a imitación suya, alcanzar la cumbre de la santa montaña: es menester seguir su vía y subir por nosotros mismos, por bien que nos ayudemos para ello de sus “presas” espirituales que nos han dejado en el camino.

A este respecto, las obras mayores que nos han dejado estas dos grandes figuras de la Orden de los Carmelitas que son San Juan de la Cruz: Subida al Monte Carmelo, y Santa Teresa de Jesús (Santa Teresa de Ávila): Las moradas se presentan como referencias esenciales, dando testimonio igualmente de esta naturaleza a la vez mística e iniciática de la vía de interioridad cristiana.

Porque, no siendo Dios, estos hombres no han podido dejar, por un rito específico –un sacramento- la gracia y el carácter que su propia ascesis les ha permitido conquistar. Como tampoco un santo cristiano no ha podido transferir a cualquier otro, una parte de su propia santidad y salvar de este modo a nadie. Solamente su ejemplo y sus plegarias pueden actuar en beneficio de un alma o del conjunto de la humanidad (ésta es por otra parte una de las enseñanzas de la Iglesia sobre los efectos de la Comunión de los Santos, en el Cielo y en la Tierra). Sin embargo, estas grandes almas nos muestran que “esto es posible”, que es posible alcanzar esta santidad, esta perfección espiritual, en la medida que cada ser lo quiera de verdad.

Estas grandes almas nos muestran el camino, a través de las enseñanzas y ritos que su estado de despertar y realización personal, les ha podido permitirles recibir y manifestar. Pero ellas no son –en sí mismas- el camino. Cristo, él, sí que es el camino: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie va hacia el Padre sino por mí” (Juan XIV, 6). Cuando lo seguimos, no caminamos solamente “tras él”, o “junto a él”: caminamos en él; entramos en su Presencia; nos encontramos ya en el corazón del (santo) encuentro con Él, con Dios. Este es el sentido del relato evangélico de los peregrinos de Emaús.

Este relato afirma igualmente, a través de este encuentro y este caminar en común, así como con la comida compartida y la fracción del pan, que “ilumina” de inmediato la persona de Jesús a ojos de sus compañeros, este relato afirma que se trata claramente de una relación de alteridad, por así decirlo, entre el Verbo “reconocido” (en todos los sentidos del término) y los peregrinos –y no de una absorción en un divino indiferenciado. El Amor divino que crea, en total don de gratuidad, cada hombre, lo conserva también misteriosamente en la transfiguración de lo no manifestado, esta adopción a la Vida divina: “la comida de las bodas del Cordero” que este episodio anuncia y que es el “lugar” preparado para cada uno por Cristo.

En efecto, si Cristo puede decir: “No te pido por ellos sólo, sino por los creyentes en mí mediante su palabra para que todos sean una sola cosa; que como tú, Padre, conmigo, y yo contigo, también ellos sean con nosotros una sola cosa […] Y yo les he dado la gloria que tú me diste para que sean una sola cosa, como una sola cosa somos nosotros; y yo en ellos y tú en mí, para que vengan a perfecta unidad” (Juan XVII, 20-23) y también: “El que me ha visto a mí, ha visto al Padre […] Yo estoy en el Padre, y el Padre está en mí” (Juan XIV, 9-11), es no porque en “última” realidad el Padre y el Hijo (y el Espíritu santo) sólo fueran un único y definitivo No-Ser (o Supra-Ser) en tanto que Causa Primera indiferenciada, sino porque en tanto que Personas, comparten –son- de una misma y una única naturaleza (o substancia como lo denomina igualmente el lenguaje teológico).

Las Tres Personas son coeternas en esta naturaleza, la constituyen y son su expresión, por bien que esto pueda parecer impensable para las mentalidades “orientalistas” anteriormente citadas. Es por lo que la teología cristiana enseña que estas Tres Personas son eternamente subsistentes, ya que no hay orden cronológico en Dios, sino realidades causales en la alteridad de las Personas divinas, si se nos permite decirlo así. Esto no hace de la naturaleza divina un Dios o un estado divino “más allá” y “más metafísicamente verdadero” que las Personas de la Trinidad: una suerte de “Dios a Dios”. El Aïn de los cabalistas (el “nada” en términos de teología apofática), incluso el Aïn Soph (el Supra-Ser) Ilimitado, y así pues Padre Creador), si acaso pudieran identificarse con esta naturaleza (substancia) divina inconcebible, no sabrían cómo ser asimilados a los conceptos hindús, taoísta o búdico del “Gran Todo Universal”, el Cielo-Principio indiferenciado, aunque fuera a través de la noción del No-Ser o Supra-Ser, tan reivindicadas hoy en Occidente como expresión de una espiritualidad de índole superior y evidentemente “iniciática”.

El “yo soy tú” que, al término de la búsqueda en las tradiciones evocadas, viene a ilustrar la fusión del iniciado con un No-Ser entendido no solamente en tanto que no manifestado sino también como indiferenciado, es incompatible con la fe y los sacramentos cristianos.

Desde ésta perspectiva no cristiana, nos situaríamos radicalmente en oposición a la participación de la Vida divina anunciada por Cristo como don final de Dios a los hombres: “participación adoptiva”, “fusión sin confusión”, tales son las enseñanzas de la Iglesia y no “confusión de naturaleza”… Efectivamente, el Génesis nos enseña que la naturaleza del hombre es muy claramente a Imagen y Semejanza divina: imagen (en espejo), semejanza y no identidad. La naturaleza del hombre, aunque firmada y portadora de “la huella de Dios”, ya que está animada por su soplo, no es la naturaleza de Dios, en su “ontología divina” si podemos usar este término; de tal manera que la tradición bíblica (judía y cristiana) es exclusiva de esta (re)absorción del hombre en un divino indiferenciado por con-naturalidad “reencontrada”.

Resulta significativo, en este aspecto que, en la Persona de Jesucristo, se realice la unión sin confusión de estas dos naturalezas: una divina y otra humana. Tendremos ocasión de volver sobre este asunto, al considerar los misterios de la letra hebraica aleph (párrafo IV del presente capítulo y notas núm. 10 y 11). Este acontecimiento único e inaudito en la Historia da testimonio, por una parte, de la distinción radical e inconmensurable entre estas dos naturalezas, como también de su “compatibilidad” en una ilustración “histórica” de la promesa divina hecha al hombre de acogerlo en la Vida trinitaria: puesto que Jesús es el Reino de Dios entre nosotros, cada hombre, en Jesús, por mediación de la Eucaristía, es admitido en el Reino de Dios (en “anticipación” de la Resurrección final), pero no lo “deviene”. Es así que hay que entender estas palabras de las Escrituras: “¡Dioses sois, e hijos del Altísimo todos vosotros!” (Salmos LXXXII, 6 y Juan X, 34).

Precisamente, Cristo dice: “voy a preparar sitio para vosotros; y cuando me fuere y os preparare sitio, vendré de nuevo y os llevaré conmigo, para que donde yo estoy estéis vosotros. Y para donde yo voy ya conocéis el camino” (Juan XIV, 2-4). Está claro que Jesús habla a las personas; que habla de sí mismo y del Padre en tanto que Personas. Por supuesto, que no se trata aquí de “individualidades del estado civil”, sino, para el hombre, de un Sí que surge del ser creado por Dios a su Imagen y Semejanza, no de un Sí que finalmente no sería otro que Él mismo –y aún y así puesto que en definitiva Dios Persona no sería otra cosa que ¡una “falsa verdad”!

Dicho de otra manera, las Tres Personas divinas siendo eternamente subsistentes como expresión de la naturaleza misma de Dios, como ya hemos recordado, y Dios, creando al hombre justamente a su Imagen y Semejanza, da pues a cada uno de nosotros una persona, un  espíritu  eternamente  vivo  también  (Hayah  ‘la  viviente’10,  de  los  cabalistas), directamente salido de su Soplo (Yehida el ‘único’11, según la Cábala: la parte del espíritu humano más íntima a Dios, pero que no significa una confusión de naturaleza). El Eterno no vuelve a tomar nunca lo que ha dado: su promesa es, sin ningún tipo de ambigüedad, la participación de cada persona humana en la Vida trinitaria en la Luz de la Resurrección, no su “extinción”, aunque sea en la naturaleza divina, lo que vendría a representar exactamente lo contrario.

Por consecuencia, el secreto “último” de Dios –y la realización iniciática del cristiano- no consiste en una necesaria y final “orientalización” con justificación metafísica y esotérica de la Revelación cristiana, lo que induciría a “borrar” la Santísima Trinidad (negar el Semblante de Dios), sino, muy al contrario, el secreto radica en que el cristianismo revela la última “intimidad divina”: no en un Principio (o estado) indiferenciado en el que cada uno vuelve a ser el “Todo”, sino Tres Personas unidas en la unidad de una única naturaleza (o substancia de dónde la noción teológica de los Padres conciliares de consubstancialidad de las tres Personas) que es Amor, y en la Eternidad a la cuales –la Vida Eterna, “efecto” de la Resurrección de la carne- cada cristiano está realmente llamado, “por adopción” pero no por esencia connatural.


Advertencia al lector:
Las negrillas y subrayado pertenecen al editor del blog, las mismas efectuadas para hacer énfasis en palabras  claves propias de la vía iniciática  que nos presenta la Tradición Cristiana.


Notas:

9 El Génesis I y II nos enseña justamente lo contrario puesto que la cumbre de la Creación, que es el hombre, aparece el 6º día (en particular después de los animales del 5º día y de aquellos otros, terrestres, del 6º día; animales que Dios le presenta a fin de que vea cómo los nombrará: dicho de otra manera, los llamará a una cierta forma de existencia, en tanto que el hombre es Imagen y Semejanza de Dios en el Paraíso).

10 A imagen y Semejanza de Dios, el Viviente por excelencia: significado de uno de los Nombres divinos en la tradición judaica: El Haï (aleph, lamed, heth, iod). Y también esta respuesta de Pedro a Cristo a su pregunta de quién es él para ellos, los Apóstoles: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo”, a lo que Jesús añade inmediatamente: “Dichoso eres, Simón, hijo de Jonás, porque ni carne ni sangre te lo descubrieron, sino mi Padre que está en los cielos” (Mateo XVI, 16-17). No se puede ser más claro respecto a la Revelación. Además, san Pablo enseña: “Nosotros, los que vivimos, los que hemos sido dejados para la venida del Señor, no hemos de anticiparnos en modo alguno a los que han muerto. Porque el mismo Señor, con su mandato, con la voz del arcángel y la trompeta de Dios, bajará del cielo, y los muertos en Cristo resucitarán primero; después nosotros, los vivos, los que hemos quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos, en nubes hacia el aire, al encuentro del Señor; y así estaremos con el Señor perpetuamente” (I Tesalonicenses IV, 15-18). Sin contestación posible, estas “palabras del Evangelio” deben permitir al cristiano –y a cualquiera que pretenda seguir la vía iniciática en el seno del cristianismo- evitar serenamente toda confusión y todo sincretismo con tradiciones o espiritualidades que le son incompatibles.

11 A Imagen y Semejanza de Dios, el Único, el Sólo, el Uno principial: significación de uno de los Nombres divinos en la tradición judaica: Ehad (aleph, heth, daleth).


Acerca del Autor

Pascal Gambirasio d'Asseux

Pascal Gambirasio d'Asseux nació en París en 1951. Abogado, se ha dedicado también a la espiritualidad cristiana. Escritor, conferenciante (invitado de France Culture y de Radio Chrétienne Francophone), ha publicado varios libros -que ahora son referencias reconocidas- sobre la dimensión espiritual de la caballería y la heráldica o la ciencia del escudo de armas, sobre la naturaleza cristiana de la realeza francesa y del rey de Francia, así como sobre el camino cristiano de la iniciación como camino de interioridad y de encuentro con Dios: iniciático, de hecho, lejos de las interpretaciones desviadas que han distorsionado su significado desde al menos el siglo XIX, significa al mismo tiempo origen, inicio e interiorización del proceso espiritual para que, como enseña San Anastasio Sinaí, "Dios haga del hombre su hogar". De este modo, quiere contribuir al (re)descubrimiento de esta dimensión dentro del Misterio cristiano, olvidada o incluso rechazada por unos porque está desfigurada por otros.




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