lunes, 28 de junio de 2021

LA VISIÓN DE SANTA BRÍGIDA SOBRE LA SANTÍSIMA TRINIDAD / Santa Brígida de Suecia


                                                              https://es.wikipedia.org/wiki/Br%C3%ADgida_de_Suecia

                                                                                                                                            


De este conjunto de visiones reunidas en la obra Revelaciones de Santa Brígida, hay una muy particular que nos habla de la Santísima Trinidad.

“Y en aquel instante, dice santa Brígida, vi en el cielo una casa de admirable hermosura y magnitud, y en la casa había un púlpito, y en el púlpito un libro.

Y como yo mirase atentamente el mismo púlpito con toda mi consideración mental, mi entendimiento no bastaba para comprender cómo era, ni mi alma podía comprender su hermosura, ni mi lengua expresarla. El aspecto del púlpito era como un rayo del sol, el cual tiene color rojo y blanco, y de resplandeciente oro.

El color de oro era como el sol refulgente, el blanco era tan puro como la nieve, el rojo era como una rosa encarnada; y cada color se veía en el otro (…) no obstante cada cual era distinto del otro y por sí existía, pero en un todo y por todas partes parecían iguales.

Como yo mirase hacia arriba, no pude comprender la longitud ni la latitud del púlpito; y mirando hacia abajo, no pude ver ni comprender lo inmenso de su profundidad, porque todas estas cosan eran incomprensibles para ser consideradas” (Libro 8, Capítulo 7).

Dios explica a Santa Brígida la visión

Como Santa Brígida no comprendía esta visión sobre la Santísima Trinidad, Dios le explicó:

“El púlpito que has visto significa la misma divinidad, a saber: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. El no haber podido tú comprender la longitud, ni la latitud del púlpito, su profundidad ni su altura, significa que en Dios no se puede encontrar principio ni fin; porque Dios es sin principio, y era y será sin fin.

Y el que cada color de los referidos tres colores se veía en el otro, y sin embargo, cada color se distinguía del otro, significa que Dios Padre existe eternamente en el Hijo y en el Espíritu Santo, el Hijo en el Padre y en el Espíritu Santo, y el Espíritu Santo en ambos, con una sola naturaleza verdadera, y distintos en la propiedad de las personas.

El significado de cada color

El color que se veía sanguíneo y rojo significa el Hijo, el cual, dejando ilesa la divinidad, tomó en su persona la naturaleza humana.

El blanco significa el Espiritu Santo, por quien se hace la absolución de los pecados. El color de oro significa el Padre, el cual es principio y perfección de todas las cosas”.

Luego la explicación continuó: “una persona es el Padre, otra el Hijo y otra el Espíritu Santo, aunque una sola naturaleza; y por esto se te muestran tres colores separados y unidos: separados, por la diferencia de las personas, y unidos, por la unidad de naturaleza.

Y como en cada color has visto los demás colores, y no has podido ver un color sin otro, ni en los mismos colores nada que sea antes o después, mayor o menor; igualmente en la Trinidad nada hay antes o después, mayor o menor, dividido o confundido, sino una sola voluntad, una sola eternidad, un solo poder y una sola gloria.

Y aunque el Hijo proceda del Padre, y el Espíritu Santo de ambos, con todo, jamás existió el Padre sin el Hijo y sin el Espíritu Santo, ni el Hijo ni el Espíritu Santo sin el Padre” (Libro 8, Capítulo 7).

¡Santo Dios, Santo fuerte, Santo Inmortal, ten misericordia de nosotros!


Notas:

Brígida Birgersdotter (sueco: Birgitta Birgersdotter) conocida como santa Brígida de Suecia (Heliga Birgitta av Sverige) (Skederid, actual municipio de NorrtäljeUpplandSuecia1303 - Roma23 de julio de 1373), fue una religiosa católica, mística, escritora y teóloga sueca. Fue declarada santa por la Iglesia católica en 1391; es considerada además la santa patrona de Suecia, una de los patronos de Europa y de las viudas.


lunes, 21 de junio de 2021

Libro del orden de caballería; Príncipes y juglares / Ramón Llull

 


https://es.wikipedia.org/wiki/Orden_del_Santo_Sepulcro_de_Jerusal%C3%A9n



Comienza el «Libro del Orden de Caballería»

que compuso el bienaventurado Maestro Raimundo Lulio, Doctor Iluminado y Mártir de Jesucristo, paje que fue y barón del Muy Alto Rey Jaime el Conquistador, y Senescal del Noble Rey Jaime II del Reino de las Mallorcas; libro que fue ofrecido y entregado muy ordenada y sabiamente al Muy Noble Rey y a toda su gran Corte, permitiendo el Maestro que cualquier caballero que desee estar en ordenamiento de caballería lo pueda trasladar para que pueda leerlo con frecuencia, recordando el orden de caballería.

¡Dios, honrado y glorioso, cumplimiento de todo bien!

Con vuestra gracia y bendición comienzo este libro que es del orden de caballería.


Parte primera

En la cual se trata del principio de caballería

1. Disminuyeron la caridad, la lealtad, la justicia y la verdad en el mundo. Y comenzaron la enemistad, la deslealtad, la injuria y la falsedad; y por esto cundió el error y la perturbación en el pueblo de Dios; el cual pueblo había sido ordenado para que Dios sea amado, conocido, honrado, servido y temido por el hombre.

2. Cuando en el mundo cundió el menosprecio de la justicia por disminución de caridad, fue preciso desde un principio que la justicia retornase por su honor, mediante el temor. Por esto fueron hechos milenarios en todo el pueblo, siendo escogido y elegido, entre los mil que formaban el milenario, el que fuese más amable, y más sabio, más leal, más fuerte, de más noble ánimo, de mejor instrucción y de mejores costumbres que los demás.

3. También fue buscada entre todas las bestias la más bella, la más ágil y que con más nobleza pueda sostener el trabajo; pues debía ser la más conveniente para el servicio del hombre. Y porque el caballo es la bestia más noble y más conveniente para el servicio del hombre, fue elegido el caballo entre todas las bestias y fue entregado al hombre elegido entre mil. Y por esto este hombre elegido es llamado caballero.

 4. Cuando se hubo entregado la más noble bestia al hombre más noble, fue también conveniente que se escogieran y eligieran las armas que sean más nobles y más eficaces para combatir y defender al hombre de heridas y de la muerte. Y se entregaron estas armas al caballero, y éste se las apropió.

A quien quiera, pues, entrar en el orden de caballería, le conviene meditar y pensar en sus nobles principios; y conviene que la nobleza de su ánimo y su buena educación concuerden y convengan con el principio de la caballería.

Por esto también es inconveniente que el orden de caballería reciba en sus honras a sus enemigos, o a los que por su modo de ser y de obrar son contrarios a sus principios.

5. El amor y el temor se convienen contra el desamor y el menosprecio; y por esto conviene que el caballero, por la nobleza de su ánimo y buenas costumbres, y por un honor tan alto y tan grande como el que se le ha hecho por elección, por el caballo y las armas, sea amado y temido de las gentes; y que por el amor que recibe, devuelva caridad y ejemplo; y por el temor que causa, devuelva verdad y justicia.

6. El varón, en cuanto tiene más buen sentido y es más inteligente que las hembras, también puede ser mejor que las mujeres. Porque si no fuese tan poderoso para ser bueno como la mujer, seguiríase que bondad y fuerza de naturaleza serían contrarias a bondad de ánimo y buenas obras. Por donde, así como el hombre por su naturaleza, se halla en mejor disposición de tener noble valor y ser más bueno que la hembra; del mismo modo se halla también mejor preparado que la hembra para hacerse malo. Y esto es precisamente para que, por su mayor nobleza y valor, tenga mayor mérito, siendo bueno, que la mujer.

7. Aprende, escudero, lo que habrás de hacer si tomas el orden de caballería; porque si eres caballero, es que recibes la honra y la servitud -24- propias de los amigos de caballería; porque, en cuanto tienes más nobles principios, eres tanto más obligado a ser bueno y agradable a Dios y a las gentes. Y si eres malo, te haces el mayor enemigo de caballería, y resultas lo más contrario a sus principios y a sus honramientos.

8. Tan alto y tan noble es el orden de caballería, que no le basta estar formado de las personas más nobles, y que posea las más nobles bestias y las armas más honradas; porque también ha sido conveniente convertir a estos hombres que forman el orden de caballería en señores de gentes. Y puesto que el señorío tiene tanta nobleza, y la servitud tanto sometimiento, si tú, que tomas orden de caballero, eres vil y malvado, ya puedes pensar en la gran injuria que cometes contra tus vasallos, y también contra tus compañeros buenos. Porque por la vileza en que te hallas, deberías estar sometido; y por la nobleza de los caballeros que son buenos caballeros, tú eres indigno de ser llamado caballero.

9. Para el alto honor que recibe el caballero, aun no bastan la elección, el caballo, las armas y el señorío; porque también conviene que se le den escudero y garzón que le sirvan y se ocupen de las bestias. Y conviene también que las gentes -25- aren y caven y limpien de cizaña a las tierras para que den los frutos de que debe vivir el caballero y sus bestias. Y que el caballero cabalgue y señoree; con lo cual halla bienandanza precisamente en aquellas cosas en que los hombres trabajan tan duramente.

10. Los clérigos tienen ciencia y doctrina para que sepan y puedan amar, conocer y honrar a Dios y a sus obras, dando doctrina a las gentes, y un buen ejemplo en amar y honrar a Dios; y por esto son ordenados en estas cosas; y por eso también aprenden en las escuelas. Y así como los clérigos, por su honesta vida, por buen ejemplo y por ciencia, tienen orden y oficio de inclinar a las gentes hacia la devoción y la buena vida, en tal guisa los caballeros, por nobleza de ánimo y por fuerza de armas mantienen el orden de caballería, inclinando a las gentes a temor; por el cual temen los hombres injuriarse mutuamente los unos a los otros.

11. La ciencia y la escuela del orden de caballería es que el caballero enseñe a su hijo aun joven a cabalgar; porque si desde su adolescencia no aprende a cabalgar, tampoco podrá en su vejez.

Conviene que el hijo del caballero, mientras es escudero, sepa dar el pienso al caballo; y que aprenda a estar sometido, antes de ser señor, sabiendo servir a señor; porque de otra suerte no apreciaría la nobleza cuando fuese caballero.

Por todo esto el caballero debe someter a su hijo a otro caballero, para que aprenda a cortar y guarnecer, y demás cosas que tocan el honor del caballero.

12. Así como el que quiere ser carpintero tiene necesidad de tener maestro carpintero; y aquel que quiere ser zapatero necesita de un maestro que sea zapatero; de la misma manera quien quiera ser caballero, necesita un maestro que sea caballero. Porque, en tal guisa sería inconveniente cosa que el escudero aprendiese el ordenamiento de la caballería de un hombre que no fuese caballero, como lo es que el que quiera ser zapatero tenga por maestro a un carpintero.

13. De la misma manera que los juristas, los médicos y los clérigos adquieren ciencia y tienen libros, con cuya lección aprenden su oficio por magisterio de letras, oyendo a sus maestros; tan alto es y tan honrado el orden de caballero, que no es bastante que al escudero se le enseñe a dar pienso al caballo, a servir a señor, ir con él en hechos de armas, y otras cosas semejantes; sino -27- que también sería muy conveniente cosa que hubiese escuelas y ciencia escrita en los libros, y que fuese enseñado el arte de la misma manera que se enseñan las demás ciencias; y que los niños hijos de caballero aprendiesen desde un principio la ciencia que atañe al orden de caballería; y anduviesen por las tierras con los caballeros.

14. Si no hubiese culpas entre los clérigos y entre los caballeros, aquí bajo apenas se advertirían culpas en las otras gentes; porque por el ejemplo de los clérigos el pueblo adquiere devoción y amor a Dios; y por los caballeros temieran injuriar al prójimo.

De esta suerte, si los clérigos tienen maestros y doctrina, y frecuentan las escuelas, para ser buenos; y existen tantas ciencias que están en doctrina y en letras; se comete una injuria muy grande al orden de caballería cuando no existe, de modo semejante, una ciencia demostrada por letras; y que no se constituya escuela, como se han constituido para enseñanza de las demás ciencias.

Por esto mismo, el que compone este libro, ruega al noble Rey y a toda la Corte reunida en honor de caballería, que este libro dé satisfacción y sea restaurado en el honor el orden de caballería, porque es agradable a Dios.

Continuara...


Acerca del autor

Ramón Llull

Biografía - Ramon Llull - Doctor Iluminado

Fuente Wikipedia



lunes, 14 de junio de 2021

Tened fe en Dios / San Cirilo de Jerusalén

 


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Es una gran suerte, dice la Escritura, encontrar a un hombre que tiene fe (Pr 20,6). No te digo esto para incitarte a abrirme tu corazón, sino para que muestres a Dios el candor de tu fe, a ese Dios que escruta los corazones y conoce los pensamientos de los hombres (Sl 7,10; 93,11). Sí, es una gran cosa un hombre que tiene fe; es más rico que todos los ricos. En efecto, el creyente posee todas las riquezas del universo, puesto que las desprecia y las pone debajo de sus pies. Porque, aunque los que son ricos poseen un montón de cosas en el plano material, ¡qué pobres son espiritualmente! Cuanto más tienen, más se consumen por el deseo de lo que les falta. Por el contrario, y está ahí el colmo de la paradoja, el hombre que tiene fe es rico en el seno mismo de la pobreza, porque sabe que no tiene más necesidades que el comer y el vestir; con ello está contento y pone las riquezas bajo sus pies.

Y no es tan sólo nosotros, los que llevamos el nombre de Cristo, que vivimos un proceso de fe. Todos los hombres, incluso los que están alejados de la Iglesia, viven un proceso semejante. Es por una fe en el porvenir que, gente que no se conocen perfectamente, se contratan en matrimonio;  la agricultura se fundamenta sobre la confianza en que los trabajos realizados van a dar fruto; los marineros ponen su confianza en un delicado esquife de madera… También la mayoría de las empresas humanas se basan sobre un proceso de confianza; todo el mundo cree en estos principios.

Pero hoy las Escrituras os llaman a la verdadera fe y os trazan el verdadero camino que complace a Dios. Es esta fe que, en el libro de Daniel, ha cerrado la boca a los leones (Dn 6,23). Es por “el escudo de la fe, por donde se apagarán las flechas incendiarias del malo” (Ef 6,16)… La fe sostiene a los hombres haciéndoles, incluso, caminar sobre el mar (Mt 14,29). Algunos, como el paralítico, han sido salvados por la fe de los demás (Mt 9,2); la fe de las hermanas de Lázaro ha sido tan fuerte que consiguió hacerle salir de la muerte (jn 11)… La fe dada gratuitamente por el Espíritu Santo sobrepasa todas las fuerzas humanas. Gracias a ella se puede decir a esta montaña: “Trasládate a otra parte” y se trasladará (Mt 17,20).


Notas:

San Cirilo de Jerusalén (313-350)
obispo de Jerusalén, doctor de la Iglesia
Catequesis bautismales, nº 5



domingo, 6 de junio de 2021

El Espejo de la Caballería / Ensayo sobre la espiritualidad caballeresca/ Pascal Gambirasio d’Asseux



PRÓLOGO

2da Parte

“En nombre de Dios, las gentes de armas batallarán y Dios les dará la victoria”

Santa Juana de Arco

 

“Es preciso confiar en Dios como si todo dependiera de Él, y al mismo tiempo, comprometerse con generosidad como si todo dependiera de nosotros.2

Juan Pablo II 


El presente libro, como bien precisa el subtítulo, tiene por único objeto tratar de plantear una aproximación de lo que constituye el alma caballeresca, de lo que le confiere su identidad espiritual en el seno del cristianismo y tipifica pues su modo de plegaria y acción.

Deseamos avanzar en este camino “arriesgado” de la caballería, que a la vez y simultáneamente es un encaminamiento espiritual, a modo de prolongación de nuestra precedente obra dedicada a La vía del blasón. Ya que, no existen verdaderos escudos de armas que no sean -tanto en sus fuentes como en su cumplimiento-, caballerescos en su razón íntima, en su vitalidad y en su significado. De igual modo, no existe alma caballeresca que no tenga en sí, aunque sea velada en sus trazos o simplemente en su sentido interior, blasón que la encarne y realmente, la “nombre”, es decir la designe por su vocación, que no es otra cosa que su ser mismo llamado por el Padre. Alma hermana en el seno de una multitud en la que todos sus miembros son amados y llamados, pero no comparable a ninguna otra.

Situaremos nuestro discurso bajo el patronazgo luminoso de estos grandes modelos de la espiritualidad cristiana y caballeresca que son el rey Luis IX (san Luis) y Juana de Arco, que conjugan misteriosamente la gracia de ser a la vez la Dama perfecta soñada por la caballería y el modelo cumplido del caballero. Ambos ilustran, en el sentido pleno del término, gracias a sus actos, las plegarias y las palabras que la Providencia nos ha conservado de ellos, la naturaleza de esta espiritualidad que construye y anima la caballería, que le confiere una “atmósfera” o modo específico: música interior de la oración que “resuena” en el mundo de la acción en que ella se encarna y actúa.

Solo pueden tratarse de humildes pasos tras tan grandes almas y no está en la capacidad ni así pues en la intención de este libro, el marcar la integralidad de las “huellas” en esta vía mayor de la espiritualidad cristiana. No invitamos por tanto al lector, ni a una exégesis, ni a un curso de historia, sino simplemente a contemplar y a seguir, si tal es la llamada, un camino de vida, en y hacia Dios. Un camino abierto a los “corazones de amor encendidos” como escribía el rey René d’Anjou, otro entre los gentiles15 caballeros de Cristo. Por otra parte, es preciso recordar que, en este orden de cosas, no tenemos el derecho de inventar, sino el deber de transmitir.

La caballería como vía espiritual es perenne.

Desde la Encarnación de nuestro Señor y Salvador Jesucristo, dicha vía se afirma entre las actitudes del bautizado, de acuerdo a los carismas de cada uno, evocados por san Pablo16.

En estos tiempos de confusión mental y perversidad moral, de discursos manipuladores e hipócritas, de cinismo crepuscular y arrogante, de violencia contra el Espíritu y así pues trágicamente suicidas, el espíritu de la caballería, sin embargo, perdura y mantiene a través de los caballeros actuales las virtudes evangélicas que animaban a los caballeros de antaño.

De hecho, no hay caballeros de antaño y caballeros modernos, ya que el corazón de la caballería es único e intemporal y batía en los bravos pechos de antaño al mismo ritmo y con la misma fuerza que bate en los de nuestro tiempo. El “palenque”, el campo de batalla ha cambiado simplemente de dimensión, incluso de modo (no de naturaleza) pero, precisamente, el carácter espiritual de la caballería no hace sino ponerse más de manifiesto. Y si en estos días tenebrosos que nos ha tocado vivir, su existencia puede parecernos anacrónica, su papel ha de ser precisamente el hacerse presente y resonar, como el Apóstol afirma que hay que proclamar la Palabra del Señor “a tiempo y fuera de tiempo17.

Esta naturaleza caballeresca comporta pues una particularidad, un “estado de espíritu”, que traduce lo que hemos denominado su identidad espiritual. Dicha identidad se refleja en los valores que ella privilegia hasta el punto de hacerse literalmente un solo “cuerpo” (diríamos por nuestra parte más precisamente en este orden de cosas “cuerpo y alma”) con ellos.

Son estos valores o virtudes fundamentales y fundadores del alma caballeresca, que “firman” su carisma propio tanto en el plano de la realización espiritual personal como en el plano de su vocación escatológica ya que: “toda alma que se eleva, eleva al mundo” enseña santa Teresa de Jesús (santa Teresa de Ávila) los que nosotros hemos tratado de evocar.

Las virtudes a que nos estamos refiriendo, de alguna manera, se imponen por sí mismas para aquel que es conocedor de la caballería, sin que ello resulte de una elección arbitraria por nuestra parte. Estamos hablando aquí de las virtudes teologales y cardinales que son -o al menos deberían serlo- la riqueza común a todo cristiano, sea cual sea su encaminamiento específico y que son las únicas que pueden hacer germinar y crecer los carismas de cada uno en la unidad y por el bien del Cuerpo Místico por entero (la Iglesia). Tal es el caso igualmente de las Beatitudes, camino real del cristiano, claves de la santidad.

Estas virtudes constitutivas de la caballería -sello del espíritu caballeresco y así pues de toda nobleza, de su Gesta y de su dimensión interior- son en número de tres que son, como si dijéramos, sus tres corazones o mejor aún las tres caras de un único corazón: proeza, cortesía y honor.

Veremos que estas tres virtudes caballerescas significan mucho más que lo que el lenguaje moderno puede dejar suponer y que el mundo medieval tenía, sobre este punto como en tantos otros, una fineza “de espíritu” que nuestros contemporáneos han perdido desde hace largo tiempo, ya que, en efecto, estas virtudes deben entenderse según su “secreto”, o dicho de otra manera, según su dimensión y amplitud espirituales.

Son justamente estas virtudes las que confieren plenamente y lo más legítimamente la capacidad heráldica, también dicha el derecho (espiritual y moral y no únicamente, ni tampoco “en primer lugar”, jurídico) de llevar blasón.

Hemos dedicado un libro a este particular 18 por lo que no volveremos sobre ello en la presente obra. Permítasenos sin embargo precisar que este lenguaje heráldico propio de la caballería (pero que sabrá ganarse muy rápidamente, desde finales del siglo XII, a la sociedad medieval entera), este lenguaje -repetimos- a la vez significante y poético - podríamos decir su canto si nos concentráramos en el blasonamiento o arte de describir un blasón- es un lenguaje sagrado puesto que habla del y al corazón del hombre: la heráldica, que los Antiguos denominaban “la noble ciencia” o “ciencia heroica”, creación original y que a la vez tiene su origen en el Occidente cristiano.

Estas tres virtudes quedan resumidas, o más bien concentradas, en la divisa tan conocida del gentilhombre: “mi fe en Dios, mi vida al rey, el honor para mí19. Esta triple afirmación, en nuestra opinión, debe explicitarse así:

- La primera corresponde al fundamento metafísico y en consecuencia espiritual de toda vida “noble”. Se trata de su enraizamiento cristiano que determina, justifica e ilumina las dos otras.

- La segunda encarna y anuncia el servicio desinteresado que se desprende del “deber de estado” cumplido en total lucidez de espíritu porque se es consciente de estar así en armonía, en el plano de la acción, con el principio espiritual evocado. Esta segunda frase de la divisa induce, con toda evidencia, a la virtud de la proeza, al igual que implica también, y de manera general, la virtud de la cortesía, entendida entonces en su sentido pleno.

- La tercera, por último, expresa simplemente pero firmemente, en toda su exigencia una de las virtudes mayores de la caballería. Ella es firme, ya que indica que no puede haber verdadera acción caballeresca si no es portadora en sí misma de honor; ella es simple, ya que es humilde bajo esa apariencia de gloria y de soberbia. Es de hecho, el sentimiento de “humilde orgullo” del caballero que sabe “hacer lo que debe”, fielmente, imperturbablemente.

Pero antes de contemplar estas virtudes de frente, es preciso aprender a “ver” y así pues traspasar el misterio 20 del espejo en el que la verdad se revela o se refleja. Es en este sentido desde el que invitamos a comprender la razón del título del presente libro, en directa filiación con el de una de las obras magistrales de Marc de Vulson de La Colombière Le vray théâtre d’honneur et de chevalerie ou le miroir de la noblesse 21 y el de Aelred de Rievaulx22 Le miroir de la charité.

Volveremos sobre ello en el capítulo siguiente. Por lo demás, proeza, cortesía y honor se responden entre sí, precisamente en un “juego de espejos” y se trenzan para formar la trama del alma caballeresca. Por no hablar por otro lado de “la tela de los héroes”.

En efecto, la proeza consiste en cumplir todas las acciones de la vida (militar o civil) con valentía y cuidado del bien común, sin temor a los peligros que ello pueda conllevar. Por otra parte, la proeza no se realiza “por sí misma” ni para la propia gloria del caballero, sino al precio de la abnegación y desinteresadamente.

Entendida y vivida de este modo, la proeza es claramente la marca, el sello y en consecuencia el honor mismo de la caballería, así como signo de la cortesía que le es debida en cumplimiento de estos “altos hechos” a fin de ser y hacerse digno de ella con el fin de hacerla querer, respetar y desear en todas partes donde se halle requerida.

En efecto, la cortesía no se resume al simple cumplimiento o a la buena educación, sino que expresa un real “mantenimiento” del ser, consciente de reconocer en el otro el rostro oculto del Señor, testimoniándole atención y benevolencia en el sentido cristiano; mantenimiento que se caracteriza, de manera general, por la elegancia de vida que traduce un alma distinguida, sin afectación ni amaneramiento sino poniendo de manifiesto la expresión natural de la nobleza del ser. La cortesía se presenta como el signo del honor que se le debe siempre testimoniar al otro en el “encuentro” con él (encuentros de la vida, duraderos o efímeros, justas o combates) y de la proeza de saberse guardar constante y verdadero, sea cual sea este “otro” y las circunstancias del “encuentro”.

En efecto, el honor consiste en no faltar a las exigencias a las que acabamos de referirnos y mantener la palabra de gentilhombre, sea al precio que sea, cuando ésta haya sido dada, ofreciendo únicamente a Dios y a la Virgen sus justas acciones, sin querer apropiárselas por una vana gloria, concediéndose tan solo ese “humilde orgullo”, como lo califica un antiguo texto caballeresco, de haber “hecho lo que se debía”.

Finalmente, el honor pide simplemente realizar las proezas que implican por esencia el estado caballeresco y que siempre se esperan de un caballero. El honor traduce, a través de esta voluntad de nunca defraudar ni derogar, la cortesía debida a ese estado, al igual que se espera y aguarda del caballero que en todas las acciones de la vida, esté “a la altura” de la caballería.


Notas:

15 En la época medieval este término no tenía el mismo significado que tiene hoy y tenía el sentido de “bien nacido”, en referencia al vocablo con que se nombraba a la gente -plural gentes- que en Roma formaban parte de las familias patricias que componían el Senado primero y luego la clase de los caballeros, de donde viene igualmente el nombre de gentilhombre que comportaba y connotaba una generosidad de alma y elevación moral.

16 I Corintios XII, 1-30; y Romanos XII, 3-8.

17 II Timoteo IV, 2.

18 La voie du blason. Lecture spirituelle des armoiries. Segunda edición aumentada. Éditions Télètes, 2012.

19 También: “mi espada al rey, mi alma a Dios, mi honor para mí”, frase atribuida a Blaise de Montluc (entre 1500/1502 y 1577), Mariscal de Francia, armado caballero en 1544 por el conde de Enghien, hermano de Antoine de Bourbon, en el campo de batalla (victoria de Cérisoles, durante las guerras de Italia). Su familia es una rama de la antiquísima familia de Montesquieu a la que pertenecía la madre del célebre d’Artagnan. Escribió Les Commentaires en 1577 (publicados en 1592) que se presentan como sus memorias cubriendo el período de la guerra de Italia con las guerras de Religión.

20 La palabra ‘misterio’ está construida a partir del verbo griego muo (yo cierro los labios, lo que quiere decir, yo sello, yo callo). Sin embargo, cierto número de especialistas refieren más bien el verbo muéo que significa precisamente ‘iniciar en los misterios’. En cualquier caso, está claro que estas raíces griegas connotan la idea de silencio y de sagrado, calificando pues aquello que está más allá de la palabra, del discurso y que no puede expresarse ni sobre todo comprenderse sino es participando uno mismo de este misterio. Lo sagrado resulta de este silencio, no por voluntad humana, sino por su naturaleza misma.

21 París, 1648.

22 Aelred de Rielvaux (1110-1167), monje cisterciense inglés, maestro de novicios y después padre Abad de Rielvaux (Yorkshire), redactó diversos tratados de vida espiritual, entre los cuales Le miroir de la charité y L’amitié spirituelle, ambos reeditados por la abadía de Bellefontaine, colección vida monástica nº 27 de 1992 y nº 30 de 1994, traducción, introducción, notas e índice, para el primero de Charles Dumont, o.c.s.o. y de Sor Gaëtane de Briey, o.c.s.o. y para el segundo, únicamente de Sor Gaëtane de Briey, o.c.s.o.

 

 


Masonería Cristiana


domingo, 30 de mayo de 2021

El Espejo de la Caballería / Ensayo sobre la espiritualidad caballeresca/ Pascal Gambirasio d’Asseux

 



PRÓLOGO

1ra Parte

“En nombre de Dios, las gentes de armas batallarán y Dios les dará la victoria”

Santa Juana de Arco

 

“Es preciso confiar en Dios como si todo dependiera de Él, y al mismo tiempo, comprometerse con generosidad como si todo dependiera de nosotros.2

Juan Pablo II

 

La caballería implica, induce a las hazañas. Más todavía: ella se constituye en sinónimo de las mismas, hasta tal punto que encontramos normal y casi banal que el caballero se “sitúe” de este modo en la cresta del heroísmo (militar o “simplemente” humano), y que todo el mundo le suponga una confianza asegurada en su fuerza moral y espiritual, en su valiente abnegación y su fe jurada sin tacha, tibieza ni fingimiento.

Los ejemplos históricos dan fe de este compromiso (en todos los sentidos del término) tenido y mantenido por estos hombres que han recibido este armamento, en primer lugar, en las batallas por supuesto, pero igualmente en los otros combates de la vida, vividos cotidianamente y a menudo mucho más desafiantes y que requieren constancia, paciencia y firmeza en el anonimato del día a día y sin presentar el carácter épico y la gloria del campo de batalla con la que sueña sin embargo todo guerrero.

Es por lo que la caballería evoca en el hombre de hoy un mundo familiar y por tanto misterioso. Es por lo que se sumerge en lo más profundo de las raíces occidentales, en su memoria y su imaginario, llamando a la vez a los corazones a elevarse hacia dimensiones de la revelación evangélica y las exigencias cristianas.

De este modo ilumina y edifica (en todas las acepciones del término) a aquellos dedicados a la vía que la caballería propone -voz interior que habla al íntimo del ser. Es por lo que, para aquellos que son llamados a ello y (o) cuyas familias han sido “marcadas” para ello en el curso de los siglos, es preciso hablar plenamente, de vocación3 caballeresca.

Mucho después de la época medieval, concretamente durante los dos siglos de reinado cristiano en Tierra Santa en que se ilustraron en particular las grandes Ordenes de Caballería, conjugando en su Regla los votos monásticos y la acción militar, y para algunos, las obras hospitalarias; mucho después de las hazañas, reales o legendarias, de los caballeros errantes y de aquellos que la Historia ha retenido -tales como Pierre du Terrail señor de Bayard del que se sabe que armó caballero al rey Francisco Iº la noche de la victoria de Marignan; Beltrán Duguesclín que fue condestable de Francia y Castilla; Guillermo el Mariscal4; Ramon Llull5; Godofredo de Charny6; el mariscal de Francia Juan II Le Maingre dicho Boucicaut, que se ilustró durante el reinado de Carlos VI en particular contra los ingleses así como en las cruzadas en Tunicia y en Nicopolis; Mateo de Montmorency-Marly7, por citar únicamente los más conocidos- mucho después de esta gesta pues, la capacidad de la caballería -siempre actual-, por maravillar a todo el mundo tan solo con su mera evocación es una realidad que nadie se atreve a contestar.

¿Quién no recuerda igualmente a los Nueve Barones de la Fama de Jacques de Longuyon8, al rey san Luis, por supuesto o a Régulo, ese general romano, modelo y mártir del honor y de la palabra dada9 al igual que el rey de Francia Juan II el Bueno10?

Y la misma santa Juana de Arco (que probablemente fuera armada) ¿acaso no ilumina a la caballería respecto a su santidad, revelando su naturaleza esencialmente espiritual a través de su misión divina, como bien ilustra su divisa?: “Mí Señor Dios, primer servido…”

De una manera u otra, a través de imágenes simplificadas, incluso simplistas, la memoria viviente de los hombres de Occidente e incluso allende de occidente, ha conservado el retrato ideal del caballero, de sus proezas, de su agudo sentido del deber y su dedicación a la protección y defensa de los más humildes. Constituye el arquetipo del gentilhombre, su medida y su legitimidad.

En primer lugar, la clave de esta perennidad, de este apego de admiración y respeto reside ciertamente en esta unión de valor físico y moral conjugada con la cortesía -entendida en un sentido preciso en su significado caballeresco en que se revela como marca que va más allá del saber vivir y la buena educación- que hace del caballero un combatiente de élite y un hombre de honor, simple y verdadero, cuya elegancia de vida firma el carácter natural de la nobleza de corazón.

La caballería, en efecto, es un estado -un estado del ser- no una decoración, ni tampoco la manifestación ostensible de un privilegio social, ya que, de privilegio, en realidad, solo confiere uno (temible puesto que sitúa al caballero primeramente y ante todo frente a sí mismo) consistente en servir en el más duro de los combates: el del mundo cuando estos son justos como los combates de la ascesis espiritual. A menudo se conjugan unos y otros en la misma batalla.

Es por lo que se habla tradicionalmente de la Orden de caballería: a ejemplo de los tres Ordenes tradicionales constituyendo poco más o menos el conjunto de sociedades humanas tradicionales tales como historiadores y sociólogos los han bien estudiado: oratores, bellatores y laboratores. Estos tres Ordenes o estados sociales, podríamos decir, expresan y reposan sobre las vocaciones (los carismas): orientaciones y capacidad de los hombres en este mundo, lo que no tiene nada que ver con la noción moderna de clases sociales fundamentadas en la capacidad financiera. La caballería encarna, en el Occidente cristiano, el principio y la quintaesencia de este estado de bellatores o Segundo Orden o Nobleza, elevado e “iluminado” en el sentido pleno del término por la espiritualidad cristiana, de la que se presenta así mismo como el brazo protector. Este Orden es como acabamos de decir, un estado del ser, es decir de consciencia, de despertar, de responsabilidad que induce a un “lugar” en la sociedad, luego de un servicio, de una función (functus) cuya extinción -por la muerte o degradación vinculada a la pérdida de la nobleza esencial- es expresada por el término de difunto (defunctus).

Es por lo que este apelativo de Orden de caballería calificando muy precisamente y únicamente lo que transmite el armamento -sin el cual no existe ningún verdadero caballero, sea cual sea su nacimiento- debe ser distinguido de la noción de Orden caballeresca, en el sentido de las Ordenes de caballería; Ordenes soberanas o dinásticas y que presuponen justamente que existe un Orden de caballería a transmitir y hacer vivir de manera específica a través de una regla en una confraternidad particular. El color del manto y de los signos cosidos al mismo (en general la cruz que orna el lado izquierdo) traducen entonces los carismas propios a estas Ordenes, sus votos, así pues, su vocación: su “oriente”. En su principio esencial -su raíz ontológica deberíamos decir- la caballería, el Orden de caballería, tal cual es transmitido y recibido por el armamento estrictamente

 personal, se presenta como el principio y el cumplimiento de toda auténtica aristocracia; da sentido y capacidad a toda alma noble (el verdadero gentil hombre o la verdadera dama) cuya orientación innata le hace presentir que dicha alma pertenece a su impulso y que aspira asumir las obligaciones.

Ya que en su realidad interior que la fundamenta y la inspira, la caballería responde y asume una vocación espiritual en el marco cristiano, vocación a la cual algunos son llamados, tanto hoy como ayer.

Esta vocación es una vía sacrificial, no únicamente porque el caballero acepte el posible sacrificio de su vida en los combates (lo que la caracteriza como vía heroica) sino porqué en primer lugar, como toda vida espiritual, toda vida consagrada, dicha vía edifica al ser que la cumple para restituirlo en Dios, ya que sacrum facere significa literalmente devolver a lo sagrado. La vocación del caballero incluye restaurar lo sagrado en él y llevarlo a su vez al mundo; en otros términos, combatir el Caos del Mal con el fin de contribuir en la restauración del orden de la Creación, o más exactamente, la Creación como orden divino.

Es por esta razón que ante todo se pone al servicio de la viuda y el huérfano, de los pobres y los enfermos; en otros términos, al servicio de todos los desamparados que no detentan ninguna posibilidad ni ningún poder temporales para defenderse por sí mismos. El caballero se modela así en el Sacrificio divino y se presenta como una Imitatio Christi, lo que no debe sorprender en absoluto ya que numerosos textos medievales presentan a Cristo como el arquetipo del caballero:

en efecto, el Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir y dar su alma como rescate por muchos.”11

La vocación caballeresca se presenta así como una de las expresiones de los carismas, es decir de los dones particulares que, según san Pablo, el Espíritu Santo insufla a cada uno en el seno de la unidad de la Iglesia para el servicio del bien común. Carismas a la vez múltiples y complementarios, siempre a la medida de aquellos que los reciben a fin de cumplir y fortalecer su ministerio personal: recordemos, a todos los fines útiles, que etimológicamente ministerio significa servicio.

La caballería, en esta perspectiva, constituye una real vía iniciática en el sentido que ella revela el ser a sí mismo y lo edifica según el designio divino en él, con tal que el interesado sepa y quiera, de manera totalmente libre, responder a esta vocación y mantenerse en ella (en toda la plenitud de la palabra).

Es preciso entender este término “iniciático” totalmente depurado de las connotaciones que lo desnaturalizan, sobre todo desde el siglo XIX, para comprenderlo en su significado fundamentado en la raíz latina initium que es doble: comienzo, debut y principio, fundamentos originales. El verbo initiare, por su parte, significa instruir (luego en consecuencia, transmitir) y comenzar.

Este término califica la iniciativa del ser que responde a la llamada que el Señor le lanza como la lanzó en las orillas del lago Tiberíades a Pedro y a su hermano Andrés: “venid detrás de mí12. Significa igualmente que la caballería no se decide por uno mismo ni

tampoco por nacimiento, sino que debe ser transmitida por un caballero, y en corolario, que el nuevo adobado debe aprender y penetrar la dimensión cristiana y las reglas de la caballería. Expresa de este modo los primeros pasos, el comienzo en la vía, en el camino del descubrimiento y de la realización de uno mismo y del reencuentro con Dios -este santo Reencuentro que se hace siempre cara a Cara y solo a Solo. ¿Acaso Cristo no ha dicho justamente que Él es el Camino, la Verdad y la Vida…?

En esta perspectiva a que nos estamos refiriendo, este término refiere a la interioridad, a la escucha del corazón (del Sagrado Corazón) de la Palabra que sólo se oye en el desierto, dicho de otro modo, retirándose en silencio en este “lugar cardíaco” y secreto del propio corazón, lo que significa en lo más íntimo de su ser, en su radicalidad ontológica para alcanzar la plenitud de la fe que consagra el retorno al Principio, es decir a Dios, a Aquel que es, como él mismo ha revelado, el “Alfa y el Omega, el Comienzo y el Fin”. Precisamente, la Virgen María, contemplando los misterios de Dios que ella acababa de ofrecer al Mundo, “lo iba guardando todo, ponderando aquellas palabras, en su corazón13. Nuestra Señora, a cuyas virtudes se vincula, en su excelencia, la dama en la sociedad caballeresca, revela por su ejemplo una clave mayor para crecer en la fe, la esperanza y la caridad, y así, enseña y protege al caballero que, por naturaleza, le está consagrado y es servidor.

El armamento -o el adobamiento, la acolada, y más antiguamente la palmada- crea caballero y hace entrar, sea cual sea la cuna de que proceda, a aquel que recibe lo que la tradición medieval denominaba el octavo sacramento en la fraternidad caballeresca. Esto no debe sorprendernos: el concilio de Arlés, en el año 314, admite y consagra la Militia es decir el servicio armado que debe ser efectuado por el bien general al Soberano, al país. San Bernardo, a su vez, confirma la legitimidad de este estado caballeresco, en la línea de pensamiento de san Agustín quien definió la guerra justa cuando los desórdenes la hacían necesaria. Este adobamiento es conferido (por la espada -en ocasiones con la palma de la mano- en nombre de la Santísima Trinidad, a veces de san Miguel o de san Jorge) por un caballero que a su vez haya sido de este modo válidamente recibido y, así inscrito en la filiación de la caballería perenne14.

Esto constituye la recepción de una gracia y de un carácter inefable que consagra y bendice un mayorazgo espiritual y moral que marca una vocación de dimensión a la vez personal y social: dimensión personal, ya que este adobamiento implica, para aquel que lo recibe, vivir las exigencias que le son debidas cada uno de los días de su vida; dimensión social, ya que este adobamiento implica cumplir los deberes en el seno de la sociedad de los hombres sin temor, debilidad ni acomodo.

Sea en el marco social en que ella se manifiesta hoy como ayer de acuerdo a una constante naturaleza (pero bajo modalidades de acción que la evolución histórica pide diferentes) como en su aspecto propio de vía espiritual más interior compartida por los caballeros “prohombres” como los designan en ocasiones los libros medievales (o profesos en las Ordenes Militares y Religiosas) la caballería se encuentra marcada -firmada sería más  pertinente- por lo que se podría denominar un misterio y un ministerio. Por otra parte, dedicamos a ello un capítulo del presente libro.

Francia asume aquí una primacía. Histórica y espiritualmente, ella aparece, en efecto, como tierra nutricia de la caballería medieval como por otra parte lo es también de la heráldica. Es en particular en el Reino de Francia que las Ordenes caballerescas prestigiosas entre las más antiguas de la cristiandad, a menudo nacidas en Tierra Santa, fueron acogidas en su nacimiento (la Orden del Temple) o poco después de su militarización (la Orden del Hospital de San Juan de Jerusalén, conocida más tarde bajo el nombre de Orden de Malta; la Orden de San Lázaro de Jerusalén, de la que Luis VII, en el siglo XII, se trajo con él diversos caballeros).

De todas formas, es en Francia que se establecieron estas Ordenes después de la desaparición del reino cristiano de Jerusalén, como consecuencia de la caída de San Juan de Acre en 1291, para expansionarse después en los siglos siguientes, de acuerdo a fortunas diversas, a través de Europa entera. No olvidemos tampoco que la primera cruzada fue predicada en Francia y que la última vio la muerte, en 1270, del rey Luis XI al que la Iglesia y el alma cristiana de Francia han reconocido como santo.

Final de la 1ra parte

 

Notas:

2 La vie consacré. Les Éditions du Cerf, Paris, 1996.

3 Podemos definir la vocación, en su dimensión más profunda, como una manifestación del Amor de Dios que ofrece a cada ser humano la posibilidad de inscribirse en Su Obra de Salvación y de cooperar en ella; siendo simultáneamente “en retorno”, la expresión del amor de cada ser humano hacia Dios cuando dicho ser humano responde a esta llamada, haciendo suyas estas palabras del discípulo Ananías al Señor que lo llamaba en sueños: “Ecce venio” (¡heme aquí, Señor!), Hechos IX, 10.

4 Cf. Guillaume le Maréchal por Georges Duby ; Éditions Fayard, 1984. William Marshal (Wiltshire o Berkshire, c. 1145/1148–Caversham, Berkshire; 14 de mayo de 1219), primer conde de Pembroke también conocido como Guillermo el Mariscal, William the Marshal o Guillaume le Maréchal, fue un militar y noble anglonormando. Descrito por Stephen Langton como el «más grande caballero que jamás vivió», sirvió a cuatro reyes —Enrique II, Ricardo Corazón de León, Juan I y Enrique III— y a lo largo de su vida pasó de ser un simple miembro de la nobleza menor a ser el regente de Enrique III, y, por tanto, uno de los hombres más poderosos de Europa.

5 Escribió El libro de la Orden de caballería en el curso de los años 1275 ó 1276. Este texto, apareció en su última edición en el año 2006 en lengua castellana gracias a Alianza Editorial, con una presentación de Luis Alberto de Cuenca y Prado.

6 Fue uno de los teóricos medievales del ideal y del estado caballerescos y considerado como uno de los mejores caballeros de su tiempo. Godofredo de Charny es el autor de tres obras sobre la caballería escritas en atención de sus cofrades de la Orden de la Estrella (creada bajo su inspiración, por Juan II el Bueno el 16 de noviembre de 1351). Portador de la oriflama y consejero de los reyes Felipe VI y Juan II, fue muerto en la batalla de Poitiers el 19 de septiembre de 1356 con numerosos compañeros suyos de la Orden de la Estrella cuyo juramento consistía en no dar jamás la espalda al enemigo ni recular más de cuatro pasos ante él.

7 Fue uno de los más destacados caballeros de finales del siglo XII, muerto en Constantinopla en 1204. Tomó parte de manera brillante en la tercera cruzada, y combatió bajo Felipe Augusto, contra Ricardo Corazón de León.

8 Cita en su poema el Voeux du Paon compuesto en 1312-1313 a tres héroes escogidos en el seno de la antigüedad bíblica: Josué, David y Judas Macabeo; tres héroes de la antigüedad occidental: Héctor de Troya, Alejandro Magno y Julio César; y finalmente a tres héroes del mundo occidental cristiano: el rey Arturo, Carlomagno y Godofredo de Bouillon. El término de proeza fue igualmente utilizado, particularmente en este mismo siglo XIV, por Jean Le Fèvre de Ressons, procurador en el Parlamento de París en una obra que ilustraba el coraje y la valentía de las mujeres titulado Le livre de Lëesce. Enumera en dicho libro a nueve valientes (Nueve de la Fama) todas de la antigüedad, histórica o legendaria. En primer lugar cuatro reinas: Semíramis, Tomiris, Teuca y Deípile. Luego cinco amazonas: Sinope, Hipólita, Melanipa, Lampedo y Pentesilea. Otros autores modificaron la lista por heroínas del Antiguo Testamento: Esther, Judith, Jaël y por heroínas cristianas: santa Helena, santa Brígida de Suecia, santa Isabel de Hungría. Habría que incluir entre ellas -y por excelencia- a santa Juana de Arco.

9 Marco Atilio Régulo, general y cónsul del siglo III aC, capturado por los cartagineses cuando la primera guerra púnica, que fue liberado por estos últimos con el fin de negociar una paz que les interesara con Roma a cambio de su palabra, pactando que, si su misión fracasaba, volvería prisionero a Cartago para que le dieran muerte. Habiendo constatado la debilidad de Cartago, Régulo ante el Senado romano aconsejó por el contrario proseguir la lucha ya que la victoria estaba asegurada. Exhortado por el Senado, sus amigos y su familia de permanecer en Roma, fue fiel a la palabra dada y volvió a Cartago. Las crónicas relatan que le dieron suplicio hasta la muerte en un cofre erizado de clavos.

10 Se batió a la cabeza de sus tropas en la batalla de Poitiers, en la que se vio acosado por todas partes por los ingleses. Su hijo, el futuro Felipe III el Audaz que se encontraba a su lado, trataba de protegerlo: “Padre,

¡guardaos a vuestra derecha! Padre, ¡guardaos a la izquierda!”. Finalmente es capturado y encarcelado en Londres para ser después liberado en 1360 a cambio de un importante rescate (que el pueblo de Francia pagó espontáneamente en testimonio de la estima que tenía por su rey) y la entrega como rehenes de dos de sus hijos, así como de su hermano, Felipe de Orleans. Vuelve sin embargo a Londres al saber de la evasión de uno de sus hijos y pronuncia entonces estas palabras que la posteridad ha retenido: “Si la buena fe debería estar proscrita para el resto de gentes, debería encontrarse en la boca de los reyes”.

11 Marcos X, 45.

12 Mateo IV, 18-19; Marcos I, 16-18.

13 Lucas II, 19.

14 El más antiguo ceremonial conocido es el Ordo de Mayence de 950, siendo a su vez una compilación de textos anteriores. Algunos historiadores estiman que es bajo Carlomagno, emperador de 800 a 814, que se fija el carácter cristiano del armamento, en relación a la ceremonia de los pueblos germánicos de la entrega de las armas al joven hombre que accede al estatuto de guerrero

 






lunes, 24 de mayo de 2021

Del Pentecostés judío al Pentecostés cristiano / San Bruno de Segni


 

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Del Pentecostés judío al Pentecostés cristiano

 

El monte Sinaí es símbolo del monte Sión... Fijaos hasta que punto las dos alianzas son el eco una de la otra, con que armonía la fiesta de Pentecostés es celebrada por cada una de ellas... El Señor bajó, tanto sobre el monte Sión como sobre el monte Sinaí, el mismo día y de modo semejante...

Lucas ha escrito: «De pronto vino un ruido del cielo, como de un viento recio. Los apóstoles vieron aparecer una lenguas, como llamaradas, que se repartían, posándose encima de cada uno» (Hch 2,2-3)... Sí, aquí y allí el ruido de un viento recio se dejó oír, un fuego se dejó ver. Pero en el Sinaí era una nube espesa, sobre el monte Sión el esplendor de una luz muy brillante. En el primer caso se trataba «de la sombra y la figura» (Hb 8,5), en el segundo, de la verdadera realidad. En otros momentos se escuchaba el ruido del trueno, ahora de pueden discernir las voces de los apóstoles. Por un lado, el resplandor del rayo; por el otro estallan prodigios por todas partes...

«Todos salieron del campamento para ir al encuentro del Señor, al pie de la montaña» (Ex 19,17). Se lee en los Hechos de los Apóstoles: «Al oír el ruido, acudieron en masa»... De todo Jerusalén el pueblo se reunió al pie del monte Sión, es decir en el lugar en que Sión, figura de la santa Iglesia, empezaba a edificarse, a poner sus fundamentos...

«Todo el monte Sinaí humeaba, porque el Señor había descendido sobre él en el fuego, dice el Éxodo (v. 18)... ¿Podían no quemar los que estaban ardiendo con el gran fuego del Espíritu Santo? Tal como el humo señala la presencia del fuego, así también por la seguridad de sus palabras, por la diversidad de lenguas, el fuego del Espíritu Santo manifestaba su presencia en el corazón de los apóstoles. ¡Dichosos los corazones llenos de este fuego! ¡Dichosos los hombres que ardían con su calor! «El monte temblaba violentamente. El sonar de la trompeta se hacía cada vez más fuerte» (v.19)... De la misma manera la voz de los apóstoles y su predicación se hacían cada vez más fuertes; cada vez más lejos se hicieron escuchar sus palabras hasta que «su mensaje alcanza a toda la tierra y su voz llega hasta los límites del orbe» (Sl 18,5).



Notas:

San Bruno de Segni (c. 1045-1123)

obispo

Comentario del Éxodo, c. 15





Decreto de Creación del Triángulo Masónico Rectificado "Jerusalén Celeste N°13"

El Hombre de Luz / La ordenación sacerdotal y los sacramentos / La vida consagrada / La iniciación / Pascal Gambirasio d’Asseux

        La ordenación sacerdotal y los sacramentos Según la jerarquía tradicional y estrictamente hablando, estamos hablando del obi...