lunes, 8 de junio de 2020

La Masonería y sus Orígenes Cristianos / Eduardo Callaey





Del templo de Salomón
al estado laico


Fragmento de "La Masonería y sus Orígenes Cristianos", Buenos Aires, Editorial Kier, 2006. Reflexiones acerca del mito que enfrenta a la masonería con la religión cristiana siendo que ésta forma parte de su base doctrinal y simbólica

1.- El Mito del Anticlericalismo Masónico

Si existe un rasgo representativo de la acción de la francmasonería en la sociedad a través del tiempo, es su pertinaz, consecuente y decisiva defensa del laicismo. Las múltiples manifestaciones de esta acción constituyen el escenario común, el ámbito natural del esfuerzo social, político y filosófico del masón como individuo y de la francmasonería como institución. Esta particularidad, sumada al espíritu universal que anima su simbolismo y su inclinación por las ideas democráticas le valió, tempranamente, la condena y el hostigamiento de la Iglesia Católica Romana. Decenas de encíclicas, bulas y documentos pastorales atestiguan esta realidad.
Sin embargo, los orígenes de la francmasonería son tan cristianos y católicos como los del Colegio Cardenalicio. La diferencia fundamental que enfrenta a ambas instituciones está en su concepción del poder: De quién proviene, quién lo otorga y quién lo ejerce.
Se ha insistido erróneamente en el carácter anticlerical de la francmasonería en su totalidad; un error que comparten por igual sectores de la Iglesia Católica y algunas obediencias masónicas. Es por ello que, siendo uno de los objetos de este libro el estudio de los orígenes religiosos de la francmasonería, conviene mencionar algunas diferencias existentes entre las distintas obediencias surgidas a partir de la institucionalización de la francmasonería moderna.
Comparto con Alec Mellor que la idea de Orden Masónica es hoy un ideal, y que en todo caso conviene referirse a obediencias masónicas. Mientras que el concepto de Orden refiere a los aspectos simbólico-iniciáticos de la francmasonería y a sus antiguos landmarks, son las obediencias o "potencias masónicas" -y no la Orden- las que actúan en la sociedad y fijan posición en el mundo profano.

Mellor divide a la francmasonería moderna en dos corrientes principales, con puntos de partida en Londres y París respectivamente. La primera no se dirigió en absoluto a la destrucción del cristianismo, ni generó acciones hostiles al clero católico más allá de cierto antipapismo inglés del siglo XVIII. Recordemos la calidad de "pastores" de algunos de los fundadores de la francmasonería británica moderna. En palabras de Mellor, la francmasonería inglesa "desde el punto de vista religioso fue estrictamente neutra..."7

La segunda, en cambio, se afirmó como cristiana. En efecto, la francmasonería francesa estuvo, desde el principio, ligada con el movimiento político católico de los Estuardo, lo cual explica el fuerte contenido cristiano del R. E. A. y A., aun más evidente en el Régimen Escocés Rectificado. Oswald Wirth -una autoridad masónica directamente vinculada con la Gran Logia de Francia- va más lejos cuando afirma que no solo "...la masonería francesa del siglo XVIII no era de ninguna manera hostil al catolicismo ni discutía ninguna cuestión de dogma dejando a cada cual sus creencias..." sino que "...Todo sacerdote era considerado sagrado, cuya ordenación correspondía según las ideas de la época, a la suprema iniciación..." y agrega: "En estas condiciones más de un eclesiástico reunió en sí las dignidades de la Iglesia con aquellas de la Masonería, y se encontraba esto muy natural..."8 Pero de esta segunda corriente se separaron a partir del siglo XIX las potencias irregulares cuyo ejemplo y liderazgo sigue siendo el del Gran Oriente de Francia. Su posición ha sido históricamente anticlerical.

Esto ha provocado que la causa del laicismo se haya confundido con la causa del anticlericalismo, que es algo muy distinto dentro del proceso de secularización que Occidente desarrolla desde el siglo XIII.

Por sus orígenes, por su historia y por la naturaleza de sus símbolos, la francmasonería forma parte de las raíces mismas de aquello que se denominó "cristiandad" sea definida ésta como "Sacrum Romanum Imperium Germanicum", "Europa", "Occidente", "Civilización Occidental" o "Democracias" según las épocas. Sabiamente define Raimon Panikkar que "La historia del mundo moderno es todavía la continuación de una historia europea y cristiana..." 9

Sin embargo, los vientos anticlericales del siglo XIX renegaron de este origen e inventaron una fábula asombrosa: el "arte gótico", creación sublime de los arquitectos laicos, era el opuesto antagónico del "arte románico" llevado a cabo por los monjes benedictinos. Por supuesto que a estos últimos se les atribuía el carácter conservador, oscuro, recoleto y opresivo del románico mientras que a los primeros se les reservaba el distintivo revolucionario, luminoso y liberal del estilo ojival. De este modo, las corporaciones laicas venían a iluminar los oscuros muros de las iglesias benedictinas y a conducir al mundo cristiano a la luz de un arte secular.

Paul Naudon, cita las palabras de Anthyme Saint Paul, que solía quejarse amargamente de este dislate: "...Nunca se insistirá demasiado en la inexactitud de esta leyenda que, sin embargo es admitida corrientemente por ciertos francmasones, que ven en los constructores de catedrales góticas, los precursores del libre pensamiento y el anticlericalismo..." 10

Al esbozarse estas teorías reñidas con la investigación científica de la historia, estos sectores anticlericales resultaron funcionales a las sempiternas condenas de la Iglesia, y contribuyeron a sembrar una gran confusión en torno a los objetivos del laicismo, incrementando las consecuentes crisis entre la Iglesia y la Masonería. El espíritu laico de las corporaciones medievales y el anticlericalismo de ciertas potencias masónicas del siglo XIX carecen de elementos en común. Aquéllas se encontraban inmersas en los abstrusos pliegues del pensamiento político medieval, éstas respiraban en la pesada atmósfera de la Europa preconciliar.

2. La Cruz y la Espada

El escenario en el que vamos a introducirnos en los próximos capítulos es, justamente, el del medioevo. Más precisamente en los siglos que arrancan con el triunfo espiritual y político del cristianismo y culminan con el desarrollo de las comunas, las corporaciones de oficios, las ligas mercantiles, las guildas... en síntesis: la irrupción del mundo secular. Los personajes, en su mayoría monjes de la Orden de San Benito, son ilustres desconocidos para la mayoría de los masones, aunque sorprenderá que algunos de ellos son mencionados en enciclopedias masónicas o tangencialmente citados en textos de cierto rigor académico. Muchos de ellos fueron grandes intelectuales y, a la vez, grandes constructores. Levantaron los muros de sus abadías, pero también edificaron el pensamiento político de su tiempo.

La sociedad que se desarrolló en Europa en ese período (siglos V al XII), debió adaptar las estructuras políticas y sociales de la antigua Roma, recrear los rudimentos de la administración pública y establecer sus propias concepciones de gobierno. Se trataba nada menos que de construir una sociedad cristiana, gobernada por cristianos para cristianos, en la que la premisa de Cicerón "garantizar la vida dichosa de los ciudadanos" -beata civium vita- no era suficiente. Era necesario establecer las leyes de una sociedad en la que los ciudadanos pudiesen realizar su dimensión espiritual, la experiencia religiosa en el sentido más profundo: el de re-ligare, unirse a Dios y establecer su ideal en la tierra.

En esa búsqueda, la sociedad medieval alcanza a vislumbrar su sentido -y la certeza de su derrotero- en las palabras de Agustín de Hipona: "El Cristo Dios es la Patria a donde vamos... El Cristo hombre es la vía por la que vamos..." -Deus Christus Patria est quo imus; Homo Christus via est qua imus-. Panikkar lo resume: El Cristo-Dios es la civitas Dei; el Cristo-Hombre es la civitas hominum. En este esquema, dividir lo espiritual de lo temporal es dividir a Cristo. La historia de Europa es la historia de esta división.

La coronación de Carlomagno es el apogeo de la visión de San Agustín. Sin embargo, el emperador y el papa presienten la existencia de un conflicto que se desarrollará en los siglos siguientes, cuyo origen hay que buscarlo en el antagonismo de dos concepciones de gobierno que colisionarán fatalmente. Walter Ullmann, en su tratado sobre el pensamiento político medieval11, denomina a estas dos concepciones como: "Teoría ascendente" (o Teoría popular de gobierno) y "Teoría descendente" (o Teoría teocrática de gobierno).

La primera -más antigua desde el punto de vista cronológico- se denomina ascendente porque su principal característica consiste en que el poder se origina en el pueblo, en la misma comunidad. Esta era la forma de gobierno de las tribus bárbaras, cuyos jefes eran electos en asambleas populares que delegaban en él los poderes de conducción. Esta delegación implicaba que dicho mandato podía ser revocado y, en consecuencia, depuesto el jefe elegido. Los electores podían "resistir" las órdenes del gobernante en la medida que éste no cumpliese -o se excediese- en los poderes delegados.

"...Metafóricamente hablando -dice Ullmann- el poder ascendía desde la amplia base de la pirámide social hasta su vértice ocupado por el rey o el duque..."12 Me he referido anteriormente a estas asambleas y a estos tribunales, señalándolos como aportes fundamentales de la época bárbara a la construcción de la democracia y las ideas de progreso en el medioevo. 13
En contraposición a esta teoría ascendente se desarrolló una teoría descendente del poder, originada en el campo cristiano latino-romano. El eje de la misma era que el poder pertenecía a un ser supremo, Dios, y que de él descendía sobre quien lo representaba ante el pueblo. Este "Sumo Pontífice" e intérprete inapelable de la voluntad divina sólo respondía a Dios, y en nada debía rendir cuentas a la asamblea del pueblo.

Hacia el siglo V, San Agustín había expresado que Dios daba sus leyes a la humanidad a través de los reyes; pero esta afirmación tenía antecedentes en el mundo de los apóstoles. Ya San Pablo había dicho que el poder descendía de Dios. De hecho, la monarquía papal había establecido su derecho al pontificado en las ideas de San Pablo y en un fragmento del Evangelio de San Mateo: "Y yo también te digo que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella. Y a ti te daré las llaves del reino de los cielos; y todo lo que desatares en la tierra será desatado en los cielos..."14 En este caso la pirámide metafórica de Ullmann tenía la totalidad del poder concentrada en el vértice.

Este derecho divino de los Estados Pontificios fue defendido por el catolicismo romano hasta el siglo XIX; y hasta el Concilio Vaticano II la Iglesia se seguía definiendo como "Sociedad Perfecta", y el "modelo para cualquier otra sociedad"15. Desde sus orígenes corporativos, la francmasonería adhirió y luchó por el triunfo de la teoría ascendente, sin por ello dejar de ser cristiana. Las corporaciones laicas, los gremios, las guildas y las ligas mercantiles -asociadas con el impulso renovado de la economía urbana y la organización comunal-16 mantenían una aguda controversia con la autoridad clerical en la que se discutía acerca de quién debía ejercer la autoridad política. Se pretendía definir los principios esenciales de soberanía, autoridad y poder, lo cual no debe ser analizado desde nuestra perspectiva, sino en el marco y el contexto histórico correspondiente.
En el momento en que se produce la aparición de las corporaciones laicas -siglo XII- constituidas en logias operativas, aun no existe el concepto de "Estado". La idea de la plena autonomía del Estado y el ciudadano, del pueblo como legislador soberano, recién aparecerá en el siglo XIV merced a Marcilio de Padua. Existe la Iglesia, constituida por dos estamentos: el clero y los laicos, "...representados por el papa y el rey, y organizados como clerecía (sacerdotium) y reino (regnum)..."17 Ullmann sostiene que "...Por más que se repita con frecuencia que existía una situación conflictiva entre la Iglesia y el Estado en la Edad Media, esta aseveración carece por ahora de sentido histórico. Lo que sí existía era una situación de conflicto entre el sacerdotium y el regnum, pero este conflicto se daba dentro de un único y mismo conjunto, dentro de una única y misma sociedad de cristianos, y no entre dos cuerpos autónomos e independientes, la Iglesia y el Estado..."18

La autoridad (devenida de la fe y simbolizada con la cruz) y el poder (ejercido por la fuerza militar y simbolizado con la espada), constituyen las dos herramientas que mantienen la unidad del Imperio y el tenso equilibrio entre laicos y clérigos. Y si uno de los campos embate contra el otro -como naturalmente ocurre con frecuencia- ninguno de los contendientes podría imaginar siquiera que se encuentra por ello fuera o en contra de la Iglesia, puesto que en la concepción medieval las fuerzas seculares son también esa misma Iglesia.

En el siglo VIII los papas avanzaron temerariamente en la aplicación de sus principios políticos de soberanía y autoridad. Para ello hicieron uso de un documento apócrifo conocido como "La Donación de Constantino". "...Según la Donación -describe Ullmann- Constantino deseando otorgar a la Iglesia romana el poder, la gloria, la fuerza y los honores imperiales, traspasó al papa todas sus insignias y símbolos imperiales -la lanza, el cetro, el orbe, los estandartes imperiales, el manto de púrpura, el palio imperial, la túnica de púrpura, etc.- que pasaron a ser propiedad del papa. Es más, en señal de humildad, Constantino desempeñó la función de strator, es decir, guió un trecho el caballo del papa. Más aún, el papa recibió el palacio imperial como residencia, así como toda la ciudad de Roma. Finalmente, Constantino quiso colocar la corona imperial sobre la cabeza del papa, pero éste -y esto resulta muy significativo- rehusó llevar la diadema imperial..."19
Este documento -en el cual el obispo de Roma es mencionado por primera vez como "Vicario de Cristo"- permitió al papa Esteban II ungir a Pipino y nombrarlo "Patricio Romano", y a León III coronar a Carlomagno en la nochebuena del año 800, creando así "un emperador de los romanos" que recibía "desde lo alto" -y en préstamo, como Constantino- la corona por parte del papa.
Carlomagno no aspiraba a gobernar el orbe; creía que su papel era el de Rector de Europa, máximo gobernante de los cristianos latinos. El papado, en cambio, quería demostrar su supremacía sobre la Iglesia Oriental y establecer que el único imperio era el romano de Occidente. Esta pretensión traería dolorosas consecuencias. A su vez, los esfuerzos por imponer el principio político de la autoridad papal sobre la imperial devendrían en un conflicto cuyas consecuencias fueron nefastas para la unidad europea.


7. Mellor, Alec, "La desconocida Franc-Masonería cristiana" (Barcelona; Ed. AHR) p. 17 y ss.
8. Wirth, Oswald, "El Libro del Aprendiz Masón" (Santiago de Chile) p. 65.
9. Panikkar, Raimon; "El espíritu de la política" (Barcelona, Ediciones Península, 1999) p.90.
10. Naudon, Paul, "Les origines religieuses et corporatives de la Franc-Maçonnerie" (París, Devry Livres,
1979) p. 53.
11. Ullmann, Walter, "Historia del Pensamiento Político en la Edad Media" (Barcelona, Ariel, 1999).
12. Ullmann. Ob cit. p. 14 y ss.
13. Callaey, Eduardo; "Monjes y Canteros" (Buenos Aires, Dunken, 2001) p.45-54.
14. Mateo, XVI 18,19.
15. Panikkar, Ob. cit. p. 86.
16. Callaey, Ob.cit. capítulo "Progreso y masonería en la construcción de Europa"
17. Ullman p. 18,19.
18. Ibid.
19. Ob cit. p. 59.


Publicado por eduardocallaey.blogspot.com  el jueves, 3 de julio de 2008.



Masonería Cristiana
Eduardo R. Callaey


lunes, 1 de junio de 2020

El Hombre de Luz | La construcción del cuerpo de gloria | Las claves cristianas | Pascal Gambirasio d’Asseux


Pascal Gambirasio d’Asseux

El Hombre de Luz

La construcción del Cuerpo de gloria

Las claves cristianas


Masonería Cristiana


ÉDITIONS TÉLÈTES, París, 2015

Segunda edición aumentada y revisada
Traducción:

RAMÓN MARTÍ BLANCO




“Nosotros te seguimos, por Ti hacia Ti”
San Bernardo, Sermón II, Ascensione.

“Nadie que echa su mano al arado y mira hacia atrás, está en disposición para el   reino de Dios.”
Lucas IX, 62.



Al Rey y la Reina de las Lis, Fielmente, de todo corazón.


“Poniendo ante Dios el espejo de su alma, este se iluminará como el puro cristal refleja al sol, cuando poco a poco alcance lo último deseable, y se encuentre desprendida de toda otra contemplación”.

Hesiquio el Sinaíta


Sin querer tratar de igualar a los maestros del trobarclus (trovadores1, troveros y minnesänger) que invitan a encontrar el sentido oculto (la dimensión espiritual e iniciática) de sus versos, nos parece legítimo inaugurar nuestras palabras bajo el patronazgo de su arte, jugando con consonancias y paronimias. Este arte, llamado también lengua de los pájaros porque evoca la lengua angélica o incluso la cábala fonética, se hace así realidad: para aquel que ve sin oír, el verbo (de oro) duerme, resultándole letra muerta; pero se ilumina para aquel otro que lo “vive”, al haber sabido encontrar la clave y romper el sello.


En este verde cerrado
En el jardín de la rosa y el escaramujo
Donde reina, inmarchitable la Dama del Bello Amor,
Cuando todo es silencio a la sombra vespertina,
Brota el canto de un ruiseñor trovador.

Es rey de la armonía que da acceso a los Grandes Misterios
De la estrella interna de diecisiete rayos de oro.
Es el pájaro de la noche que canta la Luz
Proclamando que para siempre la Vida triunfa sobre la muerte.

Sus arpegios místicos, consolando la rosa,
Suenan a madreselva y nochizo sonreír,
Luego sobre fontana de lis sus notas claras reposan.

La Dama lo oye, el Amor también guarda el canto.
Vienen entonces al jardín corazones henchidos, rectos deseos,
Guiados como verdaderos amantes: interiormente.



VÍAS DE REALIZACIÓN ESPIRITUAL: LA CLAVE PRIMERA

Antes de meternos en harina en cuanto a nuestro propósito, desearíamos evocar en algunas palabras -ya que solo puede tratarse de un esbozo en el marco de la presente obra- un principio fundamental en el proceso de edificación espiritual, el cual determina toda su validez y fecundidad.

En una finalidad tan exigente como esencial para el destino humano, que compromete la vida de aquí abajo y la vida póstuma, conviene conocer las enseñanzas de los Padres y no apartarse de ellas ya que estos auténticos gigantes de la fe son ante todo ejemplos, testimonios y no simples teóricos abstractos.

Lo que vamos a recordar brevemente, directamente salido de las enseñanzas de los Padres orientales y occidentales, no es otra cosa que la clave primera (en todos los sentidos del término) del viaje interior que se “abre” ante el rostro de Dios, en la unión con él en la contemplación, la adoración y la plegaria. Es la clave del octavo día y la restauración en uno mismo del hombre de luz.

En efecto, si la salida es iniciada a partir de una mala base o de alguna manera desviada, todo itinerario del alma se encontrará torcido y las vías de acceso del Señor al corazón del ser resultarán contrariadas cuando no comprometidas. Así mismo, que nadie se deje engañar por aquellos que aseguran lo contrario prometiendo “experiencias espirituales” o “despertares de conciencia” reservados únicamente para los que se atrevan a apartarse del principio que vamos a recordar.

En los ejercicios espirituales -estamos pensando, por ejemplo, en la plegaria del corazón, en los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús, pero igualmente en la recitación de memoria del rosario, en la adoración del Santo Sacramento, así como en los trabajos llevados a cabo en el marco de lo que se ha convenido en llamar iniciático, en particular lo relacionado con los Nombres divinos, con los Sefirots y sus letras-números- esta verdad fundamental, en el pleno sentido del término, a que nos referimos permanece idéntica e imperativa.

El encuentro y la unión con Dios solo se opera que profesando esta regla y observándola, so pena de obtener únicamente “efectos secundarios” que, lejos de ser de Dios, llevan a la ilusión de una vida interior y, finalmente, a la pérdida de sí mismo.

Esta regla en cuestión es simple, pero no admite excepción ni tampoco quedar comprometida. Hela aquí en sus dos puntos:

- Primer punto: en el camino espiritual, no hay que confundir la pasividad ante Dios con la docilidad a sus vías en y para sí mismo.

No puede pues tratarse de un quietismo (como el combatido por Bossuet) en el sentido de una total pasividad, aunque sea piadosa, que dejaría todo “en manos”de Dios en el marco de un encaminamiento de fe y de una unión a él, sin entender que se estaría entonces oponiéndole una inercia por esencia incompatible con las condiciones de su acción en el hombre.

Se trata, por el contrario, de la hesiquia que significa inmovilidad,  reposo, calma, silencio y que establece la paz del alma la cual, lejos de permanecer pasiva e inerte, llama a la Presencia de Dios en uno mismo, por medio de una receptividad actuante y cooperante, una acogida voluntaria y perenne de todo el ser a la obra divina en el ser.

Esta paz del alma, podemos verlo fácilmente, no tiene relación alguna con una forma de piedad desequilibrada o inmadura ya que es escucha, luego de puesta de atención aguda en el Señor. Es vigilia y apertura voluntaria y continuada a su Palabra. El apaciguamiento del alma en los hombres de “buena voluntad” traduce justamente una voluntad recta y firme en los mandamientos de Dios y conduce a la extinción o, cuando menos, al dominio de los movimientos desordenados de las pasiones y a una plegaria constante y viviente en el corazón del cristiano: precisamente la plegaria del corazón hesicasta.

- Segundo Punto: es preciso, ciertamente, saber hacer callar los ruidos de las agitaciones exteriores y sobre todo interiores para poder oír la llamada de Dios y responderle, con total libertad, pero con precisión; es preciso también actuar uno mismo a fin de abrir la puerta a su divina Presencia ya que Dios no va a entrar forzando dicha puerta, ni tampoco abriéndola él mismo:
“He aquí que me he parado a la puerta, y llamo a ella; si alguno oyere mi voz y abriese la puerta, yo entraré en su casa y cenaré con él, y él conmigo.”1

Este silencio en particular, no es un silencio apático y sumiso, un silencio “inerte”. Muy al contrario, es de total acuidad a la divina voluntad, a su invisible Presencia -que en ocasiones- se deja sentir sin que se la busque ni se desee “experimentarla”.

He aquí la respuesta evangélica que debe guiar a todo cristiano y que expresa la cooperación humilde pero firme y constante del hombre en la realización de las obras divinas, que por medio del Espíritu Santo se llevan a cabo en él, para que encuentren el terreno propicio a su Presencia y acción edificantes, en el sentido pleno del término.

Mateo (III, 1-3), Marcos (I, 1-3) y Lucas (III, 1-6) nos dan las condiciones que vienen a revelar la exigencia, evocando a Juan el Bautista anunciado por el profeta Isaías:
“Una voz clama: Preparad en el desierto el camino al Señor; allanad en la soledad la calzada para nuestro Dios.”

Una tal preparación para la venida del Señor, un trabajo apropiado a hacer rectos los senderos de Su venida a uno mismo, solo pueden operarse por la devota y piadosa espera, concebida en una especie de apatía espiritual sin confundirla tampoco con un activismo espiritual totalmente desarreglado que no prepara nada, no rectifica nada sino que trata de construir subjetivamente (a menudo de manera versátil o febril) sus propias vías, por esencia demasiado humanas y en consecuencia imperfectas para el paso del Señor.

Al respecto, encontraremos “clarificadoras” estas palabras de un ritual: “Penetremos  por las vías que nos son abiertas para perfeccionar nuestros trabajos” y no “construyámoslas ab initio, a nuestro criterio”, para continuar diciendo en ese mismo ritual: “y que la más pura de las luces nos ayude a verificarlos”. Habremos podido comprender que esta luz a la que se refiere el ritual mencionado es el Señor mismo que, a la vez, revela sus vías y guía para poderlas seguir.

No se trata pues, ni de no hacer nada, ni de elaborar uno por su cuenta, sino “tan solo” de reabrir las vías de Dios en sí mismo, tal como las construyó desde los orígenes y tal como las continúa teniendo abiertas cualquiera que es un verdadero hombre de deseo, como el Apocalipsis 2 designa. Queda de cada cual el restituir en sí mismo la rectitud (desfigurada por la Caída y los pecados personales) que permita el “paso” divino.

Evitando de este modo este doble obstáculo, por una parte, de la pasividad que “lo espera todo” sin quererlo o atreverse a hacer nada y, por otra del voluntarismo que cree “tener que hacerlo todo”, el hombre se preserva de todo anacronismo hacia Dios. Es imprescindible que el deseo espiritual esté ordenado y dispuesto de acuerdo a una pedagogía espiritual a fin de situarse y permanecer en esta armonía con la acción de Dios, que actúa según los números, peso y medidas de cada uno.

Todas las vías y todos los ejercicios espirituales (especialmente en el marco cristiano), sea cual sea el nombre que se les dé: de piedad, místicos o iniciáticos, no tienen otro objetivo ni otras funciones. Es así que el hombre abre de nuevo la puerta al Señor; tal es la manera de tenerse a la espera de Dios y tal es lo que Dios espera de nosotros.


Notas:

1Apocalipsis III, 20.
2 Apocalipsis XXII, 17.


Acerca del Autor

Pascal Gambirasio d'Asseux

Pascal Gambirasio d'Asseux nació en París en 1951. Abogado, se ha dedicado también a la espiritualidad cristiana. Escritor, conferenciante (invitado de France Culture y de Radio Chrétienne Francophone), ha publicado varios libros -que ahora son referencias reconocidas- sobre la dimensión espiritual de la caballería y la heráldica o la ciencia del escudo de armas, sobre la naturaleza cristiana de la realeza francesa y del rey de Francia, así como sobre el camino cristiano de la iniciación como camino de interioridad y de encuentro con Dios: iniciático, de hecho, lejos de las interpretaciones desviadas que han distorsionado su significado desde al menos el siglo XIX, significa al mismo tiempo origen, inicio e interiorización del proceso espiritual para que, como enseña San Anastasio Sinaí, "Dios haga del hombre su hogar". De este modo, quiere contribuir al (re)descubrimiento de esta dimensión dentro del Misterio cristiano, olvidada o incluso rechazada por unos porque está desfigurada por otros.



Masonería Cristiana





lunes, 25 de mayo de 2020

CRISTIANO Y CRÍSTICO /Ramon Marti Blanco



Una pintura de Jesús apareciéndose a sus apóstoles después de su resurrección.
Duccio di Buoninsegna (c. 1255/1260, Siena - c. 1318/1319, Siena)



A la Gloria del Gran Arquitecto del Universo
CRISTIANO Y CRÍSTICO

Una puntualización. No solamente muchos masones andersonianos hacen esta diferenciación, entre cristiano y “crístico” sino también masones pertenecientes a Obediencias que se dicen “rectificadas”. Desgraciadamente he tenido que oír en más de una ocasión esa expresión en boca de masones que se dicen Rectificados, cuando anteponen la condición de iniciado por encima de la de cristiano.


Etimológicamente la palabra Cristo viene del griego Khristos (ungido) y ésta a su vez del hebreo “mashiach” que quiere decir: ungido de Dios. Cuando decimos “cristiano” o “crístico” estamos diciendo la misma cosa, o sea, que se relaciona con la persona de Cristo. La primera vez que aparece la palabra cristiano, nos viene indicada en la misma Biblia, en Hechos de los Apóstoles (11, 26) cuando dice: “Y sucedió que estuvieron ellos unidos en la Iglesia durante un año entero y adoctrinaron a una multitud considerable, y por primera vez allí en Antioquía los discípulos fueron llamados cristianos”.


Lo que sucede es que en la actualidad se utiliza la palabra “cristico” para definir un cristianismo de perfil bajo, como para definir una suerte de “sub-cristianismo” o “cristianismo minimalista”, definición que trata de eludir el compromiso que supone el hecho de decirse y sentirse cristiano, o seguidor e imitador de Cristo que viene a ser lo mismo.


Esta expresión de “crístico”, por desgracia la he oído emplear tanto en masones andersonianos, como en masones Rectificados desviados, que la utilizan para marcar distancias con aquellos como nosotros, que ponemos por delante nuestra condición de cristianos por encima de cualquier otra consideración. O ¿es que acaso cuando somos iniciados en el Rito Escocés Rectificado –en el juramento que formulamos en el grado de Aprendiz- no afirmamos nuestra condición anterior de cristianos?


Así pues, Queridos Hermanos, refiriéndonos al Rito Escocés Rectificado, estamos hablando, con toda simpleza, pero con toda rotundidad, de un rito masónico cristiano.


Barcelona, 13 de Mayo de 2020, año de la Verdadera Luz, 6020 en modo masónico

Ramon  Martí Blanco


Masonería Cristiana
Ramón Martí Blanco

Biografía

Obras en Amazon

domingo, 17 de mayo de 2020

La noción de "orden" en la francmasonería / Eduardo callaey







Los propios masones llamamos a la masonería “La Orden”. ¿Qué queremos significar con este término? Hace tiempo incluí un artículo referente a este tema en "Las Claves Históricas del Símbolo Perdido" (Nowtilus, Madrid, 2010). Me pareció interesante recrear el artículo agregándole algunos conceptos de Jean-François Var. Veamos


 “La Orden”… Esta es la forma abstracta con la que los masones denominamos a la institución francmasónica. Cuando nos referimos a la masonería, o cuando queremos mencionar a la institución de la que formamos parte, decimos simplemente “La Orden”. Pero, ¿Qué hay detrás de esta palabra? ¿Qué es una Orden? ¿Por qué los francmasones utilizamos este término? ¿Qué significa y que implica ser iniciado francmasón?


Podríamos comenzar definiendo el término: Orden, “del latín, ordo, clase, categoría, regla establecida por la naturaleza, también uno de los siete sacramentos de la Iglesia, disposición de las cosas de acuerdo a un método”.


En la historia de Occidente podemos hallar este concepto de ordo utilizado en diferentes campos, desde lo religioso y lo político hasta el arte y la arquitectura. Podríamos analizar cualquiera de estas acepciones y en todas encontraríamos relación con la francmasonería, pero a los fines de nuestro trabajo merece nuestra atención aquella que estableció Johnson al decir que: “…Una Orden puede definirse como una hermandad, sociedad o asociación de ciertas personas, unidas por Ley y Estatutos peculiares a la sociedad, que persigue un objeto o designio común, y se distingue por sus costumbres particulares, insignias, divisas o símbolos…”[a] 


Albert Gallatin Mackey nos aporta una segunda definición al decir que “… una Orden es un gobierno regular o una sociedad de personas dignificadas por marcas de honor y una fraternidad religiosa…” En cualquier caso Orden implica una regla y esta, a su vez, impone un pacto de adhesión. En la francmasonería este pacto está sellado por un acto solemne denominado “iniciación”. De tal modo que podríamos afirmar que la francmasonería no es una organización basada simplemente en ese pacto societario de adhesión sino que constituye –en palabras de Javier Otaola- “…una forma de asociacionismo muy particular…” puesto que la masonería “…se vincula necesariamente, por definición, con una tradición profesional anterior a los socios que la componen y a una especie de mandato constituyente tácito del que no puede apartarse sin perder su propio sentido y carácter iniciático…”[b]


Ese componente constitutivo está contenido en aquello que los masones denominados “Antiguos Límites”, junto con los rituales, los usos y costumbres y el lenguaje simbólico que otorga a la francmasonería su particular distintivo metodológico. Este conjunto de reglas y prácticas es el que distingue a la Orden Masónica de otras asociaciones profesionales que devinieron en gremios por carecer justamente de este componente particular.


Si bien no existe un desarrollo histórico preciso de la Orden, ni un criterio unificado acerca de sus orígenes, parece muy probable – a la luz de la investigación presentadas en mi libros anteriores- que haya recibido, a lo largo de su historia, la influencia de otras órdenes religiosas cristianas de las que tomó ciertas características.


Las órdenes monásticas surgidas en la alta edad media se extendieron a lo largo de Europa y no sólo marcaron el rumbo del primer milenio de la cristiandad sino que monopolizaron en sus claustros la educación de la elite intelectual y moral de la civilización europea. Los hombres que ingresaban en estas estructuras eran individuos capaces de sostener un compromiso mayúsculo en contraposición a aquellos que permanecían en el “mundo profno” o en el clero secular.


Del mismo modo que estas órdenes religiosas tenían un objeto y una razón de ser que les era propia, la francmasonería no puede entenderse apartada del método iniciático ni del sistema simbólico-alegórico en el que basa su doctrina. Pero tampoco puede comprenderse si la apartamos de su potencial transformador de la sociedad a través de la influencia decisiva de sus hombres.


Si reflexionamos acerca de cuántos postulados y objetivos sustentados en el pasado por la francmasonería son hoy patrimonio de la humanidad y si pudiésemos imaginar el inmenso número de voluntades que han debido concentrar un esfuerzo sostenido para llevarlos a cabo, entonces no resulta difícil concebir un concepto de Orden ideal más allá de las múltiples expresiones del campo masónico.


Constructores por definición, los francmasones han creído y creen en un orden social más justo y en un mundo fraterno. La búsqueda de ese orden es inherente a la práctica masónica. Pero, como lo señalara Jean Mourgues, “...sólo escogemos a los constructores que saben estar por encima de las disputas de escuelas, La perfección de la Orden colectiva se basa en la calidad de los hombres que han de construirla...”[c]


Nos hemos acercado al significado que adquiere la palabra “Orden” entre los masones. Llegado este punto, conviene ahora dar la palabra a una de las autoridades más destacadas en el ámbito de la masonería cristiana. Nos referimos a Jean-François Var eeferente ineludible del Régimen Escocés Rectificado. Dice Var:



LA NOCIÓN DE ORDEN EN EL RÉGIMEN ESCOCÉS RECTIFICADO
(Traducción de Ramón Martí Blanco)


Este tema de estudio podría también, dadas las características propias del Régimen, y en especial su constitución orgánica, ser formulado de la manera siguiente:



Relaciones de la Caballería y la Masonería
en el Régimen Escocés Rectificado.


Tal formulación, que cuadra perfectamente con los textos doctrinales del Régimen y se inspira en ellos, pone límites al campo de reflexión:


-   este campo está circunscrito al Régimen Escocés Rectificado, por tal de no dispersarse en consideraciones tan extensivas y por tanto (y forzosamente) imprecisas sobre todos los aspectos multiformes que podrían ser englobados en un estudio demasiado generalizado;

-         esta reflexión llevará a los orígenes principales del Régimen, con el fin de dar luz sobre las realidades presentes y conferirles su sentido pleno.


*
*  *

En los textos doctrinales del Régimen, se afirma la existencia de una «Orden sublime, secreta, primitiva y fundamental», poseyendo cada uno de estos calificativos un significado preciso, no circunstancial y relativo a la esencia de lo que se trata[1]. Los mismos textos la denominan también «Alta y Santa Orden», denominación importante a tener en cuenta a lo largo de la exposición.


 De la Orden así calificada se derivan, si tomamos como punto de partida las realidades presentes por movimiento retrógrado, como así procede:


1 La «Orden Bienhechora de los Caballeros Masones de la Ciudad Santa», dicha también «Orden de los Caballeros Bienhechores de la Ciudad Santa» del Régimen Escocés Rectificado;

2 La Masonería que, en la «genealogía de la iniciación»[2], le es a la vez anterior y posterior.



*
*  *
Esta Orden sublime, secreta, primitiva y fundamental tiene su carta de naturaleza en cuanto a realidad primera en un orden –y en una Orden- en sí misma, de la que es preciso elucidar la noción.


«Orden» viene del latín Ordo, que se encuentra por su parte en relación con el griego orthos, que quiere decir «derecho», o también «justo», y esto de dos maneras:


a)      en el sentido «vertical», «de pie», que evoca directamente la divisa Adhuc Stat; en las Santas Escrituras, es decir «justo» el hombre que se tiene de pie y derecho ante la Faz de Dios;

b)      en el sentido de «equitativo» e «imparcial», que evoca directamente la virtud de Justicia[3]; y también en el sentido de «exacto», que nos lleva a la calidad de precisión[4].

Ordo tiene por otra parte el mismo origen etimológico que el verbo orior (oriri) que significa «elevarse», «dirigirse». Ningún cristiano ignora que Oriens («Oriente») –palabra por palabra «aquel que se eleva»[5] («Naciente»)- término que designa geográficamente un punto cardinal o también una «orientación» cartográfica, lleva analógicamente y simbólicamente, a Cristo, del que éste término es un nombre, nombre celebrado en la liturgia cristiana por la quinta Gran Antífona antes de Navidad[6].


Resulta pues de lo que precede que la noción de orden se organiza según dos ejes –podríamos decir dos «ordenamientos»- uno horizontal y otro vertical.


Esta noción implica a continuación la idea de un funcionamiento «regular», es decir que obedece a leyes y reglas. Este funcionamiento regular es por definición un funcionamiento «justo», o sea coherente, equilibrado, e igualmente armonioso, y como consecuencia apacible. Así, la idea de «armonía» y la de «paz» están incluidas en la de orden.


Añadiremos que si el orden es auténtico, y no ficticio o incluso impuesto –es decir, en los dos casos, mentiroso- es por naturaleza «bello y bueno». Detengámonos en este asunto unos instantes.


Cuando caracteriza a la naturaleza creada, es decir, al mundo, los Griegos designan a este «bello y buen orden» por el término Cosmos. (Mundus tiene por otra parte el mismo sentido en latín). Es importante precisar al respecto que el «orden cósmico» del que aquí se trata no es en absoluto el orden cosmológico, al que casi siempre el pensamiento contemporáneo se refiere, sea deliberadamente o por irreflexión: por lo que a mí respecta entiendo por esto un orden que sería producido por la naturaleza misma como si ésta poseyera capacidad ordenadora. Conforme a la Tradición, el orden cósmico, es al contrario la naturaleza arreglada y dispuesta en bello y buen orden por un Agente que le és exterior y superior, es decir: Dios Creador.


Ahora bien, «bello y bueno» se dice en hebreo Tov. Tal es precisamente la constatación impregnada de satisfacción, podríamos decir incluso de admiración, que Dios emite ante su obra. Como lo relata el Libro del Génesis en su primer capítulo, en siete ocasiones el Creador constata la «belleza-bondad» de su creación. Las seis primeras veces, exclama Ki-Tov, literalmente: «¡Qué bello-bueno! (es esto)». Luego, en la séptima, considerando su obra terminada, señala: Tov-Meod, lo que las Biblias francesas traducen por «muy bueno», pero que significa en realidad «bello y bueno supremamente», o quizá mejor «superabundantemente»[7].


No deja de ser interesante observar de pasada que el valor gemátrico de Tov, que es 17, es también el valor de Ieshua, Jesús[8]. Ahora bien, sabemos que la identidad de valor gemátrico de uno o varios términos manifiesta una similitud en profundidad de las realidades que estos términos designan. Así pues, esta Belleza-Bondad que transparenta (en el sentido de «aparecer por transparencia») en el mundo, es el Cristo-Logos subyacente al mundo, simultáneamente en tanto que ordenador del cosmos y en tanto que orden del mismo cosmos. (Pues el Logos –luego volveremos sobre ello- es la Ley de leyes del mundo).


No deja tampoco de ser interesante observar, que encontramos un reflejo de esto en el pensamiento antiguo. En la concepción griega, el ideal de hombre al que cada uno se debe esforzar por aproximarse es calificado de kaloskagathos, «bello y bueno», noción idéntica a la que acaba de ser descrita. Resulta de ello que la perfección original del hombre primero es verdaderamente una realidad única, accesible al conocimiento, sea por la revelación (las Escrituras), o por la reflexión (que es también una forma de revelación).


Para volver a la noción de orden, destaquemos todavía que incluye la idea de un mandamiento (de una «orden») dada por un superior, el cual es de algún modo la encarnación de la ley o la regla.


Finalmente, y éste no es el menor de sus aspectos, esta noción lleva de una manera general a lo sagrado, aspecto que, en modo eclesial, encuentra su declinación en el «sacramento del orden», el cual es indispensable mencionar, sin hacer tampoco mayores desarrollos que no son objeto del presente estudio. Sin embargo podemos recordar la denominación Alta y Santa Orden, mencionada al principio.


Todo esto pone en evidencia que la noción de orden, y así pues de la Orden, se relaciona con la acción del Creador en el Universo, Aquel que los Masones denominan el Gran Arquitecto del Universo por la precisa razón, que en el ámbito que les és propio, contemplan al Dios Creador y no, por ejemplo, al Dios Redentor, relacionando solamente su actividad particular a su acción creadora. Es de ésta última que resulta la orden de creación, este «bello y buen orden» siendo producida por Aquel del cual provienen toda belleza y toda bondad.


Ahora bien, el Creador, es el Verbo divino, el Logos, fundamento y principio de todos los principios, de todas las leyes y de todas las relaciones entre las cosas y los seres. El Orden –y todo lo que les es relacionado- es la marca y el sello del Verbo Creador.


Aquí, se impone una precisión. La acción del Verbo es inseparable a la del Padre y a la del Espíritu Santo. Pero siendo inseparable, ella es distinta. El Padre es Fuente de todo, y actúa por el Verbo y por el Espíritu; el Verbo construye; el Espíritu vivifica y Él santifica. Como ya he señalado en multitud de ocasiones, la Masonería es del ámbito de la acción del Verbo, no es ámbito de la acción del Espíritu, siendo éste ámbito, en primer lugar, la Iglesia.


Es la razón por la que los juramentos masónicos son tomados, y no pueden ser tomados de otra manera, conforme a la tradición, que sobre el Prólogo del Evangelio según san Juan, en el que se proclama teológicamente el Verbo Pre-Eterno, a la vez Verbo Creador y Verbo Encarnado[9].


Desarrollemos este punto. Toda acción en el mundo debe ser conforme al orden divino, ella debe ser ordenada o «en orden» (idea que volvemos a reencontrar en la fórmula «a la orden»). Tal es el estado primero de la regularidad.


Con la «función», franqueamos un grado más en la coherencia y la cohesión: pasamos del ordenamiento a la regulación. En efecto, la función sólo puede ejercerse en el seno de una «organización» o mejor aún, de un «organismo», ser estructurado y vivo, dotado de identidad propia, movido por principios directores y obedeciendo reglas específicas que condicionan su permanencia: sin estos principios y reglas, deja de existir. Principios, reglas, funciones, identidad propia no reducible a otra: tales son las características de una Orden.


Añadamos que hay varias categorías de Ordenes, que van de lo profano a lo sagrado. «Profano», en especie, no es un calificativo peyorativo, es únicamente designativo, y sinónimo de secular. Las Ordenes de la antigua Francia, en tanto que eran constitutivas de la sociedad, eran «seculares» o «profanas». Sin embargo, podemos ver a continuación, que si ciertas Ordenes son puramente profanas, otras son a la vez profanas y sagradas. La Iglesia por ejemplo, es las dos cosas a la vez: es sagrada por su origen y función, ella no es del «mundo», pero es profana y secular por que opera «en el mundo».


La Orden masónica y la Orden Caballeresca, en cuanto a ellas, se inscriben ambas en lo sagrado, más exactamente en lo sagrado religioso, puesto que ambas son cristianas, por origen y por destino. Todas dos tiene la misma Cabeza: Cristo. Las dos tienen pues una naturaleza religiosa. Pero sus funciones, las de una y otra, no son religiosas. Esta distinción entra naturaleza y función es capital. Su olvido es el origen de cantidad de concepciones confusas en las que todo se mezcla en un barullo inextricable que hace el mayor de los males a la verdad confundiendo el espíritu de demasiados Masones –y de no Masones- mal aleccionados.


Insistimos en ello: la naturaleza es una cosa, la función es otra. La naturaleza de la Orden masónica es religiosa, la naturaleza de la Orden caballeresca es religiosa, puesto que ni una, ni otra pueden concebidas ni pueden funcionar independientemente de Cristo y fuera de él. Por tanto, solamente la Iglesia de Cristo tiene una función religiosa; la Orden masónica y la Orden caballeresca, no. Por decir las cosas crudamente, ni una ni otra celebran ni administran los sacramentos.


¿Cuáles son pues las funciones de una y otra? La función de cada una –irreducible a la de la otra- es una declinación particular de la acción de Cristo: es un modus operandi específico a cada una de estas dos Ordenes, caracterizado por un doble hecho –esto es de importancia capital: El que actúa es Cristo, y nosotros actuamos con Él. Nosotros somos, como dice el apóstol Pablo, sus cooperadores.



LA ORDEN MASÓNICA


La Orden masónica se sitúa en la línea recta de la acción creadora, organizadora y constructora del Verbo-Logos. Su función es la edificación, o reedificación del Templo: del templo del mundo o «templo universal», y sobre todo del «templo del hombre» o templo personal, o mejor aún templo interior.


Edificar (o reedificar) el templo, es -cada uno lo sabe- hacer de este lugar que es el mundo y de este lugar que es el hombre, la Morada de la Presencia divina. He desarrollado esto en otra parte, y no voy a volver a ello[10].


La obra propia del Masón, a la cual está dedicado (en sentido propio: «dedicado por sus votos»), es la de edificar (la de reedificar) su templo interior. Ahora bien lo que es interior es superior o elevado, de igual modo que lo que es exterior es inferior. «Elevado» se dice en latín excelsus, y podemos considerar que el templo existe desde que los ángeles, los hombres y toda la creación, pueden cantar: ¡Gloria in excelsis Deo!


El templo es forzosamente «elevado» en los dos sentidos del término; a saber erigido, construido, y también situado en «un lugar muy alto». Es el caso del templo de Jerusalén, de tal manera, que para ritmar las procesiones que suben los escalones, cantan los «cánticos de los escalones» o «de la subida».


Pero esta altitud topográfica era la «figura» de una altitud de naturaleza absolutamente distinta, en virtud de la cual el templo es «el cielo sobre la tierra». He aquí uno de los significados de la divisa Meliora Praesumo cuya traducción francesa deliberadamente desplazada: «Entreveo más grandes cosas», nos lleva, por razón de la aparente inexactitud terminológica, a una pertinencia espiritual singularmente movilizadora.


No olvidemos tampoco, que si esta edificación (o reedificación) del Templo es obra colectiva y de equipo, sin embargo conduce a un resultado personal: el templo del hombre. Pero este resultado personal es también absolutamente universal: pues el templo del hombre,  es el Cristo morando en el hombre, y el hombre en Cristo[11].


He aquí por que el hombre-Hiram, imagen del Cristo-Hiram[12] es «levantado», a fin de ser «elevado». A continuación podremos cantar: ¡Gloria in excelso Deo! Gloria a Dios en «aquel que es elevado».


Así pues, la Orden masónica funciona según la Justicia en sus dos dimensiones descritas al principio de esta exposición, la horizontal y la vertical, que según la manera en que sean juntadas, forman una escuadra o bien una cruz.


Y repitámoslo: su objeto es la elevación.


LA ORDEN CABALLERESCA


La Orden caballeresca funciona totalmente diferente: por identificación con el Verbo Encarnado en tanto que Cordero que da su Vida por la vida de otro. Cordero, en primer lugar sacrificado, luego triunfante. Como Él, el caballero desciende en el mundo, no al mundo de los orígenes sino al de la caída, mundo que ya no es cosmos sino caos y desorden. El caballero combate este mundo, lo que es de orden de la justicia, para socorrer a los pequeños, a los débiles y los humildes, lo que es de orden de la compasión y la misericordia.


El caballero defiende los «santos lugares», los cuales son, en realidad, los hombres creados a imagen de Dios que estos lugares santos designan figurativamente. Se esfuerza en protegerlos, por su cuenta y riesgo, del contagio del «misterio de la iniquidad», de los asaltos de «la abominación de la desolación» que trata de establecer su residencia en este lugar santo que es el hombre.


Tal es, bajo todos estos aspectos, la «guerra santa» que el caballero lleva.


La caballería se modela pues en el comportamiento divino, ella es Imitatio Christi. ¿No es acaso el Cristo presentado por los textos medievales como el más perfecto de los caballeros, el caballero por excelencia?


Es por lo que el estado de caballero es una cualidad personal, en que es una cualidad que cumple y perfecciona la persona –lo que ésta no puede realizar si no es modelándose en Cristo. El caballero actúa en persona y en unión con la Persona de Cristo. Lo hace por la justicia en la misericordia, o mejor dicho, para y por una justicia misericordiosa.


No obstante, en la perspectiva histórica cristiana, constatamos que estas «personas» que son los caballeros se unen en Ordenes, que responden a todas las características anteriormente definidas como específicas a las Ordenes. Estas Ordenes son Ordenes religioso militares, «religioso» relacionándolas con su naturaleza y «militares» a su modo de acción, que es a la vez la guerra santa tal como la hemos analizado y al combate por la «defensa de la religión cristiana».


La Orden de los Caballeros Bienhechores de la Ciudad Santa, a ejemplo de estas Ordenes religioso militares, y singularmente a la del Temple, «con la que tiene la mayor de las afinidades», «deriva de la antigua Orden general de la caballería». Esto es lo que nos enseñan los textos. La cuestión es entonces saber lo que conserva de común con estas Ordenes «históricas» y en lo que se diferencia.


Su naturaleza es y lo continúa siendo religiosa; no puede ser de otra manera. En contrapartida, no tiene existencia social; en tanto que Orden, no forma parte integrante de la sociedad. El plano en el que se sitúa y actúa, es el de la ciudad de Dios, el de la Ciudad Santa.


Por añadidura, su «estado militar [...] ha cesado». Se continúa dedicando al combate, pero este combate es puramente espiritual, es el de la fe. Despojada enteramente, en sus razones de existencia, de toda contingencia histórica y social, nuestra Orden constituye una «milicia Espiritual», la de los milites Christi, los soldados de Cristo.


«Espiritual» no quiere decir, no lo ha querido decir nunca «desencarnada». Si la Orden no tiene existencia social ni ejerce acción social, por el contrario tiene el deber de actuar en la sociedad. «La fe que no actúa, ¿es una fe sincera?»[13] El combate de la fe es inseparable del de la caridad.


La Orden debe pues, por fidelidad hacia sí misma y hacia Aquel que es su jefe, practicar esta beneficencia que figura en su titularidad. Es para sí misma, en tanto que Orden cristiana, como para cada uno de aquellos que se han comprometido en sus filas, un deber de estado. La beneficencia, en este caso, no es solamente una obligación moral, es una exigencia espiritual que se desprende de la naturaleza misma de la Orden. Ella es en efecto la declinación práctica de la caridad, que conforme a las enseñanzas del apóstol Pablo, es la más alta de las virtudes teologales, aquella que «no pasará jamás»[14]; de la caridad deificante, que da conforme a Dios, pues «Dios es Amor»[15].


Tales son las características de la Orden masónica, y de la Orden caballeresca. Las bases de estas dos Ordenes son las mismas, o quizá mejor tienen la misma y única base, que es el Cristo, Hijo y Verbo de Dios: Verbo Creador y Verbo Encarnado. De donde la relación de analogía, incluso de equivalencia, entre, primeramente, las siete virtudes cristianas: las cuatro virtudes cardinales, explícitamente denominadas «masónicas» por nuestros rituales, y las tres virtudes teologales, indicadas por sus iniciales en el cuarto tablero del grado de Maestro Escocés; en segundo lugar, las siete armas del caballero; y en tercer lugar, los siete dones del Espíritu Santo[16].


La realidad energética profunda, el motor de su acción es idéntico: es lo que el Régimen llama la Iniciación, socorro otorgado por la Providencia para reparar los efectos de la caída y puesto en práctica por el Cristo, que contemplado bajo este aspecto, nuestros textos doctrinales denominan el Gran Reparador[17]. De donde una identificación en profundidad, más allá de las distinciones de forma y acción: «La verdadera Caballería era la verdadera Iniciación o verdadera Masonería, palabra que se ha convertido en sinónimo».


Hay igualmente unión –sin confusión- de las dos cualidades, la de masón y la de caballero. La aspiración del masón –y no se es masón en plenitud si no se es cristiano, es decir rectificado[18]- aspiración anunciada, pero todavía confusa y casi inconscientemente en ese estadio, por la divisa Meliora Praesumo, es la de hacerse «reconocer como un verdadero Caballero Masón de la Ciudad Santa».


Hacerse reconocer como tal, se dice, formulado de otra manera: «construir constantemente en el Templo del Señor». Tal es la operación que revela –y que cumple- la cualidad de Caballero Masón de la Ciudad Santa en todas las implicaciones de esta denominación.


Esta operación consiste en tres obras:
-         el culto al verdadero Dios;
-         el amor al prójimo;
-         el combate contra el reino de las tinieblas[19].

Esto es, «remontarse al objeto primitivo de la iniciación masónica».

Esta remontada no puede en ningún caso ser egoísta y no puede continuar siendo abstracta; debe dar fruto y por consecuencia ser concretamente altruista, y ordenada a la caridad:


«Nos encontramos situados entre la Iniciación simbólica y la Iniciación perfecta, para ayudar a remontarse hasta la Orden primitiva a aquellos que la divina misericordia llama».
Podemos dar a esto la formulación siguiente:



restablecer la unidad armoniosa y visible de la Creación,

sea esta el universo o la sociedad humana, que se reflejen una a otra, y sean su espejo.

O incluso:


rehacer de la Creación una Orden,
o el Hombre sea a la vez:

-         constructor del templo real y no figurativo, «Masón de la Ciudad Santa»;
-         soldado, defensor y guardián del orden cósmico restaurado;
-         y sacerdote, celebrando la liturgia cósmica por la que Caeli et Terra enarrant Gloriam Dei[20].

----------------------------------------------------------------------------------------------------------------
[1] La profundización y desarrollo de estas significaciones podría ser objeto de útiles estudios particulares.
[2] Consultar mi estudio La iniciación y Cristo (publicado en el compendio de Ponencias de Manresa-2008).
[3] Cf. en anexo las Apreciaciones sobre la justicia.
[4] Todos los significados relativos a la justicia y precisión se encuentran reunidos en la noción de ortodoxia, que designa a la vez la “justa opinión”, así pues, en lenguaje cristiano, la “justa confesión de fe”, y la “justa glorificación” de Dios.
[5] O también “el Germen”, “aquel que germina”, que profetiza Isaías.
[6] Cf. mi estudio L’Orient spirituel du Maçon rectifié.
Recordemos cuáles son estas antífonas, dichas también “de los grandes ¡Oh!” o también de los “Nombres divinos”:
Primer Nombre divino:        ¡Oh! Sabiduría (17 de diciembre)
Segundo Nombre divino:   ¡Oh! Adonaï (18 de diciembre)
Tercer Nombre divino:       ¡Oh! Vástago de Jessé (19 de diciembre)
Cuarto Nombre divino:       ¡Oh! Llave de David (20 de diciembre)
Quinto Nombre divino:      ¡Oh! Oriente (21 de diciembre)
Sexto Nombre divino:         ¡Oh! Rey de las Naciones (22 de diciembre)
Séptimo Nombre divino:    ¡Oh! Emmanuel (23 de diciembre)
Octavo Nombre divino:      ¡Oh! Jesús (24 de diciembre)
Resulta adecuado observar de pasada que los siete primeros Nombres del Salvador son nombres substitutivos”, y que el octavo es su Nombre propio.
[7] En efecto, aquello que Dios da, lo da en superabundancia, con prodigalidad, sin retención. Dios no es nunca tacaño, como a menudo lo es el hombre. Podemos meditar con provecho la sucesión, a lo largo de la cronología de la creación según el Génesis, de estas constataciones hechas por Dios:
I.                     en el primer día, creación de la Luz (principal): primera constatación;
II.                   en el segundo día, separación de las aguas de por encima de las aguas, de encima del firmamento: sin constatación;
III.                 al tercer día, aparición de la tierra (lo «seco») desgajada de mitad de los mares, luego producción de los vegetales: segunda y tercera constatación;
IV.                 al cuarto día, producción de las luminarias en el firmamento de los cielos: cuarta constatación;
V.                   al quinto día, producción de los peces y las aves: quinta constatación;
VI.                 al sexto día, producción de los seres animados terrestres: sexta constatación; luego, creación del hombre «a imagen y semejanza» de Dios: aquí no hay constatación, sino bendición;
VII.               finalmente, Dios contempla su creación acabada: séptima y última constatación.
¿Por qué Dios, después de haber creado al hombre, no lo declara «bello y bueno»? Precisamente por que, habiéndolo creado a su imagen y semejanza, esto le llevaría a admirarse a sí mismo.
Precisemos, en efecto. Cuando Dios, expresándose en plural, dice: «Hagamos al hombre a nuestra imagen y según nuestra semejanza», los Padres de la Iglesia, afirman unánimemente, que es la Divina Trinidad el sujeto que habla, que se «constituye en su consejo», añaden algunos otros.
Ahora bien, ¿qué quiere decir substancialmente «creado a imagen de Dios»? La «imagen de Dios» es una realidad concreta: es el Hijo Pre-Eterno. Efectivamente, «el Hijo es la imagen de Dios invisible, el primogénito de la creación» (epístola a los Filipenses 1/15). El hombre es por consecuencia portador de la imagen del Hijo, a su vez imagen del Padre.
Para Dios, declarar al hombre «bello y bueno» equivaldría a declararse a sí mismo Bello y Bueno. Parecida actitud egocéntrica y narcisista de auto-admiración estaría absolutamente excluida por la misma naturaleza de Dios (o mejor dicho, su comportamiento natural): Dios es «todo amor», así pues totalmente altruista.
Dios admira, precisamente, el resto de su creación por que es diferente a Él. En efecto, aunque ella lleva su marca, no está creada a su imagen y semejanza, lo que queda reservado al hombre.
En contrapartida, si Dios no admira al hombre, sin embargo lo bendice. ¿Qué quiere decir esto? La bendición es una comunicación de energías divinas. Estas energías divinas están destinadas a poner en marcha el proceso por el cual la similitud exterior que une el hombre a Dios se convertirá en una identificación interior, es decir el proceso de «deificación».
Este proceso ha sido interrumpido por la caída, pero nunca abandonado por Dios. Ha sido precisa la Encarnación del Verbo, Hijo e Imagen del Padre, para volverla a poner en movimiento.
[8] Señalado por Michel Dorin, a quien lo agradezco.
[9] Cf. mi estudio De la Masonería cristiana a la Masonería rectificada.
[10] Cf. mi estudio El trabajo del Masón rectificado.
[11] Cf. mi estudio El Templo en la Tradición cristiana.
[12] Cf. mi estudio Qui est Hiram?.
[13] Racine Athalie, I, 1.
[14] 1 Corintios 13, 8.
[15] 1 Juan 4, 9.
[16] Recordemos estas relaciones según una tipología tradicional:
Dones                    Virtudes                                Armas
Temor de Dios     Templanza            Espuela
Piedad                   Prudencia              Coraza
Justicia                  Ciencia                  Guanteletes
Fuerza                    Fuerza                    Espada
Consejo                 Fe                           Casco
Inteligencia           Esperanza             Escudo
Sabiduría               Caridad                  Lanza
[17] Esta denominación que sorprende en nuestros días era de uso común en la «escuela espiritual francesa» en el siglo XVII. Se puede encontrar, entre otros, en Pascal y en Bossuet.
[18] Cf. mi estudio De la Masonería cristiana a la Masonería rectificada.
[19] Estas TRES obras puedan dar materia a desarrollos circunstanciados, que no son ahora oportunos.
[20] «Los cielos y la tierra cantan la gloria de Dios» (salmo 19, 2).
[a] Del vocablo “Orden”, Gallatin Mackey, Albert “Enciclopedia de la francmasonería”, (México, Grijalbo, 1981).
[b] Otaola, Javier, “La Masonería hoy, Razón y Sentido”, (San Sebastián, Haramburu Editor,1996) p. 41.
[c] Mourgues, Jean; “El Pensamiento Masónico”; (Madrid, Ediciones Kompas) pp. 35 a 42..



Fuente:
Este articulo fue publicado originalmente en el Blog: Temas de Masonería perteneciente al autor Eduardo Callaey , en fecha martes, Lunes 9 de enero de 2012


Decreto de Creación del Triángulo Masónico Rectificado "Jerusalén Celeste N°13"

El Hombre de Luz / La ordenación sacerdotal y los sacramentos / La vida consagrada / La iniciación / Pascal Gambirasio d’Asseux

        La ordenación sacerdotal y los sacramentos Según la jerarquía tradicional y estrictamente hablando, estamos hablando del obi...